Tarde de sábado


Una tarde de sábado. El escenario de una ruptura. Una larga conversación.


— No te olvides de coger tus discos —dice Sofía—. Te los he metido en aquella caja.

— Sí, es verdad, gracias por acordarte —Andrés acude hasta la caja de cartón que le ha indicado Sofía y la revisa–. Con la cabeza que tengo, se me habrían olvidado y tendría que venir otro día a recogerlos.

— No, es mejor que te los lleves hoy.

— Claro, esa es la idea, no tener que volver para nada.

— Llévate también el cactus de la mesa del ordenador, ya sabes que a mí se me mueren todos.

— Eso es porque los riegas demasiado, te lo he dicho mil veces.

— Sí, me has dicho mil veces muchas cosas. Siempre me dices mil veces todo lo que hago mal.

— No sé por qué vienes ahora con esas. Esperaba tener una despedida tranquila.

— Lo nuestro nunca fue tranquilo.

— Hubo un tiempo en que sí lo fue. Bueno, no sé si tranquilo del todo, pero por lo menos sí fue agradable… y excitante también.

— Sobre todo excitante —a Sofía se le escapa una sonrisa traicionera que inmediatamente ahoga en un rictus de seriedad antes de que Andrés se percate de ello—. Pero eso fue hace mucho tiempo.

— Sí, una eternidad. Cuando todavía sabías reír si te contaba algo gracioso.

— Cuando todavía tenías cosas graciosas que contarme.

— No, perdona, yo siempre he sido gracioso y continúo siéndolo. Todo el mundo lo dice. Eres tú la que ha perdido el sentido del humor.

— A lo mejor me lo has hecho perder tú.

Andrés niega con la cabeza y comienza a guardar una pila de libros en una caja de cartón, mientras ella lo observa atentamente.

— ¿Va a caber todo eso en tu coche? —pregunta Sofía.

— No he venido con mi coche. Mi primo Ángel me ha prestado su furgoneta de reparto.

— ¿Tu primo el repartidor? Pero si conduce una furgoneta de congelados, ¿no?

— Sí, pero tiene mucho espacio.

— ¿Y está permitido transportar algo que no sean alimentos refrigerados en un furgón frigorífico?

— Pues no tengo ni idea. De todas formas no tiene por qué enterarse nadie.

— Eso mismo dijiste cuando me propusiste colarnos en el metro y después nos pillaron los vigilantes. Nunca he pasado tanta vergüenza en mi vida, y fue por tu culpa.

— Yo no te puse una pistola en la cabeza para hacerlo. Bien que te reías cuando saltábamos el torno de entrada.

— Por aquel entonces me tenías anulada. Habría hecho cualquier cosa por ti.

— Lo dices como si hubiera sido una mala influencia en tu vida. Colarnos en el metro fue el mayor delito que te induje a cometer. Por lo demás, yo creo que conmigo no te ha ido tampoco tan mal.

— Hasta lo de las navidades pasadas.

— Lo que ocurrió las navidades pasadas lo hemos hablado mil veces, y ya te pedí perdón. No sé qué mas quieres que te diga.

— No hay mucho más que puedas decir.

— Ya sé que no me lo has perdonado. Pero que sepas que ha sido el único desliz, si es que puede llamarse desliz a lo que ocurrió esa noche, que he tenido en los diez años que llevamos juntos.

— Que llevábamos juntos, Andrés. Conjúgalo en pasado.

— Como quieras, Sofía. Después de todo me alegro de que esto termine de una vez. Por tu bien y por el mío. Estoy harto ya de dormir en el sofá, y de cruzarme contigo en el pasillo y que ni siquiera me mires a la cara una sola vez.

— Y yo estoy cansada de tener a un extraño jugando a la PlayStation sentado en el sofá del salón.

— ¿En eso me he convertido para ti? ¿En un extraño?

— Rectifico, más que un extraño, pareces un fantasma, un alma en pena que vaga por la casa en silencio, arrastrando sus cadenas.

