Golpeando el Cristal


Estoy golpeando el cristal que me aprisiona, pero no consigo romperlo. Grito pidiendo ayuda, pero nadie me escucha. No sé como ha podido pasar…


1

Lunes. 07:15 a.m.

Esta mañana, mientras me afeitaba, Miranda entró en el cuarto de baño y empujándome a un lado con un movimiento de cadera se adueñó del espejo para maquillarse los ojos. Yo no me resigné, así que forcejeamos infantilmente para hacernos un hueco en el reflejo. Al final llegamos a un pacto y decidimos compartir la superficie del espejo.

Ella retomó su tarea, pero yo no pude hacerlo. Me quedé abstraído admirando cómo su mano firme delineaba sus ojos con un fino trazo negro mientras se mordía el labio inferior. Después de tres años de matrimonio, su belleza seguía cautivándome igual que el primer día.

— ¿Qué miras? Pareces pánfilo —dijo Miranda con una sonrisa, y yo sin contestar, le guiñé un ojo.

Proseguí distraídamente con mi afeitado frente al espejo, pero de improviso, algo me llamó la atención y detuvo mi mano. No podía concretar de qué se trataba: tal vez fue un segundo de retardo en la mirada de mi reflejo, o un movimiento ligeramente erróneo en su pauta de imitación, o incluso una ceja fruncida que yo no había fruncido.

— Te has cortado, cariño. Ten cuidado.

La voz de Miranda me trajo de vuelta a la realidad. La sangre de la herida resbalaba por mi barbilla mezclándose con la espuma de afeitar.

— ¿Has… has visto eso? —tartamudeé señalando mi reflejo en el espejo, que ahora sí obedecía matemáticamente a mis movimientos.

— Que si he visto qué —respondió Miranda sin comprender mi pregunta.

— Me ha parecido que… Nada, olvídalo. No me hagas caso. Debo estar todavía medio dormido.

2

08:25 a.m.

Como cada mañana, viajamos juntos hasta la ciudad. Siempre dejo a Miranda en la puerta de la sucursal bancaria del barrio de Delicias en la que trabaja, antes de conducir yo hasta mi oficina en la calle Velázquez.

— Recuerda que tienes que pasarte por El Corte Inglés para recoger el vestido que dejé encargado el viernes pasado —dijo ella antes de salir del coche—. Aseguraron que lo tendrían para hoy.

La contemplé embelesado cruzar la calle. Antes de entrar en el banco se giró y me mandó un beso con la mano.

—Decididamente está preciosa.

Aquellas palabras me hicieron brincar sobresaltado sobre mi asiento. Se trataba de mi voz, pero yo no las había pronunciado. Aún así habían llegado claras a mis oídos y estaba seguro de que tampoco las había imaginado. Yo nunca he hablado en voz alta, jamás he tenido esa costumbre. Busqué a mi alrededor, pero evidentemente estaba solo en el coche. Miré la pantalla del equipo de sonido. Estaba reproduciendo una playlist de Spotify. ¿Era posible que se hubiera colado de alguna forma una emisión de radio? No lo creía probable. Además, habría jurado que la voz que había escuchado era la mía, aunque a estas alturas, ya no estaba seguro de nada. Subí el volumen de la música e intenté no pensar en lo sucedido.

El tráfico era caótico esta mañana de lunes. Los semáforos se ponían en rojo delante de mí sin que apenas lograse avanzar unos metros. En una de estas paradas lancé una mirada casual al espejo retrovisor interior. El corazón se me encogió súbitamente en el pecho. Sentado en el asiento trasero, observé a una persona exactamente igual a mí, pero el ángulo del reflejo no era el adecuado para que pudiera tratarse de mí. La imagen tenía su vista clavada en la mía y sus labios dibujaban una pérfida sonrisa. Vestía mis mismas ropas y lucía en su mentón la misma herida que me había provocado al afeitarme. Giré bruscamente la cabeza, pero cuando miré, no estaba allí.

