El Aniversario


Cada año, para celebrar su aniversario, visitaban el banco del parque en el que se conocieron. Tras su separación y un año de ausencia, volvieron a hacerlo.


Uno

Parque de El Retiro, Madrid. Víctor está sentado a solas en un banco. Es primavera y hace un día deslumbrante de un calor casi veraniego. Cientos de algodonosos vilanos desprendidos de los álamos cercanos flotan a su alrededor transportados por la brisa de la tarde, como nieve cálida de abril. Entre sus manos sujeta un ramo de flores. Parece esperar a alguien que se está retrasando. Su rostro refleja un cansancio que no puede disimular. Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Su rostro recibe el reconfortante calor del sol de media tarde y sus pupilas captan, a través de sus párpados cerrados, el fulgor rojizo de sus rayos. El latido de la ciudad llega amortiguado a sus oídos; se trata del murmullo del tráfico, lejano pero incesante, que la masa de árboles que le rodea no consigue silenciar.

— Hola, ojos tristes.

Víctor abre los párpados, impaciente por encontrarse con la persona que ha pronunciado estas palabras.

— Sara… ¡Has venido!

— Claro que he venido —dice la mujer joven que tiene frente a él—, es el día de nuestro aniversario, ¿no? ¡Cómo me lo iba a perder!

Él se incorpora del banco y se acerca para besarla, pero ella se aparta discretamente, haciendo un gesto de negación casi imperceptible con la cabeza. Él reconoce el gesto y aprieta los labios asintiendo con una mirada de resignación.

— El año pasado no viniste —dice él.

— El año pasado hacía tan solo tres semanas que me fui —replica ella—. Después de lo que pasó no conseguí reunir la fuerza de voluntad suficiente para venir, como lo estoy haciendo hoy. Pero sé sincero… ¿Acaso tú viniste y me esperaste?

— Te parecerá ridículo, pero… —él sonríe tristemente antes de continuar—, lo cierto es que sí, vine, aún sabiendo con casi total seguridad que tú no te presentarías.

— Vaya, y efectivamente no lo hice… —ella hace una mueca de contrariedad—. Supongo que entonces te sentirías decepcionado conmigo. Lo siento mucho.

— No pasa nada. Supuse que todavía no estabas preparada.

— Con lo que nos ocurrió, no sabía ni dónde estaba siquiera. Pero que sepas que, de haber podido, habría venido a pesar de todo.

— No te preocupes, ya te he dicho que no pasa nada.

— Pero bueno, hoy sí que he venido, ¿no? —dice ella sonriendo mientras ambos se sientan en el banco—. Y cuéntame… ¿Qué es de tu vida?

Él se encoge de hombros.

— Qué quieres que te diga, ¿que estoy bien? No lo estoy. ¿Que te he olvidado y he rehecho mi vida de nuevo? ¿que soy otra vez feliz? … Pues no es así. Ni estoy bien, ni te he olvidado, ni he rehecho mi vida, y mucho menos soy de nuevo feliz. Lo cierto es que sin ti todo es una mierda, nada tiene sentido.

— Pero tienes que aprender a vivir sin mí.

— ¡Qué fácil es decirlo! Ojalá fuera tan sencillo.

— No, supongo que no lo es. En tu situación, para mí también sería difícil.

— No digas eso si no estás pasando lo que yo. Ni te imaginas hasta qué punto es difícil, Sara. Cada mañana, al despertarme, espero que sea el día en el que vuelves conmigo. Acudo como un zombi sin alma al trabajo. No me desprendo del teléfono un segundo, por si recibo noticias de ti. Las bromas y los chascarrillos de mis compañeros me hastían, me he convertido en un solitario. Al mediodía, en la hora del descanso, me siento a comer solo en un banco del parque, un sándwich o una ensalada que compro en el supermercado de la esquina, y bebo coca-cola, desde que no estás conmigo bebo mucha coca-cola, con cafeína y azúcar; si todavía estuviéramos juntos te enfurecerías conmigo, porque he dejado de cuidarme, he abandonado el ejercicio, me da igual el colesterol y los triglicéridos, he vuelto a fumar y bebo más cerveza de la que debería… pero claro, si todavía estuviéramos juntos no haría todas esas cosas que hago. Al anochecer regreso a casa sin la ilusión de encontrarte en ella, y ceno pizza barata o lasaña congelada mientras hablo en voz alta con el gato frente al televisor; él es el único ser vivo al que puedo dirigirle la palabra por las noches, aunque creo que no tiene los mismos gustos televisivos que yo, porque no he conseguido que suba a mi regazo y ronronee como hacía contigo cuando veíamos Juego de Tronos en el sofá. Creo que él también te echa de menos y espera que vuelvas. Hasta el ficus te echa de menos, Sara, se está quedando sin hojas; será porque no lo riego lo suficiente o porque lo hago demasiado, no sé; quien entendía de plantas eras tú.