— Y al otro lado de esas cadenas estás tú. ¿Pero sabes una cosa? Hoy que por fin me las quito, me siento mucho más ligero. Y para que lo sepas, lo que ocurrió en la cena de empresa de las navidades pasadas con Malena, no pasó de ser un mero flirteo. No ocurrió nada de nada entre nosotros.

— Pues en la fotografía que tu compañero Eduardo publicó en Facebook se os veía a Malena y a ti disfrutando de lo lindo. Menudo morreo os estábais dando.

— Y no llegó más allá de eso. Por dios, Sofía, estábamos borrachos y no sabíamos lo que hacíamos, pero no pasó de ahí. No me acosté con ella ni nada parecido. Te lo he dicho mil veces.

— Ya no es importante si llegásteis a hacerlo o no. Lo que importa es que en otras circunstancias, si os hubiera pillado el calentón a solas y en otro lugar, lo habríais hecho. Y quién me dice que antes o después de ese día no os habéis encontrado a solas en más de una ocasión. Oportunidades no os han faltado.

— Es todo una cuestión de confianza, Sofía. ¿Quién me dice que tú no lo has hecho también con tus socios en el despacho?

— ¿También? ¿Has dicho también? Entonces admites que lo has hecho.

— Es una forma de hablar. Te repito que entre Malena y yo, aparte de ese estúpido beso de borrachos, no ha habido nunca, repito, nunca, nada. De todas formas, tal y como están las cosas entre nosotros, eso ya no tiene importancia.

— No, desde luego. Por mi te puedes acostar con todas las putas del Club Social de tu pueblo.

— Y tú puedes acurrucarte bajo las alas de tu protectora mamá siempre que quieras.

— ¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto?

— ¿Aparte de entrometerse en lo nuestro desde el primer día en que decidimos vivir juntos?

— Eso no es así, nunca se ha entrometido en lo nuestro.

— No mientas, Sofía. Tú sabes que estoy en lo cierto. ¡Es una entrometida de cojones! Nunca me ha aceptado. Soy demasiado poco para ti. Nunca he estudiado una carrera. Para ella solo soy un pintamonas, y aunque me gano bien la vida con mis dibujos, no he podido darte un chalet con piscina en La Moraleja.

— Yo nunca he querido eso. Y jamás he criticado tu trabajo como dibujante gráfico.

— Pero tu madre sí. Para ella yo siempre he sido el chico de las casas baratas que dibuja tebeos y que le ha arrebatado a su hija, que estaba destinada a casarse con algún chico apuesto de la alta sociedad madrileña.

— Ella siempre ha querido lo mejor para mi.

— Y por lo visto yo no soy lo mejor para ti, ¿verdad?

— Oh, Andrés, yo nunca he pensado eso.

— Desde que me conocieron, tus padres han hecho todo lo posible para apartarme de tu lado. ¿Cuantas veces me han ridiculizado en las pocas reuniones familiares en las que he sido admitido? ¿En cuantas ocasiones me he visto desplazado y tú no has hecho nada por apoyarme? ¿Recuerdas en la boda de tu hermano? Me separaron de ti y me sentaron en la mesa de los despojos, con tus tíos pobres de Badajoz y tus primos hippies de Valencia, detrás de la mesa de los niños, mientras a ti te sentaban con la gente importante, con los solteros de oro de la jet set de Madrid, sin importarles una mierda que ya tenías novio y que estaba presente en el salón.

— Ya le dije a mi madre que eso no me gustó.

— Pero no hiciste nada por evitarlo.

— No quería estropear la boda de mi hermano.

— Y claro, yo era la causa que podía estropear esa boda.

— Yo no he dicho eso. De todas formas creo que me disculpé contigo y te aseguré que no iba a volver a ocurrir.

— Me sentí muy humillado, Sofía, y no vi ningún apoyo en ti.

— ¿Y eso causó tu distanciamiento? ¿Por eso te liaste con Malena?

— Por enésima vez, yo no me lié con Malena. Y en cuanto al distanciamiento… No sé que decirte. Creo que ha sido culpa de los dos. Llegó un momento en el que dejamos de tener los mismos intereses. ¿Cuanto hace que dejamos de salir a cenar fuera o a ver una película al cine?

