Las cien mil muertes de Leandro Estulte


Un asesino bajo la lluvia en Madrid. Una joven víctima de un psicópata en la noche de Halloween en California. Una extraña relación entre ambos.


1.

Mi nombre es Leandro Estulte y sé que no he llevado una buena vida, que he sido un cabrón con los que me rodeaban, que he hecho llorar en más ocasiones de las que alcanzo a recordar a mi mujer y a mis hijos, que he sido un jefe tirano, un amante cruel y que en una ocasión…

Sí, en una ocasión maté a un hombre. Lo hice a traición, cuando no se lo esperaba, aprovechando que confiaba en mí porque era mi mejor amigo y mi socio en los negocios.

En mi defensa diré que hacía ya unos meses que nuestra relación se estaba deteriorando, no porque él hubiera descubierto que me acostaba con su mujer desde hacía varios meses (estaba lo suficientemente enamorado de ella como para perder toda perspectiva de la realidad y no tenía la más mínima sospecha de que le engañábamos), no, lo maté porque no transigía con los chanchullos que yo acostumbraba a utilizar en nuestro negocio y que según decía, acabarían por salpicarle también a él. Me avisó de que daría cuenta a las autoridades si no abandonaba mis poco ortodoxos métodos. Visto desde esta perspectiva, al amenazarme de aquella manera, él mismo se apretó el nudo de la soga al cuello.

Lo esperé un viernes de mediados de enero, a las seis de la mañana, cuando salía del garaje de su chalet con su Toyota RAV4 camino del trabajo. Llovía a cántaros y los grados de la temperatura se medían en negativo. La ya de por sí solitaria calle de aquella apartada urbanización de Colmenar Viejo se hallaba más abandonada que nunca.

Él se sorprendió al verme haciéndole señales desde el centro de la calle para que se detuviera. Yo vivía en Las Rozas, a cuarenta kilómetros de allí, por lo que no se explicaba cómo era posible que me encontrara a esa hora de la madrugada junto a su casa, bajo una lluvia torrencial y empapado de pies a cabeza. Cuando paró el vehículo, corrí hacia él y me introduje apresuradamente en su interior.

— ¿Pero qué coño estás haciendo aquí a estas horas? —me preguntó sorprendido.

— Vámonos… —le contesté mientras me escurría con las manos las gotas de luvia de la cara—, ahora te cuento.

— ¿Pero ha pasado algo?

— ¡Sigue, por favor! —lo último que quería era que algún vecino madrugador viera el coche parado en mitad de la calle con los faros encendidos y dos tipos en su interior.

Reiniciamos la marcha, y cuando circulábamos por un paraje oscuro de las afueras, antes de salir a la autovía que llevaba a Madrid, le dije que detuviera el coche. Tuve que insistir, porque él no paraba de preguntarme por el motivo de mi insólita aparición. Cuando finalmente el automóvil quedó parado en el margen del camino, y sin darle tiempo a reaccionar, le golpee fuertemente en la cabeza con una pequeña barra de hierro que saqué del bolsillo de mi abrigo. No se lo esperaba, por lo cual me resultó fácil hacerlo. Se desplomó sin sentido sobre el volante y yo, trabajosamente, lo traspasé al asiento del copiloto. Ocupé el lugar del conductor y dirigí el coche hacia la carretera que lleva a Hoyo de Manzanares. En una de las curvas que serpentea entre los rocosos barrancos de aquella difícil carretera, paré el automóvil, volví a colocar el cuerpo de mi amigo en el asiento del conductor y después empujé el vehículo en punto muerto, despeñándolo varias decenas de metros hacia el fondo. El coche, en su caída, fue golpeando las enormes rocas de la pendiente, una tras otra, como una bola de pinball a punto de hacer partida, perdiendo por el camino restos de carrocería y cristales rotos, hasta que finalmente quedó parado y medio oculto entre los matorrales del barranco. El rumor de la lluvia amortiguó el eco de los golpes, y el agua resbalando por el terreno desdibujó los rastros.