El trayecto hasta la oficina se me hizo angustioso. Mi sentido común me decía que todo era producto de mi imaginación. Las discrepancias de mi reflejo al afeitarme, las palabras que había escuchado hacía unos minutos, mi otro yo fantasmal sentado en las plazas traseras del coche. Todo tenía que ser una elucubración de mi mente.

Al llegar a mi destino, antes de entrar en el edificio, tuve que tomarme un café doble en el Starbucks de la esquina para reponerme. La mañana no estaba resultando para nada demasiado normal.

3

09:05 a.m.

Cuando entré en la oficina me vi sorprendido por un silencio irreal. El murmullo habitual había sido usurpado por una pesada quietud, como si una densa nube preñada de tensión flotara sobre los presentes, oprimiendo su ánimo.

Sergio, el compañero con el que comparto despacho, se encontraba ya en su escritorio y al verme cruzar la puerta me lanzó una mirada cargada de sospecha.

— David… —dudó unos segundos antes de proseguir—. ¿Eres tú? ¿Realmente eres tú?

Su pregunta me desconcertó, aunque extrañamente, esta mañana no me parecía del todo fuera de lugar.

— Pero qué tontería de pregunta es esa —respondí intentando aparentar una despreocupación que no sentía— ¿Acaso no me estás viendo?

Me examinó durante unos segundos con el ceño fruncido hasta que finalmente decidió que yo era realmente yo.

— ¿No notas nada raro hoy? —me preguntó.

— ¿A qué te refieres?

— No sé como explicarlo. Es el ambiente. No es el de todas las mañanas. Algo ha cambiado. ¿no lo notas?

— Pues no me he fijado —mentí.

— Hace un momento, cuando he llegado, había un corrillo de gente en la sala de la máquina de café y al verme pasar han dejado de hablar y se han quedado mirándome como si fuera un extraño, como si no llevara diez años trabajando aquí. Y Alfonso, que ya le conoces cómo está siempre con sus bromas, pues esta mañana al cruzármelo por el pasillo ni ha contestado a mi saludo y me ha mirado como si me hubiese perdonado la vida.

— ¿Pero tú le has hecho algo?

— ¡Yo qué coño voy a hacerle! Es como si hubiera cambiado de humor de la noche a la mañana. Pero no es solo él. Todo el mundo está muy raro hoy. Incluso en mi casa. Esta mañana, mi hijo Tomás, al salir del cuarto de baño, me ha mirado de la misma forma que Alfonso. Cualquiera diría que me odiaba. Te juro por Dios que he sentido miedo de él.

4

02:00 p.m.

A las dos hicimos el descanso para comer. Sergio y yo bajamos como todos los días a nuestro restaurante habitual. Él seguía dándole vueltas en la cabeza a su idea de que algo extraño le pasaba a la gente que nos rodeaba. Yo, por mi parte, no era capaz de quitarme de encima una sensación de imprecisa fatalidad que conforme avanzaba el día se iba haciendo mas poderosa.

Apenas habíamos comenzado a comer, cuando Sergio empezó a sentirse mal. Se removía inquieto en su silla y su frente se había llenado de gotitas de sudor.

— ¿Te encuentras bien?

Se llevó las manos a la cara y se frotó los ojos con pesada parsimonia.

— No sé… Estoy un poco mareado.

Se levantó de la silla, pero tuvo que sujetarse a la mesa para no perder el equilibrio. Yo me levanté para ayudarle.

— ¿Quieres que te acompañe al médico?

— No… Es un simple mareo. ¡Qué calor hace aquí! —sin duda estaba sofocado, porque de hecho, para mi gusto hacía algo de frío en el local—. Voy al servicio a refrescarme un poco la cara.

No permitió que le acompañara. Mientras me sentaba de nuevo, le observé caminando de forma vacilante entre las mesas del comedor, hasta que llegó a la puerta de los aseos.

