Terciopelo azul


Historia de una noche inolvidable en el Madrid de los años 90.


Ocurrió en la noche tibia de un sábado de mayo de principios de los noventa en la que mis amigos me dejaron sin planes, no recuerdo a cuento de qué. Como no me apetecía quedarme en casa maldiciendo mi soledad, decidí salir a la aventura, a cuerpo descubierto y con cuatro mil pesetas en el bolsillo. No tenía compañía, y por lo tanto me veía libre de los lugares habituales a los que cada fin de semana acudía con mis cómplices de juerga. Decidí probar suerte en una discoteca en Atocha que ya no existe, o por lo menos no con el nombre que en aquella época tenía. Ocupaba un bloque de varias alturas y se distribuía en diferentes plantas, cada una de ellas con su propio ambiente.

Cuando entré en ella, me dominaba una mezcla de confusión y abandono al hallarme perdido en un ambiente que no conocía, pero también de nerviosismo y expectación por la promesa de nuevos horizontes. Antes de comenzar la exploración, me avituallé con un Passport con Coca-Cola en la barra principal de la planta baja. Después, con el vaso de tubo en la mano, desplegué mis sensores e inicié el rastreo. Deambulé por la orilla de la pista de baile hasta que decidí que allí no había nada que me interesara especialmente. Probé suerte en las plantas superiores, pero tras media hora de vagar arriba y abajo sin rumbo y con los hielos tintineando en mi vaso vacío, me encaminé de nuevo a la barra de la planta baja para tomarme otra copa antes de decidir si daba por pérdida la noche.

Y fue entonces cuando la vi, en un rincón de la pista principal cercano a las escaleras por las que yo descendía. Parecía estar sola y se hallaba abstraída en su peculiar baile. Y digo peculiar, porque transformaba el ritmo que tronaba a su alrededor en unos movimientos lánguidos, flemáticos, a todas luces inapropiados para la música frenética que la envolvía, pero que extrañamente, lejos de resultar ridículos o estrafalarios, eran elegantes y cautivadores. Llevaba un vestido a media pierna de terciopelo azul marino, casi negro, con tirantes y amplio escote en la espalda. Su pelo negro y rizado lanzaba al moverse destellos azulados y sus labios, muy rojos, reinaban absolutos en la penumbra que cubría su rostro. Los flashes de las luces estroboscópicas parecían detenerse sobre su cuerpo un instante más de lo permitido, como si viviera un segundo por detrás en el tiempo.

Yo la miraba fascinado, en el estado cercano a la idiotez que sospecho debía transmitir mi sonrisa involuntaria, incapaz de retirar los ojos de su cuerpo delicioso. Mi insistente mirada se vio recompensada con su atención. Cuando advirtió mi presencia, se giró hacia donde yo me encontraba y continuó con su extraño baile, pero ya dedicado a mi en exclusiva. Con sus ojos semicerrados destilando picardía, levantó con indolencia su brazo derecho y con la mano exánime suspendida de su muñeca, dirigió su índice hacia mí; después volteó perezosamente la mano y con ese mismo dedo me indicó que me acercara a ella mientras se mordía traviesamente el labio inferior. Yo acudí tontamente, como la polilla que es atraída hacia la luz y cuando estuve a su alcance, ella, con ese índice suyo que tan diestramente sabía utilizar, rozó delicadamente mi mejilla. A estas alturas, yo había perdido ya mi capacidad de raciocinio y era un puñado de testosterona desbocada. Ella continuó con su baile sinuoso, sin dejar de mirarme e insinuando con sus labios una sonrisa que no acababa de romper. De improviso, sin ninguna señal que lo anunciara, huyó de mi lado, confundiéndose entre la multitud que bailaba a nuestro alrededor. Yo intenté seguirla entre el gentío, pero acabé perdiendo su rastro.