Caminé bajo el aguacero siguiendo el borde de la carretera unos trescientos metros, hasta la entrada de un camino sin asfaltar, donde previamente había ocultado mi coche. Conduje con él hasta las inmediaciones de la urbanización donde mi víctima me había recogido y de entre unos setos recuperé la bicicleta plegable con la que una hora antes había hecho el trayecto desde el camino en el que había dejado mi coche. Metí la bicicleta en el maletero y como todas las mañanas, me dirigí hacia el trabajo. Justifiqué mis ropas mojadas asegurando que había sufrido un pinchazo y había tenido que cambiar la rueda bajo la lluvia.

A media mañana recibí una llamada de la mujer de mi amigo. Pese a que éramos amantes, ella nunca había dejado de querer a su marido. Me preguntó si lo había visto esa mañana, porque no le cogía el teléfono y estaba preocupada. Yo le respondí que no se había presentado todavía en el despacho y que ignoraba el motivo. Intenté tranquilizarla diciéndole que tal vez se había entretenido con alguna gestión de la empresa.

A media tarde me volvió a llamar. Dijo que seguía sin tener noticias de él y yo fingí preocupación al escucharla. Le respondí que yo también le había estado llamando (cosa que realmente hice para que mis llamadas quedasen registradas en su móvil por si la policía lo recuperaba), y que tampoco había recibido contestación. Quedé con ella y la acompañé a presentar denuncia en la Guardia Civil.

El coche con el cadáver apareció tres días después. Estaba semioculto entre la vegetación del barranco y cubierto en gran parte por el barro que las lluvias torrenciales de esos días habían arrastrado ladera abajo.

Hubo una investigación del suceso, pero no se pudo deducir otra causa que no fuera la de un desgraciado accidente. Se suscitó la pregunta de por qué mi amigo había realizado aquella mañana ese trayecto por aquella apartada carretera, pero no se encontró ninguna respuesta satisfactoria y no se le dio más importancia. La autopsia no reveló tampoco nada anómalo. El cuerpo había recibido tantos traumatismos severos, que mi golpe había quedado camuflado como otro más de ellos. Finalmente el caso fue archivado y catalogado como un vulgar accidente de circulación.

Salir indemne de este episodio, hizo que la arrogancia creciera en mi interior y acabara por imbuir en mi mente una idea de impunidad que a todas luces era artificiosa. Poco a poco se fue abriendo en mi mente la idea de que el asesinato, como solución a los obstáculos que se me interpusieran en el camino, era una alternativa a tener en cuenta.

Comencé a idear un plan para matar a mi esposa. Hacía tiempo que no nos soportábamos, y el asesinato era más barato que el divorcio. Descubrí que se me daba bien trazar planes criminales. Me servía incluso como disciplina de relajación. Era para esto para lo que había nacido. Decidí que cuando acabara con mi mujer me dedicaría, por lo menos un par de veces al año, a buscar una victima desconocida y tramar su muerte. Me inspiré en la vida de los grandes Psicópatas de la historia reciente: Ted Bundy, el asesino del Zodiaco, John Wayne Gacy… por supuesto Jack el Destripador.

Pero mi naturaleza física no me permitió desarrollar esta faceta recién adquirida de mi personalidad. Una tarde, antes de cometer mi segundo asesinato, cuando sacaba a pasear a mi pastor alemán por un parque cercano a casa, sentí un fuerte dolor en el pecho que comenzó a irradiar hacia el brazo izquierdo y el mentón. Me doblé por la cintura y me hinqué de rodillas en el suelo agarrándome la ropa con los dedos crispados a la altura del corazón. Una sensación de inmensa fatalidad se apoderó de mí y supe que estaba viviendo mis últimos momentos de existencia. Una niebla negra fue cubriendo mis ojos y finalmente me desplomé al suelo sin fuerzas. Mientras perdía la consciencia, notaba en la cara los viscosos lametones de mi perro.

2.

No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente.

Cuando finalmente volví a mi ser, abrí los ojos y observé que me encontraba sumergido en una bañera rebosante de agua espumosa, en un cuarto de baño desconocido para mí. Esparcida por el suelo, en cuidadoso desorden, habían sido arrojadas varias prendas de ropa femenina, entre las que destacaban por su llamativo color rojo, un tanga y un sujetador de generosas copas.