Tardó unos diez minutos en regresar a la mesa. Cuando se sentó frente a mi, parecía completamente recuperado de su mareo.

— ¿Ya te encuentras mejor?

Asintió con un lacónico sí y sin añadir ninguna otra palabra, cogió el cuchillo y el tenedor para continuar comiendo, pero curiosamente los cambió de mano.

— Sergio… ¿Desde cuándo eres zurdo?

— No digas tonterías y come —respondió con un matiz de extraña irritación—. Se nos va a hacer tarde.

5

05:45 p.m.

Por la tarde, al salir de la oficina, me dirigí a El Corte Inglés de Goya para recoger el vestido de Miranda y aproveché para comprarle un perfume por su cumpleaños, que era dentro de una semana. Como es norma de la casa, una dependienta se acercó para atenderme al verme buscar entre los expositores.

— ¿Puedo ayudarle en algo, señor?

— Sí, buscaba un perfume para mi esposa. Es por su cumpleaños, ¿sabe?

Me enseñó una serie de pequeños frasquitos, hermosos y caros, explicándome las virtudes de cada uno de ellos. Finalmente, confundido por tanto aroma, me decidí por el perfume que tenía el envase más bonito. Al acompañar a la empleada a la caja para pagar, me fijé en la plaquita con su nombre en la solapa de su uniforme:

Las letras se encontraban volteadas, como reflejadas en un espejo. Miré el ticket de compra: “le ha atendido VANESA R. Muchas gracias por su visita”. Sin duda, la placa de identidad debía tener un defecto de impresión, pero esta explicación no mitigó mi creciente inquietud.

— Aquí tiene su perfume. ¿Le ocurre algo, señor Olmedo?

— ¿Como sabe mi apellido, señorita?

Ella me sonrió con amabilidad impostada antes de contestar.

— Por su tarjeta de crédito, por supuesto. Que tenga un buen día y gracias por su compra.

Cogí la bolsa con el perfume y después acudí a la planta de moda femenina para recoger el vestido de Miranda. Tras entregar el ticket de recogida a una empleada y mientras esperaba a que me lo trajera, observé a una mujer llevando de la mano a una niña de unos cinco años camino de los probadores. Al pasar junto a mi, la pequeña me sacó graciosamente la lengua y yo le correspondí con una sonrisa. Cuando la empleada volvió con el vestido de Miranda, escuchamos el llanto de la niña en los probadores.

— Estate quieta, cariño —se trataba de la voz de la madre solapándose al llanto de la pequeña—, va a ser solo un momento. No va a dolerte.

— ¿Ha escuchado eso? Hay una niña llorando.

Ambos miramos hacia los probadores.

— No se preocupe, señor. Ya sabe como son los niños, se aburren cuando salen de compras.

Uno sobre otro, los incidentes del día, que aislados parecerían anecdóticos, se iban sumando en una lista de inquietante significado. De repente, sentí la necesidad urgente de acudir a recoger a Miranda. Esta tarde salía a las siete y media, porque tenía auditoría. Todavía era temprano, pero decidí que estaría más tranquilo esperándola en el bar que hay frente a su oficina bancaria.

Al salir del centro comercial, vi un coche patrulla de la Policía Municipal parado en el carril bus. Uno de sus agentes estaba multando a una furgoneta que se encontraba estacionada junto a ellos. Me dirigí hacia él. No podía quitarme de la cabeza el llanto de la niña y me pareció conveniente comunicárselo a la Policía.

— Agente, disculpe. He visto algo extraño que me ha inquietado en los probadores de El Corte Inglés. Se trataba de una niña que…

— Un momento caballero —me interrumpió dejando de escribir su formulario de denuncia —. Tranquilícese y cuéntemelo con calma.

Al volverse hacia mí, la vista se me fue de forma inconsciente hacia el número de la placa de su uniforme.