— Mucho tiempo, es verdad.

— Todo cambió desde que abriste el despacho de psicología en Arturo Soria.

— Lo dices como si todo fuera culpa mía. ¿Qué hago, tiro a la basura mi título de psicología?

— ¿Pero era necesario que tus padres te montaran el gabinete con su dinero? Podíamos haberlo hecho nosotros, con nuestros ahorros y con la ayuda de un crédito, aunque se tratara de un despacho más modesto y en una zona más asequible.

— ¿Y qué hay de malo en que me hayan ayudado mis padres?

— ¿Es que no lo ves? Hemos vivido siempre a la sombra de tus padres. ¿Como te crees que eso me ha hecho sentir a mí? Como un cero a la izquierda, como un puto inútil. Parece mentira que seas psicóloga. Al final, poco a poco, han ido arrancándote de nuestro entorno y llevándote al suyo. En pocas semanas, ahora que ya se han desprendido de mí, ya lo verás, vas a estar viviendo con ellos de nuevo en su chalet de Boadilla del Monte, y finalmente la hija pródiga habrá vuelto al redil.

— Parece mentira cómo hemos terminado. Con lo felices que éramos cuando nos conocimos en aquella discoteca, y los pájaros que teníamos en la cabeza… Y ahora, míranos.

— Pusimos demasiadas expectativas en nuestra historia.

— Pero no hicimos nada por salvarla.

Durante unos segundos se miran a los ojos. Ambos advierten en el otro un rescoldo de pasión brillando en el fondo de sus pupilas, y al darse cuenta de ello, apartan inquietos la mirada.

Andrés se acerca a una jaula colocada sobre un mueble del salón y mete uno de sus dedos entre los barrotes, intentando provocar a un pequeño hámster que está corriendo en el interior de una rueda giratoria.

— Acuérdate de echar de comer a Rumpelstiltskin, y cámbiale las virutas de serrín de la jaula de vez en cuando.

— ¿De veras no quieres llevarte el ratón? Lo compraste tú.

— Sí, pero porque fue un capricho tuyo. Y no es un ratón, es un hámster ruso y se llama Rumpelstiltskin.

— Ruspestiskin.

— No… Rumpelstiltskin. Rum-pels-tilt-skin.

— Eso he dicho, Ruspestiskin. ¿Por qué le pusiste ese nombre tan absurdo?

— Solo por joder. Porque es difícil de escribir y más todavía de pronunciar. El caso es que no debes olvidarte de cuidarlo, y si decides que no puedes hacerlo, me lo dices y ya me encargo yo de él.

— No te preocupes. Lo cuidaré bien.

Andrés se estira y se masajea con una mano el cuello. Una expresión de dolor le surca el rostro.

— ¿Tienes una aspirina? —pregunta.

— Claro que sí, de sobra sabes donde están —responde Sofía—. ¿Tengo que dártela yo?

— No, no hace falta. Ya la cojo yo. Lo decía solo para que supieras que iba a cogerla.

— Definitivamente no tienes arreglo. ¿Que es lo que te duele?

— ¿Aparte del alma?

— Aparte del alma.

— El cuello. Dos semanas durmiendo en el sofá pasan factura.

— Bueno, esta noche ya dormirás en una cama, en casa de tus padres.

— Sí, en mi cuarto de adolescente, rodeado de mis cómics de X-Men, mis figuritas del Warhammer y mis posters de las películas de El Señor de los Anillos.

— X-Men, Warhammer, El Señor de los Anillos… Siempre has sido un friki de cuidado.

— Habló la más indicada. La adicta a las Crónicas Vampíricas de Lestat.

— Eso fue en mi época de inquietud gótica.

— ¿Y que me dices de tu etapa de fanática de Cincuenta sombras de Grey?

— Esa fue mi época de inquietud sexual, y tú bien que lo disfrutaste.

— Claro, otra de tus famosas etapas. ¿Y en cual estás ahora? No, no me lo digas. En tu etapa de lectora compulsiva de las novelas de Megan Maxwell.

