La casa del viejo Zacarías


El confuso despertar del viejo Zacarías, su encuentro fugaz con una automovilista y el recuerdo terrible de un pasado olvidado.


Comienza a despertarse muy lentamente, como si llevara un millón de años durmiendo. Está en un lugar húmedo y oscuro. Se sorprende al comprobar que esa humedad no ataca al reuma que le atormenta desde hace tanto tiempo, de hecho, no experimenta dolor o malestar alguno. Busca a tientas el interruptor de la luz, pero no lo encuentra. Intenta maldecir en voz baja su torpeza, pero ningún sonido sale de su garganta. Se pregunta si en la calle hará frío esa mañana y si tendrá que abrigarse cuando salga. Se da cuenta de que no recuerda en qué fecha se encuentra. Tampoco sabe la hora, porque acaba de advertir que no se ha despertado en la cama de su habitación y no tiene por tanto a mano el despertador de su mesita de noche.

Como cada mañana al despertar, echa de menos a su mujer, que se fue hace unos años por culpa de un cáncer maldito, dejándole solo en el mundo. Su único hijo se marchó hace tiempo a Barcelona y no quiere saber nada de él. Tan solo le ve muy de vez en cuando, casi siempre la semana de las fiestas del pueblo en el mes de agosto.

Sale de la oscuridad del cuarto en el que ha despertado y observa una tenue claridad que entra en la casa a través de un hueco abierto en la parte superior de la puerta de la calle. La luz es tan débil que deduce que todavía no puede haber amanecido. Se acerca a la puerta y comprueba sorprendido como la carcoma ha roído la madera hasta crear el agujero por el que se cuela la precaria luz.

Se inclina hacia delante y asoma su cara arrugada al exterior. Las estrellas todavía brillan intensas en el firmamento haciendo compañía a una hermosa luna llena que baña de plata difusa los tejados del pueblo. En la lejanía, se escucha el ladrido desangelado de un perro solitario. Le gusta esta hora de la madrugada, cuando todavía la aurora no ha comenzado a despuntar y se respira una calma densa y apacible.

Los destellos de los faros de un coche acercándose por la carretera de entrada al pueblo se reflejan en las ventanas de las casas al otro lado de la calle. El sonido del motor llega unos instantes después, apagado en un principio, ganando fuerza según se aproxima. Escucha el golpeteo de las ruedas al pasar sobre los badenes de la travesía. Cuando el coche llega a la altura de su casa, lo hace a una velocidad menguada, de forma que le da tiempo a observar el rostro de su conductora. Es una chica joven, de pelo corto y negro. Debe ser forastera, pues nunca la había visto por el pueblo. Durante un segundo los ojos de ambos se cruzan en una mirada intensa. De una forma que no logra entender, se siente agradecido por la atención fugaz que la desconocida le concede e intenta corresponder con un movimiento de cabeza, pero ella aparta la mirada antes de que él finalice el gesto. Después, el coche se pierde con la misma velocidad reducida con la que entró en su calle, y un silencio sepulcral se adueña de nuevo de la madrugada.

Súbitamente escucha la voz de su mujer, tenue y apagada, como si procediera de un lugar muy lejano, llamándole, pidiéndole que acuda junto a ella. Mira agitado a su alrededor, buscándola, pero no puede encontrar el origen de la llamada. Intenta contestar, pero de nuevo le falla la voz. Tal vez se encuentre en la cocina. A ella siempre le gustó poner la comida al fuego desde primera hora de la mañana, para poder comer temprano. Camina despacio hasta allí, pero cuando llega se sorprende al comprobar que se encuentra vacía. No hay rastro de la cocina de butano, ni de la mesa y las sillas, ni de la alacena, ni del viejo frigorífico. Tan solo queda el desgastado calentador de agua, colgado de la pared, oxidado y cubierto de polvo, olvidado porque hace tiempo que no funciona del todo bien.

