El sheriff del Condado de Arizona


A principios de los años setenta, el auténtico y legendario sheriff del Condado de Arizona patrullaba las violentas praderas del salvaje oeste español.


La mañana entró en la habitación perezosamente, primero anunciada por el canto de un gallo en la lejanía, después por la tenue claridad del alba acariciando las cortinas de la ventana y finalmente con un primer rayo de sol proyectándose insolente sobre el techo del dormitorio.

Pedrito salió de su sopor con esa misma tranquilidad. Tras unos minutos de indolente modorra, bostezó ruidosamente, se estiró en la cama hasta que le crujieron los huesos de la espalda y finalmente arrojó las sábanas hacia atrás con las piernas y se incorporó en la cama de un salto. Se enfundó su pantalón vaquero, su camisa de cuadros preferida y sus botas camperas. Cogió la estrella plateada que descansaba sobre la mesilla de noche y se la colocó en el pecho; al hacerlo se pinchó en un dedo con el imperdible, pero no se permitió un solo quejido, si acaso tan solo una ligera mueca de dolor. Aquella era una bonita estrella de cinco puntas circunscrita en un óvalo también plateado, con la inscripción de los Rangers de Texas en relieve dorado, y eso representaba un problema, porque él realmente no era un ranger de Texas, él era el mismísimo sheriff del Condado de Arizona. Había gente que no distinguía la diferencia entre un ranger y un sheriff. Semanas atrás, había buscado en vano una estrella de sheriff en el mercadillo nocturno de las fiestas patronales, pero solamente había podido encontrar aquella insignia de los Rangers de Texas.

Como cada mañana, sacó del interior del armario el cinturón con canana y pistolera y el revólver con cachas de plástico nacarado y se lo ajustó a la cintura. Buscó después en el cajón del escritorio la caja de cartón con las dos últimas ruedas de pistones; tendría que comprar más el próximo domingo en el kiosco de Fermín. Sacó de la funda el revólver y articulando la pestaña de apertura lo municionó con una de las ruedas de pistones, guardándose la otra en un bolsillo del pantalón. Cogió de la percha de la pared el sombrero de cowboy y se lo puso sobre su encrespado pelo negro. Afortunadamente, el sombrero tenía en la parte frontal una estrella dorada, esta vez sí, de sheriff; de esta forma quedaba enmendada la confusión que podía crear la insignia que llevaba en el pecho.

Preparado ya para iniciar el día, salió del dormitorio y se dirigió a la cocina, donde su madre le tenía preparado el Cola-Cao con galletas de cada mañana.

— Vamos, Pedrito —le regañó su madre cuando lo vio aparecer por el pasillo—, que no tengo todo el día para ti. Y te he dicho mil veces que te quites ese sombrero cuando te sientes a la mesa.

A Pedrito, aunque ya se había acostumbrado, no le gustaba demasiado que le llamasen Pedrito, porque él ya no era pequeño; tenía veintiocho años, medía cerca de un metro ochenta y pesaba más de noventa y cinco kilos. Pero aún así, en su cabeza, seguía siendo un niño. Porque Pedrito era especial. De pequeño había muerto y después había resucitado, “como Jesucristo”, decía muchas veces su madre. Hacía veinte años, una calurosa tarde de julio, cuando tenía tan solo ocho, acudió con sus amigos al remanso del río que pasa junto al pueblo, y en una zambullida temeraria, se había golpeado en la cabeza con una piedra. Quedó aturdido y su cuerpo olvidó que debajo del agua no se puede respirar. Los pulmones se le llenaron de agua y los sesos se le vaciaron de oxígeno. Al principio sus amigos creían que estaba bromeando, pero cuando se dieron cuenta de que la cosa iba en serio, porque nunca le habían visto hacer el muerto tan bien, se zambulleron en su ayuda y consiguieron sacarle del río y llevarlo a la orilla, pero ya no respiraba. Estuvo muerto cerca de diez minutos, hasta que la señorita Milagros, la enfermera del pueblo, que había ido aquella tarde al río con su novio a darse un baño, hizo honor a su nombre y consiguió devolverle a la vida, nadie sabe muy bien cómo. Desde entonces, su mente había quedado anclada para siempre en esos ocho años de edad, y en su eterna niñez su fantasía, tras dos décadas de ininterrumpida experiencia infantil, había alcanzado el grado de la excelencia. Podía argumentar ante cualquier persona que intentase rebatírselo, que él era el auténtico sheriff del Condado de Arizona. Daba igual si su contertulio trataba de explicarle que no estaban en Arizona, sino en Extremadura, o que Arizona no era un condado, sino un estado grandísimo de Norteamérica. ¡Palabras vanas! Nada en el mundo podía sacarle de su convencimiento. ¡Él era el auténtico sheriff del Condado de Arizona!