— ¿Que tienes en contra de Megan Maxwell? Ya sabemos que no es un premio novel, pero no está mal. Ademas, ya he pasado esa etapa. Ahora estoy con Jane Austen. Tú en cambio sigues anclado en Stephen King, que por cierto, no ha hecho nada decente en lo que llevamos de siglo.

— No te metas con Stephen King, por lo que más quieras. Tengamos la fiesta en paz.

Andrés se dirige a la cocina y de uno de los armarios coge una caja de aspirinas.

— Dame a mí otra —Dice Sofía

— Claro. Ronda completa de aspirinas. La quieres con coca-cola, ¿verdad?

— Por supuesto.

— Marchando dos aspirinas con extra de cafeína —Andrés saca dos latas de coca-cola del frigorífico—. ¿Y a ti qué te duele?

— ¿Aparte del alma?

— Aparte del alma.

— El hombro derecho. No sé dormir en una cama tan grande para mí sola, y cojo posturas muy extrañas.

Se sientan en la mesa auxiliar de la cocina para tomarse los refrescos.

— Justamente lo contrario me dijiste la primera vez que dormimos juntos —dice Andrés.

— ¿Yo? ¿Qué te dije yo?

— Cuando nos despertamos aquella mañana me dijiste que tenías entumecido un brazo porque habíamos dormido abrazados y yo había estado sobre ti toda la noche. Bueno no toda la noche, ya me entiendes… El caso es que me dijiste que no estabas acostumbrada a dormir acompañada y que la cama era demasiado pequeña para los dos.

— Es que era muy pequeña. Era la cama de tu cuarto. Además, era todo muy raro. Teníamos un ejercito de orcos, elfos y yo que sé qué más vigilándonos alineados desde las estanterías de la habitación. También tenías una figurilla horrible de Lobezno que tiramos al suelo de tanto mover la cama en nuestro momento de pasión.

— Es cierto, se le rompió una de sus garras y no pude arreglarla ni con Loctite.

— Menudo drama, Lobezno sin sus garras de diamante.

— Adamantium. Las garras de Lobezno son de adamantium, no de diamante.

— Lo dicho, eres un friki total.

— Aquella fue nuestra primera noche juntos —dice Andrés sin poder evitar en su interior una sacudida de nostalgia.

— Sí —Sofía sonríe, esta vez abiertamente—. Aprovechamos que tus padres estaban de viaje fuera de Madrid y yo les dije a los míos que esa noche iba a dormir en casa de mi amiga Olga para acabar un trabajo del instituto. Viniste a buscarme a Boadilla en autobús. No podías parar de sonreir como un pánfilo.

— Y tú también… Estábamos los dos muy nerviosos.

— ¿Te acuerdas, esa misma tarde, cuando fuimos a comprar los condones y no te atrevías a entrar en la farmacia? Al final tuve que hacerlo yo.

— Es que en esa farmacia conocían a mis padres y me daba vergüenza.

— Ya… excusas. Y luego, en tu habitación, no sabías como ponértelos. Malgastaste un par de ellos.

— No me lo recuerdes, fue todo muy bochornoso.

— No. Fue todo muy inocente, muy bonito.

Un manto de silencio cae liviano sobre ellos y los sume en una íntima introspección. Sofía observa un leve reflejo en los ojos de Andrés.

— No me lo creo. ¿Estás llorando?

— ¿Llorando? ¡Pero qué dices! Es solo la alergia, que hace que se me enrojezcan los ojos.

— No estamos en época de alergia, Andrés. Estás llorando.

— No seas tonta. No estoy llorando. ¿por qué iba a estar llorando?

— No lo sé, dímelo tú.

— No tengo nada que…. Oh, déjalo… no estoy llorando, y basta.

— ¡Qué bobo eres! ¡Estás llorando!

— Que no, te he dicho.

— Pero a mi me parece muy bonito que estés llorando.

— Pero es que no estoy llorando.

— Ya lo has dicho, pero si lo estuvieras haciendo, seria muy bonito.

