Un ramo de flores para Clara


La maldad no tiene edad, aunque tenga voz dulce y vaya acompañada de un ramo de flores


¡Buenos días, Clara! ¿Cómo estás hoy? No puedes quejarte, hoy te vengo a ver más temprano que ayer. Deja que te bese la frente… ¡Uy, pero si estás ardiendo! Pobrecita, sigues teniendo fiebre, tanta como ayer o más.

Madre dice que te pondrás bien, que tu mal es pasajero. Dice que dentro de unas semanas, cuando pasen las lluvias y el sol caliente de nuevo, volveremos a jugar juntas en el jardín, pero la verdad es que yo la veo muy preocupada. Creo que no nos dice la verdad. Piensa que mintiéndonos nos está protegiendo de algo. ¡Si ella supiera!

¡Ah, por cierto! Mira, te he traído unas flores que he recogido del invernadero de tía Julia. Le he dicho que eran para ti, y enseguida me ha preparado este hermoso ramo.

Tía Julia está también muy preocupada por ti. Se ve que te quiere mucho. En realidad todos te quieren mucho, bastante más que a mí. Siempre has sido la preferida de todo el mundo. Hasta Rusky te quería a ti más, siempre salía a tu encuentro cuando volvíamos del colegio, y saltaba y ladraba y movía la cola mientras tú corrías junto a él. La verdad es que a mí Rusky nunca me gustó mucho, a veces me ladraba y una vez manchó de barro mi vestido preferido con sus enormes patazas. Por eso no me entristecí demasiado cuando padre lo encontró muerto en su caseta. Escuché decirle a madre una noche que estaba cubierto de sangre y que tenía las tijeras del jardinero clavadas en el cuello. Todavía piensan que lo hizo algún ladrón que saltó la verja del jardín para robarnos y se vio sorprendido por Rusky, pero yo sé que eso no es cierto, no me preguntes por qué.

La mañana que lo enterramos bajo el viejo roble tú llorabas sin parar, pero yo estaba tan irritada que tenía que esforzarme por no gritar. ¡Me parecía tan absurdo enterrar con tanta solemnidad a aquel sucio perro lanudo!

Pero bueno, olvidémonos de eso. Te pongo las flores aquí, en la mesita. Luego te traigo un jarrón con agua para que duren bonitas más tiempo.

Por cierto, ¿has visto qué día más oscuro hace hoy? El abuelo Víctor dice que va a llover fuerte, porque ha visto a los gorriones bañándose en la fuente del patio, y eso es señal, según dice, de que presienten el agua. Espera que te abra las cortinas para que veas las nubes, ya verás que oscuras están.

¡Mira! ¿Lo has escuchado? Ha sido un trueno. Ha sonado lejos, pero parece que la tormenta se está acercando. Dentro de nada lloverá, como decía el abuelo.

¡Es tan aburrido quedarse en casa cuando llueve!

Vaya, se te ha caído el libro de las manos. Deja que te lo recoja. A ver, déjame leer el título… «Alicia en el país de las maravillas». Este es nuevo, seguro que te lo ha traído padre de la ciudad. Siempre te trae un libro cuando regresa de viaje; como sabe que te gusta tanto leer… ¿Y qué tal está? Por lo menos tiene ilustraciones bonitas. Mira esta, una niña cayendo por un precipicio sin fondo. Me recuerda al pobre David, cuando se cayó por las escaleras y se mató.

Te acuerdas del primo David, ¿verdad?

Era muy guapo y rubio. Algunos lo confundían con una niña, porque tía Julia lo vestía siempre con ropas delicadas y dejaba que se le formaran esos rizos ridículos sobre la frente. Era dos años más pequeño que yo, y tú le llevabas… no sé, tan solo unos tres meses, creo recordar.

Estabais muy unidos. Siempre decían que os parecíais mucho. Alguna gente del pueblo incluso creía que erais hermanos mellizos. Erais tan guapos, tan simpáticos, tan alegres… Sin embargo, mira ahora: a él se lo están comiendo los gusanos en el cementerio y tú, pobre mía, te estás consumiendo en vida, día a día.

Muchas veces me acuerdo de él, y me pregunto si allá donde esté me habrá perdonado. Tú estabas en tu habitación con la varicela, porque siempre has sido muy enfermiza, y me tocó a mí jugar con él mientras madre y tía Julia visitaban a doña Teresa en el pueblo. Estábamos jugando al pilla-pilla y te juro que no fue mi intención hacer que se cayera por las escaleras. Yo corría detrás de él y tan solo le toqué en el hombro cuando le alcancé. Me tenía de los nervios porque no paraba de reír de esa forma tan enojosa que acostumbraba, con esos grititos estridentes que tanto me molestaban. A lo mejor le empujé un poquito más fuerte de lo necesario y como estaba al borde de la escalera, el pobre perdió el equilibrio. Fue mala suerte que se golpease de aquella forma en la cabeza. Me asusté mucho cuando vi que no se movía y corrí a esconderme en mi habitación. No me atreví a pedir ayuda a nadie. Todo el mundo creyó que se había caído él solo. ¡Como siempre estaba haciendo el cabra! No le dije nunca a nadie cómo había ocurrido, y ahora te lo cuento a ti porque sé que tú no lo contarás.

No lo harás, ¿verdad?