En ese primer momento no fui consciente de la naturaleza de mi cuerpo. No podía realizar movimiento alguno y el único estímulo sensorial que me llegaba era el del agua caliente que me cubría hasta la barbilla. Por más que intentaba hacer memoria, no recordaba como había llegado a ese lugar.

Una inquietante melodía instrumental, sencilla y ominosa, sonaba desde un lugar indeterminado de la casa e impregnaba el ambiente de una opresiva sensación de desasosiego.

Poco a poco fui siendo consciente del cuerpo que habitaba. Comencé a sentir los brazos y las piernas, pero no las percibía como plenamente mías. Se movían ajenas a mi voluntad, con movimientos lentos y voluptuosos. Al mirarme las manos, me di cuenta de que no eran mis manos. Eran delgadas, de dedos finos y elegantes, con uñas delicadas pintadas de un rojo vivo y brillante.

Pensé que todo aquello debía ser una pesadilla producto de la falta de oxígeno en el cerebro tras el desvanecimiento que había sufrido.

Intenté ponerme en pie, pero mi cuerpo no obedeció y permaneció lánguidamente tumbado en la bañera. Las manos enjabonaban el cuello y los hombros con una esponja chorreante. Mi piel era tersa y suave, y por lo que alcanzaba a ver, estaba perfectamente bronceada. En su tarea de limpieza, mis dedos alcanzaron mi pecho… o mejor debería decir mis pechos. Dos generosos pechos femeninos.

Si hubiera tenido control sobre mis movimientos, habría dado un brinco en la bañera. La lógica me lo negaba a gritos, pero las evidencias eran aplastantes: habitaba un cuerpo femenino.

Intenté llevar mis manos a la entrepierna para salir de dudas, pero de nuevo se negaron a obedecerme y continuaron con su turbadora actividad de enjabonamiento. Todo mi cuerpo se movía bajo los dictados de otra mente.

En ese momento llegó a mis oídos, a través de la puerta entornada, un ruido súbito e inquietante. Se trataba de un golpe seco seguido del estruendo de una puerta al cerrarse violentamente en algún lugar de la casa.

— ¿Quien hay ahí? —dije sin querer decirlo, con una voz chillona, casi infantil— ¿Eres tú, Bobby?

Nadie contestó, pero no me extrañó, porque todo era irreal. Ignoraba quién demonios era Bobby. No conocía a nadie con un nombre tan ridículo.

Volvió a escucharse un fuerte golpe y la inquietante música que provenía de dios sabe donde, redobló su intensidad y tensión, haciendo aumentar mi inquietud.

— Bobby, si esto es una broma, no tiene ninguna gracia —volví a pronunciar involuntariamente.

Me levanté de la bañera como un muñeco de guiñol dirigido por unas gigantescas manos ocultas. Un charquito de agua se formó bajo mis pies al pisar el suelo. Cogí una toalla ridículamente pequeña que apenas daba para taparme las vergüenzas y me la enrollé alrededor del cuerpo. El espejo sobre el lavabo se encontraba empañado y sobre el vaho de su superficie habían sido trazadas varias palabras en inglés:

You´re next

Mi garganta soltó un artificioso gritito. Con la mano borré las palabras, y la imagen de mi rostro me devolvió la mirada desde el espejo. Era el de una chica espectacularmente hermosa, de pelo largo y rubio, ojos azules y labios carnosos, con un gracioso lunar en la mejilla derecha.

Como no tenia poder sobre mis movimientos, me dejé llevar. Mi nuevo cuerpo caminó hasta la puerta y salió a un largo pasillo en penumbra.

A mi izquierda unas escaleras bajaban a un inmenso salón, a mi derecha y al fondo del pasillo se observaba la puerta entornada de una habitación iluminada con una luz rojiza que se vio interrumpida por el paso de una sombra en su interior.

— Bobby, sé que eres tú. Déjate de tonterías. Me estás asustando.