Aquel accidente, del que no recordaba nada y cuya única referencia que de él tenía eran los lamentos de su madre cada vez que lo recordaba, le había dejado, además de su perpetua inocencia, también secuelas físicas: una tartamudez persistente, un fastidioso tic en la parte derecha del rostro que le hacia guiñar el ojo y fruncir involuntariamente los labios y una merma en el uso de la mano derecha. Por eso, su madre le tenía que ayudar a afeitarse dos o tres veces por semana, porque cuando lo hacía él solo, siempre acababa cortándose con la maquinilla.

Su amor por el western era legado de su padre. Desde las brumas de sus primeros recuerdos acudían a su cabeza las imágenes de su padre leyendo aquellas novelitas de coloridas portadas que evocaban un salvaje Oeste de leyenda, de pistoleros malcarados, indios con pinturas de guerra y soldados de caballería con uniforme azul. La primera vez que se sentó ante una pantalla fue para ver una película de vaqueros con sus padres en el cine de verano. En sus retinas quedó grabada para siempre la imagen de John Wayne sacando con chulería el Winchester de la funda de la montura de su caballo para repeler un ataque de los comanches. Desde esa noche, veía con avidez cualquier película del Oeste que emitieran por televisión. Fue por tanto natural que finalmente decidiera dedicar su vida a la defensa de la Ley como sheriff del condado.

Cuando terminó su desayuno, fue a la cochera a buscar su bicicleta BH y salió con ella por la puerta falsa. Para él, la bicicleta era su montura, un hermoso caballo negro llamado Relámpago, brioso y robusto, con una mancha blanca en la frente. Desde que se la regalaron, diez años atrás, salía con ella todas las mañanas para patrullar las calles del pueblo.

Pedaleó calle arriba hacia la plaza de la iglesia. Era una mañana de primavera cálida y luminosa, de cielo azul, flores de geranios en los balcones y vuelos rasantes de golondrinas. Llegó a tiempo de ver partir casi vacía la viajera, el autobús de línea de los martes. Allí, desafortunadamente, no llegaban las impresionantes diligencias de la Wells Fargo que había visto tantas veces en las películas, con sus tiros de cuatro caballos exhaustos, su conductor sucio de polvo y masticando tabaco y los fardos del equipaje erizados por las flechas de los siux. También echaba en falta en el pueblo un gran saloon con puertas batientes donde los pistoleros jugaran al póker y resolvieran sus pendencias a tiros; lo más parecido era el bar de la cooperativa, donde los hombres del pueblo echaban por las tardes la partida de dominó y alguna vez, al calor del vino, se organizaba alguna trifulca por causa de lindes.

Al pasar su ronda frente al cuartelillo de la Guardia Civil, Pedrito tocó el timbre de la bicicleta, que en su fantasía sonó como el imponente relincho de su imaginaria montura. El guardia que fumaba junto a la puerta le devolvió el saludo con un movimiento de mano y una sonrisa. Se llevaba bien con los federales de verde. Eran sus colegas. Tenían jurisdicción incluso en la otra orilla del río grande y en las amplias llanuras del este, más allá de donde él nunca había llegado, y en muchas ocasiones había contemplado admirado cómo se saludaban entre sí con un gesto militar, como lo hacían los soldados de caballería de Fort Apache.

En su patrullar por las afueras del pueblo, pasó frente al colegio. Los niños estaban en su media hora de recreo y jugaban ruidosamente en el patio. Cuando le vieron aparecer por la cuesta del parque, un grupo de ellos se arremolinó junto a la verja y comenzaron a llamarle a gritos.

— ¡Pedrito, Pedrote, tonto del bote!