Igual que el nombre de la dependienta, el número del policía se encontraba volteado. Un miedo irracional se apoderó de mí. Definitivamente algo extraño estaba ocurriendo.

— No se preocupe, agente… No tiene importancia.

Me despedí e intenté alejarme sin despertar más sospechas de las que seguramente ya había provocado. El agente me siguió con la vista hasta que doblé la esquina. Después, cuando ya estaba seguro de que no me podía ver, eché a correr hacia el parking donde había aparcado. Cuando llegué junto a mi coche, las manos me temblaban. Al intentar desbloquear las puertas, las llaves se me cayeron al suelo. Tuve que fumarme un cigarrillo para tranquilizarme.

6

06:40 p.m.

Con los nervios todavía a flor de piel, conduje hasta la sucursal del banco donde trabaja Miranda. Al llegar la vi esperando junto a la puerta. Debía de haber salido antes de tiempo pues todavía no eran las siete.

— Hola, cariño —dijo besándome en los labios—. Estás muy pálido. ¿Te pasa algo?

— Hoy he tenido un día muy extraño, Miranda.

—Pues ya somos dos. La conexión con el servidor central ha estado cortada desde las doce de la mañana y hemos tenido mucho lío. Al final no hemos podido hacer la auditoría. Te iba a llamar por el móvil para que vinieras a recogerme antes si podías, pero no tenía cobertura; qué raro, ¿verdad? Por cierto… ¿No te habrás olvidado de recoger mi vestido?

— No, está ahí, en los asientos traseros.

— ¿Entonces? ¿Por qué estás así?

— ¿No has notado hoy nada raro en las personas?

Al escucharme se le escapó una leve carcajada.

— No te rías, Miranda. Lo digo muy en serio. ¿No has notado nada raro en la gente? ¿Entre tus compañeros…? ¿O los clientes…?

— Tiene gracia que lo preguntes.

— ¿Por qué?

— Tenemos un cliente habitual que acostumbra a venir todas las semanas a retirar dinero de su cuenta. Es una persona mayor, un jubilado, que no sabe utilizar el cajero automático, así que todos los lunes viene a sacar en ventanilla ciento cincuenta euros para los gastos semanales. Al pobre hombre le falta una mano, se la tuvieron que amputar hace unos años por un accidente doméstico. Pues bien, hasta hoy estaba segura de que la mano que le faltaba era la derecha. Le he visto firmar muchas veces el impreso de retirada de efectivo, y le costaba mucho, porque tenía que hacerlo con la izquierda, y él decía que siempre fue diestro. Bueno, pues hoy, cuando le he dado el impreso, ha firmado con la derecha, y lo ha hecho también con dificultad… ¡Pero lo ha hecho con la derecha, no con la izquierda! Me he quedado helada, pero no le he dicho nada. Tenía la cara muy seria y no parecía estar de humor. Le he mirado la mano izquierda y claro, era la que le faltaba. Pero todo este tiempo he estado convencida de que era al revés. Se lo he preguntado a Emilio, mi compañero, y el me ha dicho lo mismo, que creía que la mano que le faltaba era la derecha. Ha sido todo muy extraño.

7

08:50 p.m.

La vuelta a casa fue agotadora. Las carreteras de salida de Madrid estaban colapsadas. Habitualmente los lunes suelen ser días difíciles para el tráfico, pero el de esta tarde era especialmente caótico.

Antes de subir a casa, como no nos apetecía cocinar para la cena, entramos en el restaurante chino de la esquina y compramos comida para llevar. Mientras esperábamos, nos extrañó ver el gran mural de espejo de la entrada tapado con paneles de papel industrial. Cuando salimos con las bolsas de comida, pasaron volando por la avenida dos coches de policía con las sirenas y los destellos azules, abriéndose paso hacia alguna emergencia.