— Vaya desastre de vida llevas.

— Pero aún así voy sobreviviendo, no te creas, porque todavía guardo una pequeña esperanza de que vuelvas a casa.

— Pero eso no va a pasar.

— Haría cualquier cosa para que volvieras.

— No voy a volver, ya lo sabes.

— No, no lo sé, todo el mundo me dice que no lo harás, pero no tengo por qué creerles.

— Pues deberías hacerlo —sentencia ella—. No te imaginas lo que me duele decírtelo, pero deberías dejarme marchar definitivamente. No te digo que me olvides, si no puedes hacerlo, pero sí que admitas de una vez por todas que no voy a volver contigo, y que con el tiempo busques alternativas en otras mujeres. Seguro que encontrarás otra que te hará feliz de nuevo.

— ¡Pero yo no quiero buscar otra mujer! Jamás encontraré alguna como tú.

— No tiene por qué ser como yo.

Ambos quedan callados sin saber cómo salir del bucle en el que han caído. Ella finalmente se fija en el ramo de flores que Víctor sujeta en sus manos

— Bonitas flores —dice señalándolas con el mentón con un gracioso movimiento de su rostro.

— ¡Es verdad, qué cabeza tengo! Se me habían olvidado. Son para ti… ¿Te gustan?

Él proyecta los brazos hacia ella para mostrárselas. Sara las mira sonriendo. Extiende una mano acercándola a las flores, pero la retira antes de tocarlas.

— Claro que me gustan, son muy bonitas… Van a quedar muy bien cuando las pongas en el jarrón de mi habitación.

Él recoge los brazos y deposita el ramo sobre el banco; después levanta los ojos y lanza un vistazo a su alrededor.

— Tal día como hoy nos conocimos —dice él—.    Fue aquí, ¿te acuerdas?

— ¡Cómo no voy a acordarme! Yo estaba sentada en este mismo banco leyendo un libro…

Crónicas marcianas de Ray Bradbury, lo recuerdo perfectamente.

— Sí, te hizo mucha gracia que estuviera leyendo ese libro… ¿Por qué?

— Porque no es habitual ver a una mujer leyendo un libro de ciencia ficción.

— ¡No me seas machista! ¿Qué tenía que estar leyendo según tú? ¿Novela romántica?

— No, no es eso lo que quería decir.

— Además, Bradbury es especial, no es un simple escritor de fantasía, es algo más, es un poeta. Me daban mucha pena sus marcianos, cómo perdían su planeta y su civilización cuando llegaban los humanos a Marte. Es muy hermosa la melancolía con la que Bradbury narra la extinción de los marcianos.

— Tú como siempre del lado de los perdedores.

— Ya me conoces.

— Pero hoy el perdedor soy yo y no te apiadas de mí.

— No vuelvas de nuevo con lo mismo —dice Sara meneando la cabeza.

Él hace una pausa en la conversación antes de continuar.

— Esa tarde estabas preciosa.

— Mejorando lo presente, espero.

Víctor sonríe.

— Por supuesto, hoy también lo estás. Tú siempre estás preciosa.

— Tú sin embargo, aquella tarde, me pareciste un pelín engreído —dice ella arrugando la nariz..

— ¿Te parecí engreído?

— Sí. Te acercaste a mí con tu pose de guaperas y tu mirada de “¡Ey, mírame, aquí estoy yo —Sara imposta la voz, intentando hacer que parezca masculina—, las chicas se me rifan, así que aprovecha la ocasión, muñeca!”.

— Yo jamás te dije algo parecido.

— No, no lo hiciste, pero lo pensabas, ¿a que sí?

— Bueno, el caso es que al final, por lo que fuera, guardaste el libro y viniste conmigo a tomarte una cerveza, así que algo bueno verías en mí.

— Sí hombre, algo vi, al fondo, escondido detrás de esa chulería autosuficiente que querías aparentar, algo como de osito de peluche desvalido que te daba vergüenza enseñar.

— Oh, ¿pero no te lo dije…? Ese era el osito de peluche que tenía guardado para despertar ternura en las chicas incautas y camelármelas con el rollo sentimental, ya sabes… —Víctor le guiña un ojo.