Me dirigí hacia la habitación acompañado de esa extraña música que se hacia más angustiosa a cada paso que daba. Mis manos abrieron temblorosas la puerta. Se trataba de una habitación típica de adolescente americana: paredes color pastel decoradas con banderines de instituto, un par de pompones de animadora de futbol americano, una orla de fin de curso con la leyenda “Santa Mira High School 2019”, una bandera de las barras y estrellas, un mapa del estado de California, una gran foto enmarcada con la imagen de la chica en la cual me había transformado, vestida de animadora y con una placa metálica en su parte inferior que testificaba: “Marie Louise Thompson, Winner 2018 Cheerleader Championship”. Sobre la foto alguien había escrito unas palabras con pintalabios. “You´re next”, otra vez. Debíamos estar en la festividad de Halloween, porque sobre la cómoda de la habitación descansaba una gran calabaza de ojos y nariz triangulares y boca desdentada en cuyo interior refulgía con luz rojiza una bombilla vacilante que simulaba una vela.

— Bobby… ¿Estás aquí?

La habitación estaba aparentemente vacía. Cogí un bate de baseball de un rincón y agachándome, levanté los faldones de la cama y miré bajo ella. No había nadie.

De pronto un cuchicheo incomprensible pronunciado a media voz me hizo levantar la mirada. Parecía haber venido del interior del armario. Me acerqué vacilante a él, con el bate en alto.

— Bobby, sal de ahí, esto ya no tiene gracia.

Poco a poco fui abriendo la puerta del armario.

Un repentino golpe de percusión en la maldita música que no cesaba me hizo dar un salto hacia atrás asustada al tiempo que soltaba un agudo grito de terror.

Del interior del armario salió violentamente una figura enorme, vestida con un mono gris, la cara cubierta con una máscara blanca de facciones inexpresivas con salpicaduras rojas y un enorme cuchillo de carnicero goteando sangre en la mano derecha.

Yo le lancé un golpe de bate que le dio en el hombro y le hizo perder el equilibrio al tropezar con la cama. Arrojé absurdamente el bate al suelo quedándome si protección y salí corriendo de la habitación.

Miré atrás. Aquel tipo se había incorporado y con el cuchillo en alto caminaba a grandes zancadas hacia mí. Atravesé el pasillo y al intentar bajar las escaleras hacia el salón, perdí el equilibrio y caí golpeándome con los escalones hasta llegar abajo.

Miré hacia arriba. Mi perseguidor se encontraba ya bajando las escaleras con una tranquilidad aterradora. Intenté levantarme, pero me había torcido un tobillo y no podía caminar. Me arrastré hasta la cocina y al entrar en ella me topé con la cabeza decapitada de un joven que, aunque no lo había visto nunca, supe que se trataba de Bobby.

Lancé un grito de desesperación y me giré justo para ver como mi perseguidor había llegado junto a mi.

— Has sido una chica mala, Marie Lou —susurró en mi oído con voz ronca mientras me sujetaba la cabeza agarrándome del pelo.

Yo intenté debatirme para soltarme de su presa, pero él, de un golpe certero, clavó el inmenso cuchillo en mi sien.

La vista se me nubló con un fulgor rojo.

Después, la nada.

3.

De esta forma morí por segunda vez.

En la primera ocasión fue por un infarto mientras sacaba al perro en un parque de Las Rozas, en Madrid. En la segunda, habitando el cuerpo de una chica explosiva a manos de un psicópata enmascarado en la noche de Halloween en una casa de un barrio residencial de Santa Mira, en California. La tercera vez…

La tercera y las siguientes cien mil veces que morí, lo hice de la misma forma que en la segunda ocasión, con la cabeza destrozada por un cuchillo de carnicero, en una sucesión de tiempo que se repetía segundo a segundo, una vez tras otra, siempre en el mismo orden y sin margen para la más mínima variación.