Pedrito no se acostumbraba a las burlas de los niños, era lo que más le dolía en el mundo. Las personas mayores se sonreían al verle, algunas veces cuchicheaban por lo bajo y él sabía que no le tomaban en serio, pero los niños eran crueles, se reían abiertamente de él y algunos hasta le tiraban piedras; por eso siempre que podía los evitaba. Siempre procuraba pasar por esa zona después del recreo, pero aquella mañana se había adelantado y llegó antes de que sonara el timbre. Los gritos arreciaron cuando pasó a pocos metros del patio del colegio. Pedaleó todo lo rápido que pudo, espoleó angustiado su montura, hasta que la algarabía de los niños quedó finalmente ahogada en la distancia.

Se paró para retomar el aliento junto a la casa abandonada del guarda de canales, en la pista asfaltada que llevaba al embalse y poco a poco fue recuperando la calma.

El colegio evocaba en su mente dispersa sentimientos encontrados. Por un lado recordaba aquellos días felices de su verdadera infancia, antes de su muerte y resurrección, cuando era un niño más, alegre e indolente, que jugaba con sus amigos en el patio de la escuela. Pero por otro, representaba el inicio de los tiempos difíciles, cuando después de muchos meses de convalecencia, no repuesto del todo, porque lo suyo no tenía arreglo, pero sí lo suficientemente mejorado, sus padres, por consejo de don Rufino, director del colegio y teniente de alcalde del pueblo, decidieron devolverle a las clases. Pero ya nada fue igual que antes. La tartamudez, las muecas que los tics descontrolados dibujaban en su rostro y la falta de pericia que su mano tonta le causaba en los juegos, provocaban las burlas de sus compañeros. El dolor que le producía el rechazo lo convirtió en un ser solitario e introvertido, hasta que finalmente sus padres, de nuevo aconsejados por don Rufino, le sacaron del colegio. Con el paso del tiempo, constataron que mientras sus amigos transitaban alegres por el camino hacia la madurez, él se quedaba solitario en la cuneta. Desde entonces vivía en una eterna y solitaria infancia, soportando eventualmente la crueldad de sus propios amigos, y de los hermanos pequeños de sus amigos y de los hijos de sus antiguos amigos. Veinte años evitando a los niños y buscando refugio en su mundo, particular e idealizado, de las películas de vaqueros.

Recogió la bicicleta del suelo, montó de nuevo en su caballo, y continuó la patrulla. Bordeó los enormes silos de la cooperativa, dejó atrás los muros de la conservera de vegetales, pasó junto a los secaderos de tabaco que flanqueaban la carretera de salida del pueblo y finalmente, su ronda lo condujo por el camino del canal de riego, hasta la parcela de los Berrinche.

Paco Berrinche era un parcelero modesto que tenía una hija llamada Adela, de la misma edad que Pedrito. Ambos se conocieron en el parvulario y allí trabaron una amistad especial. Siempre habían jugado juntos y los padres de ambos, amigos de toda la vida, bromeaban continuamente sobre el futuro noviazgo de sus hijos. Esta broma permeabilizó la mente de los niños y una tarde de verano, cuando ambos tenían seis años, formalizaron entre juegos su relación con un intercambio de regalos. Él le obsequió su canica más valiosa y ella le correspondió con un collar de flores. Vivieron de esta forma su inocente idilio prematuro hasta que el desgraciado accidente del río los separó. Ahora ella era una mujer hecha y derecha que hacía tiempo había olvidado aquella etapa, pero Pedrito, que aún vivía su interminable infancia, añoraba esos días de risas y juegos, los más felices que alcanzaba a recordar. Adela no era exactamente guapa, era resultona, muchos dirían que una chica del montón, pero para él era la chica más hermosa del universo. Pese a que su mente era la de un niño, había aprendido a albergar hacia Adela un amor sublime e idealizado, su primer, su único amor. Algunas noches, cuando no conseguía conciliar el sueño, pensaba en ella y su cuerpo intuía incomprensibles placeres para los que nadie le había preparado y que resolvía torpemente dejándose guiar por su instinto.

Para Pedrito, la parcela del tío Berrinche no era una simple parcela de regadío a un par de kilómetros del pueblo, era un fabuloso rancho en mitad de la pradera, expuesto a mil peligros. Por eso, aunque también por ver a Adela, todos los días dedicaba unos minutos de su patrulla a vigilarlo.