La busqué desesperadamente por toda la discoteca, planta por planta. En este empeño perdí al menos media hora, y cuando ya casi daba por perdida la búsqueda, me la encontré de nuevo frente a mi, con sus ojos puestos en los míos y esa promesa de sonrisa que nunca acababa de concretarse. Movía sutilmente su cuerpo, con la misma deliciosa indolencia que antes.

Yo me acerqué a ella con decisión, intentando deshacerme de la estupidez que me había embargado en la ocasión anterior, pero ella destrozó mi entereza cuando inopinadamente levantó su bendito índice y lo posó sobre mis labios haciéndome guardar silencio.

—No hables, solo bailemos –susurró acercando su boca a mi oído, causándome un cálido cosquilleo que estremeció hasta la última célula de mi cuerpo.

Ella se separó ligeramente de mí y comenzó a ejecutar de nuevo los movimientos lánguidos de aquel singular baile suyo. Casi sin darme cuenta, su hipnótica influencia fue atrapándome y acabé imitándola, moviendo torpemente brazos y piernas en una danza mágica que tenía más de baile ritual que de mero pasatiempo. De esta forma perdí el sentido del tiempo, del espacio y del ridículo. En mi cabeza tan solo había lugar para aquella fabulosa mujer, para la música que llegaba distorsionada a mis oídos y para los fulminantes destellos que hendían la penumbra que nos rodeaba.

No recuerdo cuanto tiempo pasamos en ese estado de éxtasis, ni que circunstancia fue la que nos hizo salir de él, pero el caso es que, cuando quise darme cuenta, estábamos en el guardarropa de la discoteca, recogiendo su bolso y una chaqueta azul a juego con su vestido. Mientras la ayudaba a colocarse la prenda, salimos al exterior y comenzamos a caminar por la calle Atocha, hacia la Plaza de Jacinto Benavente. Ella sujetaba con ambas manos el bolso que llevaba colgado del hombro y hacía resonar sus tacones sobre los adoquines de la acera. La noche era templada y agradable e invitaba al paseo y a las confidencias.

— ¿Puedo preguntarte cómo te llamas?

Ella respondió a mi pregunta clavando sus ojos en los míos.

— Puedes hacerlo, pero yo no debería responderte.

En la calma de la madrugada, su voz, como su vestido, era de terciopelo; tal y como mi cabeza decía que debía sonar el terciopelo azul que cubría su cuerpo. Sus palabras tenían una musicalidad extraña, un acento indefinido que anunciaba que venía de una tierra lejana.

— ¿Pero vas a hacerlo? ¿Vas a decirme tu nombre?

Ella me miró con indulgente suficiencia y sin contestar a mi pregunta, me lanzó a su vez otra.

— ¿Y como crees tú que debería llamarme?

Yo me permití estudiarla más fijamente que nunca antes de continuar.

— ¿Has visto la película Blue Velvet?

Ella negó con la cabeza.

—Hay una escena en la que la protagonista canta en un night club una versión en jazz pausado de la canción Blue Velvet. Es uno de los momentos mágicos de la película. La actriz es Isabella Rossellini, y está maravillosa. Luego la historia tiene sus partes sórdidas, pero en esa escena, ella está deliciosa. Tú me la recuerdas.

— Bien, pues llámame Isabella.

— Isabella, entonces –convine–. La enigmática Isabella.

Continuamos con nuestro paseo nocturno por la larga calle de Atocha, yo intentando sonsacarle información sobre su vida, ella tratando de no ser explícita en sus explicaciones. De nuestra conversación, tan solo me quedó claro que no era de España, que había vivido en varias capitales de Europa y América del Sur y que se encontraba muy sola y perdida en Madrid. De vez en cuando, giraba inquieta su cabeza para buscar algo a nuestra espalda. Yo la imitaba intentando averiguar qué era lo que la preocupaba, pero no veía otra cosa que el ocasional tráfico nocturno y algún que otro paseante trasnochador.

