Nirvana


Una historia sobre el destino inesperado del último hombre sobre la faz de la Tierra.


El último ser humano del planeta murió a las 17:35 hora local del día diecinueve de agosto de 2048 en un monasterio budista tibetano a cinco mil metros de altitud en la cordillera del Himalaya. Se trataba de un hombre de cuarenta y tres años de edad, monje budista desde su adolescencia y firme creyente en la doctrina de la reencarnación en vidas sucesivas como camino de perfección en busca del nirvana.

Durante los últimos meses, el templo había estado ocupado por veintitrés monjes extremadamente austeros. La enfermedad que había acabado con el resto de la humanidad tardó en alcanzarlos más allá de lo razonablemente previsible, y por un tiempo se consideraron a salvo. Pero una mañana de verano, cuando hacía ya varias semanas que la vieja radio que habían instalado en el comedor para seguir el desarrollo de la pandemia había dejado de recibir cualquier tipo de señal, y el viejo sherpa que se encargaban de aprovisionarlos de ciertos productos ya no se presentaba, el hermano de nuestro hombre, monje como él, cayó presa de vómitos y diarreas y dos días después la deshidratación se lo llevó para siempre.

En las semanas que siguieron, el resto de monjes fueron sufriendo paulatinamente la misma suerte, hasta que finalmente tan sólo quedó él para celebrar los rituales funerarios.

Todavía dispuso de diez días de prórroga para poner en paz su alma, antes de que las náuseas y un persistente dolor de cabeza le hicieran saber que le habían llegado sus últimos días. En el transcurso de las dos jornadas siguientes aún tuvo fuerzas para dedicar su tiempo a la meditación y llegó a la conclusión de que su karma estaba en equilibrio.

En la mañana del día 19 de agosto ya no tuvo fuerzas para alcanzar el cuenco de agua que la noche anterior había colocado junto a su camastro. La sed y la fiebre le habían agrietado los labios y hacia denodados esfuerzos para no caer bajo el manto del delirio.

Cuando finalmente su corazón se cansó de latir y sus pulmones dejaron de respirar, notó un desgarrón indoloro en su interior y observó como su esencia incorpórea se elevaba sobre su cuerpo inerte. Su alma se había disociado de su atadura física. No dejaba nada atrás, más que aquellos restos marchitos, así que no dudó un momento en abandonarlos y enfrentarse al estado intermedio que le aguardaba.

Inmediatamente se vio rodeado por una bruma sin límites, difusamente iluminada por una fuente de luz potente e imprecisa, como el sol de la mañana a través de la niebla en las cumbres.

Contrariamente a lo que siempre había esperado, nadie acudió a recibirle. Allí no estaban los compañeros con los que había compartido sus últimos días de existencia y que todavía deberían estar aguardando su nueva encarnacion. Tampoco le esperaban sus maestros espirituales, aquellos que debían guiarle en su camino a la perfección. ¿Cómo podía afrontar su próxima existencia sin sus consejos? ¿cómo podría extraer sin su ayuda las enseñanzas de la vida que acababa de abandonar?. Si ellos no le guiaban, ¿cómo haría para continuar su camino hacia el nirvana?

A su mente acudió un inquietante pensamiento. Si él había sido el último hombre del planeta, si la especie humana se había extinguido por completo de la faz de la tierra, ¿cómo iba a poder encarnarse en una nueva vida, si no existía forma de que fuera engendrado un nuevo niño que albergase su alma? ¿Dónde habían ido a parar las almas de todos aquellos que le habían precedido y que como él, no habían encontrado un reemplazo?

Repentinamente se vio dominado por un terror atávico al pensar que tal vez todas sus creencias habían estado equivocadas, que eran simples engañifas creadas por la mente del hombre para sobrellevar una vida llena de sufrimientos y privaciones.

A lo lejos, frente a él, observó un pequeño punto negro en el que no había reparado hasta ese momento, y que se iba haciendo cada vez más grande a medida que se acercaba a él, aunque en un espacio vacío y sin límites como en el que se encontraba, donde la sensación de la perspectiva carecía de sentido, igualmente podría asegurarse que el pequeño cuerpo negro había aparecido simplemente de la nada frente a él e iba aumentando en tamaño y no en cercanía.