Las primeras cien veces todavía tenía intacta la esperanza de poder cambiar el curso de los acontecimientos. Intentaba modificar algún gesto, algún pequeño detalle en el desarrollo de mis movimientos, pero nunca pude conseguirlo. Desde el principio hasta el final la vivencia era siempre la misma, instante por instante. Todo estaba preescrito, como si hubiera sido caligrafiado con un cincel sobre una roca y no hubiera forma de enmendarlo. Siempre comenzaba con mi cuerpo sumergido en la bañera y acababa cruelmente asesinada en la cocina, frente a la cabeza cortada del tal Bobby.

Pese a la continua repetición de mi muerte, esta nunca ha llegado a hacerse rutinaria. El sufrimiento ha sido en cada una de ellas insoportable, agudizado por la falta de perspectiva de que esta horrible situación pueda algún día terminar. El dolor físico es siempre atroz y el tormento psicológico inabarcable.

Durante miles de repeticiones, me abandoné a la desesperación y asumí mi destino. Después, un día, mis sentidos captaron algo en lo que no había reparado con anterioridad. Fue un leve susurro claramente humano de incierta procedencia. A partir de esa ocasión, cada vez que me despertaba en la bañera, agudizaba mi oído para intentar escuchar ese murmullo de nuevo. Tuvieron que sucederse muchas repeticiones sucesivas para que mi oído adquiriera la habilidad de oír los ecos lejanos. De esta forma, me llegaron otros sonidos; pero nunca se trataba de los mismos. En una ocasión fue un grito de sobresalto cuando el asesino salía sorpresivamente del armario blandiendo en alto su cuchillo, otra vez se trató de una tos persistente que fue acallada por un siseo de protesta. Había veces que captaba vocalizaciones estructuradas, casi siempre fragmentos de palabras sueltas en idiomas extranjeros, aunque una vez me pareció escuchar en castellano la palabra “idiota”. Con la practica, mis sentidos se diversificaron. En una memorable ocasión, mi olfato pudo captar el agradable olor de las palomitas recién hechas. La caza de estos estímulos se constituyó en el único aliciente de mi torturada existencia.

Con el tiempo y el acopio de información que de esta forma fui recopilando, me hice una idea bastante certera del origen de mi tortura. Puede que se antoje fantasiosa, pero a esta alturas ninguna otra explicación tiene mayor sentido.

Porque lo cierto es que me encuentro cautivo en la escena miles de veces reproducida de una película. Una estúpida película americana de terror para adolescentes, cargada de tópicos: la chica sola en casa, desnuda y tomando un baño en la noche de Halloween mientras el psicópata enmascarado invade la casa, la decoración idealizada de la habitación de la chica, la mil veces repetida escena del asesino escondido en el armario, la huida desesperada de la víctima mientras el homicida la persigue sin inmutarse y sin prisa, el tobillo torcido en la huida que imposibilita a la víctima, el hallazgo de la cabeza decapitada del novio, la forma cruel y salvaje de morir… ¡Por Dios, si hasta para los nombres el guionista fue previsible! ¡Bobby y Marie Lou! Y qué decir de la música tenebrosa que acompaña a cada uno de los movimientos de la rubia en la que me he convertido, enfatizando cada momento de tensión o sobresalto.

Cada vez que en algún lugar se reproduce la película, yo experimento la escena en la que la chica es asesinada como si fuera real. En ocasiones he sufrido el episodio confusamente duplicado o incluso multiplicado, porque la cinta era proyectada simultáneamente en varios lugares.

La película ha debido de tener cierto éxito, porque calculo que hasta el momento el número de reproducciones rondará según mis cálculos las cien mil. Creo que la cinta ha dejado ya las proyecciones en los cines y se encuentra disponible para consumo doméstico, porque el círculo de voces que me llegan es muchísimo más reducido que antes. Albergo la esperanza de que la película caiga pronto en el olvido y quede descatalogada. Con suerte, llegará un momento en que todas las copias queden destruidas.

Este es mi particular purgatorio. Esta es mi forma de pagar las cuentas pendientes de mi vida anterior. Maldita la mañana lluviosa en la que maté a mi amigo. Por el precio que estoy pagando, bien podía haberle hecho sufrir un poco más.


El Peregrino de Casiopea - Las cien mil muertes de Leandro Estulte

Cáceres, 7 de agosto de 2020


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