Aquella mañana le extrañó observar un destartalado Renault 4 de color azul aparcado al borde del camino, junto a la casa de la parcela. Nunca había visto aquel coche por el pueblo, y su instinto de hombre de la ley le puso en alerta. El Simca 1200 del tío Berrinche no estaba en su lugar habitual, bajo el tejadillo del zaguán, por lo que intuyó que debía haber salido a hacer algún recado al pueblo. Y si el tío Berrinche no estaba en casa… ¿qué hacía allí aquel coche azul?

De pronto escucho un grito pidiendo auxilio. Reconoció la voz enseguida: era la de Adela, y procedía del interior de la casa.

Apresuró su pedaleo, clavó las espuelas en los flancos de Relámpago, el timbre de la bicicleta relinchó para anunciar su llegada. Desmontó de un salto cuando su caballo todavía estaba en movimiento, hasta que las ruedas de la bici chocaron con el paragolpes trasero del Renault 4. Desenfundó su revolver y corrió hacia la puerta de la casa, que estaba abierta de par en par.

Dentro de ella, Adela se debatía prisionera en las manos de un hombre desconocido que, con los pantalones medio bajados, le había rasgado la blusa e intentaba subirle la falda por encima de la entrepierna.

— ¡Quie…quie…quieto a…ahí, forastero! —gritó Pedrito levantando su revolver hacia el desconocido— ¡De…déjala en…en p…paz!

El hombre se quedó paralizado. Apartó la vista de Adela y miró a Pedrito.

— ¿Y tú quién coño eres? —Preguntó malcarado el bandido.

Adela aprovechó la distracción para escapar de su presa y correr hacia la puerta abierta. El hombre intentó alcanzarla lanzándole un mandoble con su puño, pero no acertó. Pedrito apretó compulsivamente el gatillo de su revolver. El tambor giraba y los pistones estallaban con cada golpe de martillo.

Quiso la fortuna que en ese momento el hombre, trabado por sus pantalones medio bajados, tropezara con el mango de una escoba y diera con su cabeza de bruces contra el suelo. El extraño quedó aturdido, desplomado y sangrando por la nariz rota. Pedrito cogió una cuerda que encontró en la alacena de la cocina, saltó sobre él y lo ató como había visto hacer en las películas a los vaqueros con los terneros.

Escuchó entonces el motor de un coche aproximándose por el camino. Se asomó y vio el Simca 1200 del tío Berrinche acercándose a la casa. Adela corría a su encuentro con un brazo en alto y el otro sujetándose la blusa rota. El tío Berrinche y su mujer, que venían de hacer compras en el pueblo, se bajaron del coche y cruzaron unas rápidas palabras con su hija. El padre cogió una vara de castaño que siempre llevaba en el Simca por si las moscas y corrió con ella en alto hacia Pedrito, pero Adela lo detuvo y le advirtió que el verdadero atacante era el que aún se encontraba dentro de la casa.

El padre cruzó hecho una furia la puerta, y mientras Pedrito recogía del suelo su bicicleta, escuchó en el interior de la casa la vara del tío Berrinche silbar y golpear, silbar y golpear, silbar y golpear un cuerpo blando que apenas tenía aliento para quejarse, y a Pedrito le vino a la cabeza el sonido de su madre y su abuela vareando la lana de los colchones para airearla en primavera.

Cuando media hora después llegaron los federales en su Land Rover verde y el tío Berrinche les contó lo ocurrido, el sargento de la Guardia Civil se acercó a él, le saludó como hacían los soldados de Fort Apache y después le dio una palmada en la espalda.

— Enhorabuena valiente, te has portado como un campeón.

Y mientras el bandido era introducido esposado en el Land Rover, Adela se acercó a él y tras darle un abrazo le besó en la mejilla.

— Gracias por todo, Pedrito —le dijo obsequiándole una radiante sonrisa.

Y Pedrito se sintió levitar. En ese momento fue el ser más dichoso del planeta. Había detenido a un peligroso forajido, el sargento de los federales le había felicitado y sobre todo, por encima de todo, Adela le había besado. ¿Qué más podía pedir a la vida?

Mañana o pasado mañana, los chicos del pueblo volverían a reírse de él, pero no le importaba, porque hoy había salvado a su amada, hoy había demostrado ante todo el mundo que él era el verdadero, el auténtico sheriff del Condado de Arizona.


El Peregrino de Casiopea - El sheriff del Condado de Arizona
Gary Cooper en «Solo ante el peligro» (1952)

Cáceres, 25 de abril de 2021


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