Me dio pena por Carmencita, la chica que nos cuidaba. A la pobre le echaron la culpa de todo y la despidieron, pero es que cuando ocurrió estaba en tu habitación atendiéndote y no pudo enterarse de nada.

¡Es que siempre tienes que ser el centro de atención de todo el mundo!

Pero sobre todo lo sentí por tía Julia. ¡Pobrecilla, pasó una temporada tan mala! Debe ser muy triste perder a un hijo tan de sopetón, aunque sea tan repelente como lo era David.

Por lo menos no tuvimos que oír más su ridícula risita. Perdona que me sonría, sé que no está bien, pobre David, pero no he podido evitarlo.

Bueno, vamos a hablar de otra cosa.

¿Sabes lo que he pensado esta mañana? Que si no te parece mal, cuando tú ya no estés, cuando te hayas ido, podría quedarme con tu broche de plata, ese de la libélula con pedrería que madre te regaló en tu último cumpleaños. ¡Es tan bonito! ¿No te importa, verdad? Total, para que se quede en el cajón de tu mesita de noche criando polvo, mejor que lo pueda yo lucir en la nochebuena de las próximas navidades, ¿verdad?

Por cierto, madre me ha mandado que te dé la medicación.

¿Donde tienes el frasco del jarabe y la cucharilla?

Mira lo que tengo en el bolsillos. Estos polvitos que echo en tu jarabe te ayudarán a encontrarte más pronto con el primo David. Como os queríais tanto, sé que le echas de menos. Estoy segura de que si me hubiera muerto yo, no lo habrías sentido tanto. Seguro que está esperándote impaciente entre las nubes, junto a Rusky, para jugar contigo al escondite. Ya verás, el sol se reflejará en sus rizos rubios y te sonreirá graciosamente con los ojos casi cerrados, como hacía siempre, porque le molestaba mucho la luz en los días soleados.

Debe ser muy bonito el cielo al que van los niños buenos como vosotros. ¡Que afortunada eres!

A ver, tómate el jarabe…

No, no apartes la cara, mira que eres rebelde, se ha derramado un poco. Al final voy a tener que taparte la nariz para que abras la boca… Así está bien, ahora trágatelo. Eso es.

Mira lo que has hecho, te has manchado un poco el camisón, a madre no le va a gustar.

Venga, para que te tranquilices, voy a leerte un rato tu nuevo libro, por lo menos hasta que te quedes dormida, ¿te parece bien?

A ver, no sé por donde ibas, así que empezaré por el primer capítulo.

«Capítulo uno: Bajo la madriguera del Conejo»

«Alicia empezaba a estar cansada de seguir sentada junto a su hermana en el banco y no tener nada que hacer. Una o dos veces se había asomado al libro que su hermana estaba leyendo, pero vio que no tenía ilustraciones ni diálogos. ¿De qué sirve un libro —pensó Alicia—si no tiene ilustraciones ni diálogos?»

Un momento… ¿Escuchas esos ladridos? Parece que vienen del jardín… Cualquiera diría que… No, es imposible… continuemos con el libro.

«De forma que estaba considerando en su cabeza (lo mejor que podía, porque el caluroso día la hacía sentir muy torpe y adormecida), si el placer de hacer una guirnalda de margaritas le compensaría de la molestia de levantarse para recoger las flores, cuando de pronto un Conejo Blanco de ojos rosados pasó veloz junto a su lado.»

«No había nada extraordinario en todo eso, y ni siquiera le pareció extraño escuchar al Conejo murmurar: —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!—(Cuando después pensó en ello, se sorprendió de que no le hubiera extrañado, pero para entonces ya todo le parecía completamente natural). Sin embargo, cuando el Conejo se sacó con naturalidad un reloj del bolsillo del chaleco, lo miró y apuró su carrera, Alicia se levantó de un salto porque comprendió que jamás había visto un conejo con chaleco y un reloj en el bolsillo. Ardiendo de curiosidad, corrió por el prado detrás de él justo a tiempo de verlo saltar por una gran madriguera que había bajo un seto.»

No sé qué está pasando. Ese perro no deja de ladrar, y ahora me parece escuchar la risita de un niño pequeño en el pasillo. ¿No lo oyes tú? Es la misma risa que tenía David. Y para colmo se ha puesto a diluviar. Te juro que me están entrando escalofríos. Voy a seguir leyendo a ver si nos tranquilizamos un poco.

«Alicia se metió en la madriguera sin pararse a pesar cómo demonios iba a salir luego de ella. Durante un trecho transcurrió recta como un túnel, y luego, de improviso, se hundió tan de repente que Alicia no tuvo tiempo de detenerse y se vio cayendo por un pozo muy profundo.»

¡Madre mía! Ese trueno ha caído muy cerca. Menuda tormenta se ha desatado. ¿No tienes frío? Yo me estoy quedando helada.

Y esos ladridos y esa risita siniestra que no paran. Clara, dime que tú también los escuchas, no te quedes callada.

Los escuchas, ¿verdad?

¡Clara! Dime algo. ¿Estás despierta?

Clara, ¿por qué no dices nada?

¡Madre! ¡Madre! ¡Venga aquí, rápido! ¡Clara se ha dormido, pero tiene los ojos abiertos y parece que no respira! ¡Madre, venga rápido, por Dios!


Un ramo de flores para Clara
La Convaleciente (1884, Jenny Nyström)

Cáceres, 22 de mayo de 2021


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