Al entrar en el portal, nos encontramos con el ascensor averiado. Las puertas estaban semiabiertas y la cabina detenida a media altura, de forma que tuvimos que subir por las escaleras. En el rellano del tercer piso escuchamos abrirse la puerta del 3º B, donde hace poco ha venido a vivir un matrimonio de rumanos. Por la abertura de la puerta se asomó una niña de unos diez años de edad, pero inmediatamente alguien tiró de ella hacia dentro y la puerta se cerró bruscamente. Miranda y yo nos miramos con inquietud y continuamos subiendo.

Cuando cruzamos la puerta de casa nos deshicimos de los abrigos, y mientras yo preparaba la mesita del salón para cenar, Miranda cogió la bolsa de su vestido y se dirigió al dormitorio para probárselo.

— Tú espera aquí, ya verás —dijo guiñándome un ojo, y es que uno de sus juegos habituales cuando se compra ropa, es hacerme esperar expectante en el salón para luego reaparecer por la puerta, con sus prendas nuevas, desfilando como una modelo de alta costura. Ella sabe que eso me excita.

Pero esta noche tardaba demasiado. Una vaga intranquilidad comenzó a roerme las entrañas.

— Vamos, Miranda, se va a enfriar la cena —grité impaciente.

Finalmente, tras unos minutos de espera, la vi aparecer por la puerta, con el vestido nuevo, más elegante que nunca, tan hermosa como siempre. Pero no desfilaba para mí, no se insinuaba, ni intentaba provocarme. Tan solo se acercó y se sentó en el sofá, a mi lado.

— Qué te pasa —le dije—. ¿No te gusta el vestido? Te queda perfecto.

Miranda comenzó a servirse un plato de tallarines sin aparentar siquiera haberme escuchado. Su actitud fría me dejó sin palabras.

— ¿No comes tú? —dijo levantando la mirada hacia mi, mostrando unos ojos angustiosamente inexpresivos.

Yo no contesté, porque el corazón se me congeló en el pecho. Su alianza estaba en la mano equivocada, y el gracioso rizo de pelo que siempre le caía sobre su ojo izquierdo, ahora lo hacía sobre el derecho.

— Tú… tú no eres Miranda… —dije poniéndome en pie— ¿Dónde está Miranda?

— No digas tonterías. Claro que soy yo.

Corrí hacia la puerta del dormitorio y busqué angustiado por toda la habitación, pero no había nadie.

Quien quiera que fuera la que se hacía pasar por Miranda se asomó a la puerta del dormitorio y se apoyó en el marco con los brazos cruzados, siguiendo con la vista cada uno de mis movimientos. Era tan hermosa como ella, pero no era ella.

— Tranquilizate, David —dijo con la dulce voz de Miranda—, va a ser solo un momento. No va a dolerte.

Esas palabras me resultaron escalofriantemente familiares.

— ¡Dónde está mi esposa! ¡Qué has hecho con ella!

De pronto escuché un golpe seco en el espejo de cuerpo entero del armario. Corrí hacia allí, pensando que Miranda debía estar prisionera dentro del mueble. La sombra de mi reflejo apareció en el cristal. Cuando cogí el pomo de la puerta del armario para abrirla, la superficie del espejo se onduló como si fuera líquida y de él salió proyectada la mano de mi otro yo. Sin que tuviera tiempo de reaccionar, me agarró de la muñeca tirando fuertemente de mí y yo no pude hacer nada.

8

Martes. 00:01 a.m.

Golpeo el cristal que me aprisiona, pero no consigo romperlo. Grito pidiendo ayuda, pero nadie me escucha. Miranda está junto a mi, demasiado asustada para poder gritar. No sé como ha podido pasar, pero estamos al otro lado del espejo y nuestros reflejos se han adueñado de nuestras vidas.


El Peregrino de Casiopea - Golpeando el cristal

Cáceres, 23 de junio de 2020


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