Casi sin darnos cuenta, pasamos Jacinto Benavente y llegamos a la Plaza de Santa Cruz y de allí, atravesando los soportales, nos adentramos en la Plaza Mayor. Los adoquines del suelo robaban apagados reflejos a la dorada luz de las farolas. Una patrulla a pie de la Policía Municipal identificaba en el centro de la plaza, junto al enrejado del pedestal de la estatua ecuestre de Felipe III, a un grupo de jóvenes con una copa de más.

En nuestro deambular errante por las calles del centro, nos encontramos con la fachada de la chocolatería San Ginés. A aquella hora de la madrugada, se encontraba tan concurrida como si fueran las diez de la mañana. Entramos y a duras penas conseguimos una pequeña mesa para dos en un rincón junto a la pared. Pedimos dos chocolates y media docena de churros. El murmullo de los concurrentes era casi ensordecedor, de forma que la plácida conversación que habíamos mantenido en nuestro paseo, se transformó en un difícil cruce de confidencias al oído para poder ser escuchadas. Nuestros rostros estaban muy próximos, y en un impulso propiciado por no recuerdo qué palabra, yo intenté morder su cuello. Ella giró su cara diestramente y mis labios se encontraron con los suyos. Yo me perdí en la calidez de su boca, que sabía a carmín y chocolate. Nos besamos ajenos al mundo que nos envolvía, perdidos en la pasión irrefrenable de aquel momento.

Unas risitas impertinentes nos sacaron de nuestro placentero ensimismamiento. Se trataba de dos jóvenes de rostro achispado, mejillas sonrosadas plagadas de pecas y cabellos rubios desordenados. Estaban sentados en una mesa junto a la nuestra y nos contemplaban con la boca abierta, la vista extraviada por el alcohol y el gesto flojo de la envidia. Parecían sacados del mismo molde, hijos impertinentes de la Gran Bretaña en viaje de iniciación por tierras meridionales.

—Sorry, don’t worry. Don’t stop —dijo el más despierto de ellos mostrándonos las palmas de las manos en un gesto conciliador.

—Poor boys. Do you have fun? —Les replicó Isabella con un mohín teatralmente maternal, antes de olvidarse por completo de ellos y volver a concentrar toda su atención en mí.

De allí acabamos en un hostal de la calle Postas, un tugurio para encuentros ocasionales lo suficientemente limpio para no resultar sórdido, pero carente de cualquier etiqueta de distinción. ¿Quien de nosotros lo propuso? No sabría decirlo. Creo que ninguno de los dos. Fue algo que surgió sin más, un acuerdo tácito al que llegamos sin proponerlo, un lugar en el que acabamos con la misma naturalidad del agua que desde el río llega al mar. En la penumbra de aquella habitación extraña nos entregamos sin reserva, sin pudor, con urgencia al principio, con dilatada ternura después. Anudamos nuestros cuerpos al instinto y al deseo y aplacamos nuestra ansia, hasta quedar ahítos de placer.

Cuando salimos del hostal, el amanecer era ya algo más que una insinuación en el azul del firmamento. La ciudad adormilada abría los ojos al domingo con la pereza de una dama indolente. Un grupo de noctámbulos pasaron de recogida junto a nosotros soltando risas descosidas a sus espaldas; un barrendero arrastraba con su escobón los restos de una botella rota sobre la acera; un coche de policía pasó despacio junto a nosotros y su conductor nos lanzó una mirada de sospecha.

—Tengo que hacer una llamada —dijo de improviso Isabella.

Buscamos un teléfono público (en aquellos años los teléfonos móviles eran una rareza). Encontramos una cabina en la Puerta del Sol, junto a una boca de metro. Yo me quedé a unos metros de ella mientras realizaba la llamada. Fue breve, tan solo unas pocas palabras en un idioma que no supe identificar, y después regresó junto a mi.

—Vamos a esperar un ratito aquí —dijo Isabella–. Van a venir a buscarme.