Ambos ríen con ganas.

— Fue una tarde fantástica, la mejor de nuestras vidas —dice Sara.

—Sí, nunca la olvidamos —coincide Víctor—. Desde entonces, todos los años, excepto el pasado, venimos aquí para celebrar el aniversario de nuestro encuentro. Y nos prometimos que, aunque por lo que fuera acabáramos cada uno por nuestro lado, seguiríamos acudiendo.

— Por eso he venido hoy.

— Fuimos muy felices los dos juntos, Sara.

— Sí, lo fuimos, Víctor.

— Entonces, por qué no vuelves conmigo.

— Porque lo nuestro ya acabó. El pasado no puede volver. No podemos rebobinar hacia atrás nuestra vida como si fuera una película.

Una ráfaga de silencio barre el espacio entre los dos mientras se miran a los ojos.

— Jamás me lo perdonaré, Sara.

— ¿Por qué dices eso?

— Porque fue culpa mía que te marcharas como lo hiciste aquella tarde.

— Bueno, algo tuviste que ver tú, es cierto… Pero también fue culpa mía. Nos dijimos cosas horribles.

— Te fallé, no estaba ahí cuando me necesitabas.

— Tal vez yo no supe despertar en ti el interés necesario.

— No es eso, Sara. Lo que ocurre es que uno nunca se da cuenta del valor de las cosas que uno posee hasta que las pierde.

— Sí, eso se dice, pero siempre lo aprendemos demasiado tarde.

— Fui un imbécil. Busqué fuera algo que no necesitaba, porque ya lo tenía en casa, y te perdí.

— Caíste en la tentación, eres humano.

— Y te hice sufrir.

— Sí, me dolió mucho, no voy a negártelo. Aquella tarde estaba furiosa contigo. Cuando me marché de casa después de nuestra discusión estaba fuera de mí; se me cayeron las llaves del coche al suelo un par de veces antes de conseguir abrir las puertas, no acertaba con los botones del mando, y las manos me temblaban al encender el motor.

— No debí dejarte ir.

— No estaba en tus manos evitarlo.

— Todavía no me has perdonado.

— Por supuesto que te he perdonado.

— Entonces vuelve conmigo.

— No puedo volver contigo, no después de lo que sufrí aquella tarde. Pero no te tortures, las cosas son como son —Las manos de Sara no paran de juguetear nerviosamente con los anillos de sus dedos, hasta que se da cuenta de ello y las apoya sobre el banco—. El caso es que lo nuestro acabó aquella tarde.

— Para mí no ha acabado.

— Ojalá pudiera decir yo lo mismo, Víctor, pero no es así; por eso deberías pensar en ti y dejarme ir.

Él cierra los ojos, el rostro rebosante de hastío.

— ¡Estoy tan cansado, Sara…!

— Debes dejarme ir

— Tan cansado…

— Déjame ir, Víctor.

— No, no puedo.

— Por tu bien, cielo, tengo que marcharme

— No.

— Prométeme que me dejarás marchar.

— No lo comprendes, ¿qué hago yo sin ti?

— No puedes seguir castigándote de esta manera.

— Puedo aguantar todavía. ¿Y si decides volver?

— Pero es que no voy a volver… Prométeme que dejarás que me vaya.

Él niega con la cabeza, apretando los párpados cerrados.

— Es lo que quiero, Víctor, es lo que más ansío en estos momentos.

— Sé que ya no me quieres —dice Víctor abriendo los ojos y sosteniendo con firmeza la mirada de Sara.

— ¡Cómo dices eso! Precisamente porque sigo queriéndote tengo que marcharme.

Él niega con la cabeza

— Por tu bien, cielo — ruega ella.

— Pero…

— Prométeme que me dejarás marchar.

Él baja la vista al suelo. Siente un levísimo tic nervioso en su párpado izquierdo.

— Prométemelo, prométemelo.

— Te lo…

— Prométemelo

— Te lo prometo —dice finalmente él, echando la cabeza hacia atrás y cerrando de nuevo los ojos.

— Gracias, Víctor… Te quiero, ya lo sabes… A pesar de todo, sigo queriéndote, no lo olvides.

— Yo también te quiero.

— Adiós, cielo.

Hay una pausa de silencio antes de que Víctor abra de nuevo los ojos, y cuando finalmente lo hace, Sara ya se ha marchado.

— Adiós, Sara.