— Bueno…

— Sería muy bonito que el recuerdo de nuestra primera noche juntos te hubiera hecho llorar, a estas alturas.

— Que conste que no estoy llorando, pero si llorara, que te repito que no lo estoy haciendo, a lo mejor sería porque yo también tengo sentimientos. No solo los vas a tener tú.

— Por supuesto.

— Por eso… A lo mejor, si estoy llorando es porque…

— ¿No decías que no estabas llorando?

— ¡Que no estoy llorando, coño! He dicho que si estuviera llorando sería porque todavía te… ¡Bah! No tiene sentido.

— ¿Porque todavía qué?

— Nada, déjalo…

— Dilo de una vez…

— No.

— Dilo, por favor…

— Que no.

— Sé lo que ibas a decir… Dilo… Dímelo… Dímelo, por favor…

— Ahora eres tú la que está llorando.

— ¡Pues claro que estoy llorando, imbécil! ¡Porque necesito escuchar lo que has estado a punto de decir! Dímelo, por favor…

— Decía que a lo mejor, si estoy llorando es porque… porque al recordar aquella noche me he dado cuenta de que… de que todavía sigo queriéndote…

— Oh…

— Que todas nuestras diferencias, todas las palabras gruesas, todos los malos gestos, todo eso, no cambia el hecho de que todavía te quiera.

— Vaya…

— Que te juro por lo más sagrado que nunca te he engañado con Malena, que lo que pasó en esa maldita cena de navidad fue unicamente lo que viste en esa foto, y que si tú puedes perdonar lo de esa noche, yo puedo olvidar los desplantes de tu familia. Que no quiero llevarme mis discos, ni el cactus de la mesa del ordenador… Que me da igual si lo riegas mucho y se nos muere… Que podemos comprarnos otro y podrás regarlo todo lo que quieras, porque al fin y al cabo un cactus es solo un cactus. Que quiero cuidar contigo a Rumpelstiltskin y leer a tu lado nuestros libros, incluso los de Megan Maxwell si es preciso, y acabar de ver contigo esa serie de televisión que dejamos a medias porque siempre me quedaba dormido. Que podemos hacer un hueco todas las semanas para salir a cenar o ir al cine. Que lo nuestro ha sido demasiado bonito como para tirarlo por la borda sin luchar por ello.

Está anocheciendo y ninguno de los dos ha encendido las luces. Un silencio inesperado se apodera de la penumbra que reina en la cocina.

— Te has quedado muy callada.

— Tú también.

— Sí, parece que un ángel ha pasado entre nosotros. Espero no haberte incomodado con mi ridículo discurso. Recojo lo que me queda y me marcho ya.

Andrés se levanta de la mesa de la cocina y se dirige al salón. Enciende la luz y comienza a apilar sus cosas junto a la puerta de la calle, mientras Sofía lo observa inquieta, con los brazos cruzados, como si estuviera abrazándose a si misma.

— ¿Qué hora es? —pregunta Sofía finalmente.

— No lo sé, mi reloj se paró esta mañana y no he tenido tiempo de ir a la relojería a que lo mirasen.

— Deben ser cerca de las nueve, y todavía no hemos cenado. No te puedes ir así. Podríamos pedir un chino por teléfono. Hace mucho que no lo hacemos.

— No lo sé…—Dicen Andrés encogiéndose de hombros con la vista puesta en la punta de sus zapatos—. Lo que tú quieras.

— Claro que sí. Cenamos en el salón y a lo mejor podemos ver algún capítulo de esa serie que no acabamos. No tenemos prisa, mañana es domingo.

— Me encantaría.

— Pero te advierto que esta tarde he echado a lavar la almohada y la manta que utilizabas para dormir en el sofá, así que esta noche no podrás hacerlo.

— ¿Entonces…?

— ¡Pero qué bobo eres a veces! Entonces te vienes a la cama y mañana será otro día.


Peregrino de Casiopea - Tarde de sábado

Cáceres, 7 de julio de 2020


Si te gustó esta historia, a lo mejor te gusta esta otra: El abrazo