Sea como fuere, cuando esta mancha oscura ocupaba ya una quinta parte del espacio que abarcaba su visión, comenzaron a hacerse patentes sus propiedades físicas: su negro centro ganó profundidad y apareció ante él como una sima insondable, mientras que sus bordes se hicieron más nítidos y quedaron perfectamente delimitados en la blancura difusa que lo rodeaba. Inmediatamente comprendió que se encontraba ante la boca de un profundo túnel al que irremediablemente se vio absorbido

Sin apenas darse cuenta, se halló rodeado por una impenetrable oscuridad, una negrura que silenciaba todas sus percepciones. Poco a poco sus cinco sentidos fueron apagándose, como una máquina que va desconectando uno tras otro todos sus circuitos. A estas alturas, su capacidad de espanto había alcanzado ya su cénit. Se sintió atenazado por una soledad infinita, náufrago en un negro cosmos sin estrellas, en el centro de la nada, abandonado en un remoto e insondable olvidadero. Finalmente, cansado de luchar contra la desolación, se dio por vencido y se sumió en la inconsciencia, entregando su alma a la inexistencia.

¿Cuánto tiempo permaneció en este limbo hermético? ¿Unos minutos? ¿Unas horas? ¿Un milenio? No lo podía asegurar, pero repentinamente, una pulsación de actividad lo sacó de su letargo. El anuncio de un sonido llegó hasta su ser. Se trataba de un apagado murmullo que lentamente iba cobrando nitidez. Un hervidero de vida se desarrollaba en torno a él, el bullicio indeterminado de una muchedumbre que no podía observar porque aún se encontraba inmerso en una total oscuridad. Ya no se sentía solo. Cientos de corazones latían débilmente a su alrededor con frenética cadencia.

Poco a poco fue tomando consciencia de que poseía un nuevo cuerpo físico que descansaba sobre el suelo, aunque no podía precisar sobre cuales de sus extremidades lo hacía. Sentía decenas de contactos físicos de aquellos que le acompañaban, como pequeños golpecitos fugaces y aleatorios sobre su piel, que parecía haberse endurecido como si vistiera la coraza de una armadura.

Inopinadamente, y como obedeciendo una orden no dictada, la multitud comenzó a ponerse en marcha, a avanzar sin vacilación, y él, espoleado por la necesidad de seguirla, se puso en movimiento con ella. Marchaba a ciegas, ligero como nunca lo había hecho, casi sin tocar el suelo, con una cadencia de pasos desconocida para él y con el cuerpo en una posición inverosímil, pero a pesar de ello cómoda y natural. Lo hacía a gran velocidad, al ritmo que marcaba la masa que le acompañaba. De vez en cuando chocaba con alguien e inmediatamente, sin que este percance le causase malestar o le prestase la menor importancia, cambiaba de rumbo y seguía avanzando.

Al poco, se vislumbró al fondo de la oscuridad un pequeño destello luminoso y supo que era allí hacia donde se dirigían. Dominado por una euforia incontrolable, corrió hacia la luz. Conforme se acercaba a ella, se hacía más grande y potente. El mundo que le rodeaba comenzó a tomar forma. Observó que estaba en el interior de un inmenso túnel de paredes terrosas que desembocaba en una abertura por la cual entraba la luz del día, formando sombras alargadas que las criaturas que corrían junto a él arrastraban tras de sí. Lo observaba todo como a través de unas celdillas que se superponían en sus bordes formando una suerte de mosaico. Se dio cuenta de que corría de forma errática por las paredes del túnel, desafiando la gravedad. Las extrañas figuras de los que le precedían, cargadas de angulosas extremidades, se recortaban contra la claridad del cielo azul al final del pasadizo.

Nada de cuanto experimentaba le causaba extrañeza o inquietud. Todo estaba bien. Todo era como tenía que ser. Poco a poco fue desprendiéndose de su conciencia humana. El último pensamiento que acudió a su mente, antes de sumirse en su nueva condición, fue la imagen lejana y desdibujada del rostro de su madre en su lecho de muerte cuando él era todavía un niño. Después todo se diluyó en un sentimiento de felicidad al comprender que había trascendido su humanidad, que dejaba atrás todas las penas, todos los sufrimientos, todas las angustias.

Cuando por fin salió al exterior, observó el inmenso mundo que le rodeaba y a su manera le pareció hermoso. Levantó su negra cabeza hacia el cielo y movió grácilmente sus pequeñas antenas. Tenía por delante un fabuloso día de trabajo acarreando alimento para la comunidad.

Mientras seguía a sus compañeras, sintió un profundo amor hacia la esencia colectiva de su hormiguero.

Por fin había dejado atrás su individualidad.

Por fin formaba parte de un todo superior.

Por fin había alcanzado el nirvana.


Cáceres, abril de 2020

Nirvana. Una historia sobre el destino inesperado del último hombre sobre la faz de la Tierra.