De fondo se escucha la risa de unos niños jugando en el parque.

Dos

Víctor se levanta con desgana del banco, y se encamina a la salida del parque. Toma el metro en Cibeles y realiza el viaje envuelto en sus pensamientos, taciturno y ajeno al bullicio que le rodea. Deja pasar una tras otra las estaciones, intercaladas entre paredes negras que se deslizan en la oscuridad, con la mirada fija en el reflejo de su rostro sobre la ventana del vagón.

El final de su trayecto le sorprende ensimismado, y a punto está de saltarse su parada. Sale a la superficie de la ciudad y callejea unas manzanas hasta que llega a su destino. Se trata de un moderno hospital, de alta estructura y grandes ventanales.

Víctor entra en el edificio y toma el ascensor hasta la quinta planta. Allí saluda a la enfermera que se encuentra tras el mostrador del servicio de guardia de la planta y ésta le devuelve el saludo llamándolo por su nombre. Enfila el pasillo hacia la habitación 513 y observa que de ella sale el médico, que está haciendo su ronda de visitas.

— Quería hablar con usted si es posible, doctor —le dice Víctor.

— Claro, usted dirá —responde el doctor—, precisamente acabo de ver a su esposa.

— Sí, de eso quería hablarle —Víctor carraspea antes de continuar— Quería pedirle de nuevo los documentos para el consentimiento de desconexión de mi mujer. Los que me dio el mes pasado los extravié.

— Sí, claro. ¿Se ha decidido por fin a firmarlos?

— Creo que sí, ella me lo ha…. —trunca con una mueca su frase antes de terminarla—. Quiero decir que me lo he pensado mejor y creo que los firmaré.

— Hace usted lo correcto.

— Pero necesito estar seguro, doctor… ¿Me confirma usted que su estado es irreversible? ¿No existe la más ligera posibilidad de que despierte?

— Le juro, señor, que su mujer jamás despertará del coma. No existe la más remota esperanza de traerla de vuelta, créame; si no fuera así, no le pondría en el doloroso dilema de pedir su autorización para desconectarla. Yo sería el primero en desaconsejárselo si observara aunque fuera un leve resquicio de esperanza para su recuperación, créame; pero no es así. Su cuerpo se mantiene vivo tan solo gracias a las sondas y al respirador artificial, pero su cerebro hace muchísimo tiempo, desde el día del accidente, que dejó de responder. Jamás podremos traerla de vuelta.

Víctor lanza una mirada al interior de la habitación 513. Un leve siseo mecánico llega hasta sus oídos con acompasada cadencia.

— Sé lo duro que es para usted —prosigue el doctor—, pero tiene que admitir la pérdida, tiene que descansar ya de esta situación. Ella hace tiempo que no siente nada, la pobre, pero usted todavía es joven… En fin, discúlpeme, si me meto donde no debo.

Él asiente en silencio.

— Bien, entonces, si está decidido, ahora digo a la enfermera que le entregue los papeles. No tiene por qué firmarlos aquí mismo, lléveselos a casa, los lee tranquilamente y mañana o pasado mañana los trae… Pero no los pierda de nuevo. Le daremos también los documentos de consentimiento para la donación de sus órganos; aún en su estado, su mujer puede ser la salvación para un puñado de familias desesperadas.

Tras despedirse del doctor, Víctor entra en la habitación 513. Sara reposa en la cama, conectada a una maraña de tubos, cables, cánulas y vías,    como una frágil mariposa presa en una telaraña, sumida en un sueño irreversible, más allá del horizonte de sucesos del mundo que la rodea. Con demorados movimientos, Víctor retira del jarrón de la mesilla las flores que trajo el miércoles pasado y que ya han empezado a marchitarse, y coloca el ramo nuevo. Después acerca una silla a la cabecera de la cama, besa los lánguidos labios de su esposa y agarra su mano tibia. Pasa lo que resta de tarde sentado en silencio junto a ella, observando a través del ventanal de la habitación cómo el sol, poco a poco, va ocultándose tras los edificios de la ciudad.

Tres

En el metro, de camino a casa, Víctor ojea los documentos que le han dado en el hospital. Intenta leerlos, una y otra vez, pero nunca consigue pasar de las primeras líneas.

— Sara —susurra para sus adentros—, te prometo que lo intentaré, de verdad que lo voy a intentar, cariño, pero no sé si seré lo suficientemente fuerte para firmar estos papeles.


El Peregrino de Casiopea - El aniversario

Cáceres, 30 de octubre de 2022