Yo no quise preguntar quién vendría a buscarla. Tan solo asentí y cogiéndola de la mano esperamos en silencio junto a la cabina telefónica, a unos pasos del semáforo que regulaba la salida de la plaza hacia la calle Arenal.

No había transcurrido siquiera un cuarto de hora, cuando se paró junto a nosotros un Mercedes negro, grande y elegante, con matrícula diplomática. Su conductor conectó los cuatro intermitentes y se bajó decididamente del coche. Se trataba de un hombre de mediana edad, alto y delgado, ojos saltones y pelo muy corto, vestido con traje chaqueta negro. Se acercó a nosotros ajustándose el nudo de la corbata.

—Señorita Lindner, su padre ha estado buscándola toda la noche —dijo el hombre—. Estaba muy preocupado.

Su acento, como el de Isabella, era indeterminado, aunque su castellano era impecable.

—Vaya, lo último que esperaba de mi padre es que se preocupara por mí —respondió Isabella.

—Tiene que acompañarme, señorita Lindner.

Ella asintió resignada y me dedicó una mirada de melancólica tristeza.

—Este es el momento en el que nos despedimos —dijo acariciándome la mejilla con el dorso de los dedos de su mano derecha.

Yo negué con la cabeza.

—¡No! Al menos dame un número de teléfono, una dirección donde pueda buscarte, un lugar y una fecha en la que podamos vernos de nuevo.

—¡Qué más quisiera yo! —dijo llevándose una mano a la frente y apartando un mechón de pelo de su cara—. Pero si es de ley que debamos acabar juntos, el destino se encargará de reunirnos de nuevo.

El hombre que había venido a buscarla esperaba junto al coche, con la puerta trasera abierta y cara de pocos amigos.

Ella se quitó uno de sus pendientes ladeando ligeramente la cabeza y después, cogiéndome una mano, lo depositó en ella. Era un pendiente de oro con una piedra de jade verde tallada en forma de hoja.

—Toma… guárdalo. Cuando volvamos a vernos, me lo devuelves.

Se inclinó hacia mí y me besó dulcemente en los labios.

—Adiós, mi chico de sonrisa arrebatadora, me ha gustado mucho conocerte. Ha sido una noche maravillosa.

La insinuación de unas lágrimas furtivas brillaron en sus ojos. Después caminó decididamente hasta el Mercedes, sin mirar atrás, y se perdió tras los cristales tintados de los asientos traseros. Yo no supe reaccionar. No sabía qué estaba ocurriendo. Me quedé petrificado en la acera, incapaz de pronunciar una palabra, mientras el coche se perdía por la calle Arenal, que por aquel entonces no era peatonal, hacia la plaza de Ópera.

* * * * *

Han pasado más de veinte años desde aquella noche. No la he vuelto a ver desde entonces, tal vez no estaba escrito en el destino que lo hiciéramos. Durante varias semanas, cada noche de sábado, acudí a buscarla a la discoteca en la que la conocí, pero siempre acabé solitario y derrotado, con una copa de más y una esperanza de menos. Desde entonces, todavía sueño con ella de vez en cuando, y cada vez que la recuerdo, en mi cabeza suenan los acordes de la canción “Blue velvet” de Bobby Vinton.

En estos años he tenido varías relaciones, la mayoría de ellas fugaces, alguna duradera, otras dolorosas, también las ha habido hermosas y enriquecedoras, pero ninguna de ellas ha perdurado. Ninguna me ha hecho olvidar a Isabella. Ella ha sido mi santo grial perdido, el leitmotiv de mi vida. Aún conservo su pendiente de jade y oro. Llamadme ingenuo o estúpido romántico, pero todavía no he perdido la esperanza de que el destino repare en el cabo que dejó suelto aquella noche de amor y chocolate y decida volver a reunirnos para que pueda devolvérselo.


Cáceres, 1 de mayo de 2020


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