De pronto se siente muy cansado. Intenta de nuevo sin éxito contestar a la llamada de su mujer, que todavía resuena débil entre las paredes de la casa. Tiene que parar a tomar aire, pero pese a que intenta llenar sus pulmones, no obtiene alivio para su ahogo. Decide que se tumbará unos minutos en la cama para recobrar fuerzas. Al llegar a su dormitorio se lo encuentra vacío, igual que la cocina. Su cama, su mesita de noche, el armario donde guarda sus viejas ropas y las de su mujer, de las que nunca se ha desecho, han desaparecido. No comprende qué está pasando. Siente en el pecho una punzada de inquietud, y súbitamente un dolor intenso le ataca la base del cráneo. A su cabeza llegan imágenes fugaces, destellos de una realidad que había olvidado. Su hijo discutiendo furioso con él, el sol del verano cayendo a plomo, inmisericorde, sobre sus cabezas en el huerto de la parte trasera de la casa, los ladridos de Pancho, su viejo perro mestizo, defendiéndole de las voces, de las amenazas y los empujones, la azada en las manos crispadas de su hijo, los chillidos del perro al recibir el golpe mortal de la herramienta, el dolor de ver agonizar al único ser que le ha dado compañía en los últimos años y finalmente, cuando se encuentra arrodillado llorando al animal moribundo, el golpe seco y brutal que su hijo le asesta en la cabeza y que hace que todo a su alrededor se convierta en silencio y oscuridad.

El cansancio le pesa más que nunca. Comprende que su sitio está en la despensa, en ese pequeño cuchitril frío y sin ventanas junto a la cocina de la casa. Busca la puerta, pero no la encuentra. En su lugar solo hay una pared de ladrillos torpemente levantada para cegarla. Sin importarle esta barrera, entra en la despensa. A pesar de la oscuridad, ahora que ha recordado lo ocurrido, puede distinguir en un rincón el despojo encogido de lo que fue su cuerpo y junto a él la osamenta de su perro Pancho. Se acerca a ellos y acurruca su alma en el interior de la carcasa de huesos en que se ha convertido su cuerpo. Mientras le llega la inconsciencia del sueño, tiene tiempo de prometerse que cuando despierte de nuevo, buscará el lugar desde el que le llama su mujer. Lo ultimo que escucha es el canto de un gallo en la lejanía anunciando la llegada del alba.

* * * * *

— Chicos… No os vais a creer lo que me ha pasado esta madrugada. Vais a decir que estoy pirada. ¿Sabéis esa casa abandonada que hay a la entrada del pueblo? Esa que tiene la puerta cubierta por un tablón y unos plásticos negros. Pues sobre las seis menos cuarto, cuando venía al trabajo y pasaba con el coche a la altura de esa casa, he visto la cara de un hombre viejo asomándose por un hueco de la puerta, en una esquina, por encima del plástico. Me ha dado muy mal rollo y he apartado la vista asustada. Os juro que esa cara no era normal… —la chica se acomoda el flequillo sobre su frente mientras habla a sus amigos.

— Esa es la casa del viejo Zacarías… Está abandonada desde hace años. Su hijo viene de vez en cuando de Barcelona para limpiarla. Hay quién le ha ofrecido dinero por ella, pero él no ha querido venderla.

— Zacarías… —dice pensativa la chica— ¿ese no es el viejo que desapareció en el pueblo hace unos quince años y nunca apareció?

— Si, pero sé en qué estás pensando… Quítatelo de la cabeza. No puede ser él. De seguir vivo, ahora debería tener ciento y pico años.

— Dicen que cuando desapareció, su hijo encontró envuelta en varias bolsas de basura debajo de una losa del dormitorio del viejo una buena cantidad de dinero. Se habla de unos ciento cincuenta mil euros entre pesetas y billetes modernos. Todo ese dinero escondido y el anciano viviendo en la miseria.

— Vaya historia… Oye, a lo mejor esta mañana he visto el fantasma del viejo Zacarías.

— No digas tonterías, Flequillo.


Cáceres, 22 de mayo de 2020

El Peregrino de Casiopea - La casa del viejo Zacarías. El confuso despertar del viejo Zacarías, su encuentro fugaz con una automovilista y el recuerdo terrible de un pasado olvidado.

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