El vendedor de sueños


Una fábula tejida con los hilos del realismo mágico, ambientada en la España en blanco y negro de principios de los años sesenta.


1.

El vendedor de sueños llegó al pequeño pueblecito en la mañana de un áspero día de invierno, de cielo cubierto de nubes grises que a ratos escurrían frágiles rayos de sol y aire frío que arrancaba vapor del aliento. Conducía su descuidada furgoneta Volkswagen azul de segunda mano, anunciando su mercancía a través de un megáfono instalado en el techo del vehículo.

— ¡El vendedor de sueños ha llegado a su localidad! ¡Se venden sueños de amor, de valentía, de salud, de riqueza, de pasión! ¡Por muy poco dinero usted podrá disfrutar esta noche del mejor de los sueños! ¡No deje de aprovechar la ocasión! ¡El vendedor de sueños ha llegado a su localidad!

Vendía los sueños en pequeños frasquitos de cristal que contenían una extraña esencia que había que inhalar cinco minutos antes de irse a la cama.

Dependiendo de la categoría del sueño, los frascos variaban de un color a otro. Los que contenían sueños de amor en todas sus variantes eran de suaves tonalidades magenta, los de salud y bienestar eran verdes, los de riqueza y abundancia de color dorado, los de pasión estaban comprendidos en una escala que oscilaba entre el rojo sanguíneo y el purpura más vivo, los de aventura eran del color ocre del desierto, los simbólicos y espirituales lucían en la gama de los azules y violetas. Todos ellos habían pasado por el tamiz de la censura, pero también los tenía de color negro con sueños de lujuria sexual, blancos con ensoñaciones ideológicas o políticas y de tonalidades grises con pesadillas terroríficas, pero todos estos los tenía apartados, escondidos en una cajita, debajo de los asientos de la furgoneta, y solo se los ofrecía a aquellos clientes de extremada confianza, pues este tipo de ensoñaciones estaban prohibidas, y siendo el único vendedor de sueños con licencia en la provincia, no podía arriesgarse a perderla vendiéndoselos a cualquiera.

Estacionó la furgoneta en la plaza del pueblo, entre la fachada del ayuntamiento y la parada del autobús de línea, en el mismo lugar en el que los lunes se colocaba el mielero y los jueves el quesero. Armó la mesa plegable de madera y colocó sobre ella los muestrarios de frasquitos, con pequeños carteles indicando las propiedades de cada uno de ellos.

Nadie conocía la edad del vendedor de sueños, por eso todo el mundo, incluso el alcalde y el sargento de la Guardia Civil, lo trataba de usted, a pesar de su aparente juventud. Los más viejos del pueblo aseguraban que lo conocían desde mucho tiempo atrás, cuando recién terminada la guerra civil, en lugar de acudir en la Volkswagen, lo hacía en un pequeño carro tirado por una mula negra, y que desde entonces su aspecto físico no había cambiado en absoluto; pero la mayoría de la gente consideraba que aquel vendedor de antaño no podía ser el mismo que el actual; la opinión más generalizada era que ambos debían ser familiares, padre e hijo seguramente.

El origen de las esencias oníricas era también motivo de debate entre los habitantes del lugar. Unos decían que venían de Estados Unidos y que el vendedor de sueños las conseguía a través de un marinero norteamericano destinado en la base de Rota; don Erpidio, sargento mutilado del cuerpo de regulares que hizo su campaña militar en África, aventuraba un origen más exótico y aseguraba que procedían de un manantial secreto en una jungla cercana a las fuentes del Nilo; otros decían que lo traía de contrabando desde Portugal, de un balneario de aguas termales próximo a la frontera con Extremadura; don Ubaldo el maestro, sentenciaba con rotundidad que esas esencias sólo podían haber sido sintetizadas en los laboratorios de la farmacéutica Bayer en la Alemania Occidental.

El vendedor de sueños solamente se permitía descansar un par de semanas al año, siempre en verano, porque en agosto, con la apertura de los cines de verano, la demanda de sueños descendía radicalmente. La magia tecnicolor de la pantalla atravesaba la barrera de la noche e imprimía su fantasía en las ensoñaciones de la gente.

No había terminado de montar su puesto cuando empezaron a acudir los primeros vecinos del pueblo. Hacía ya más de un mes desde su última visita y la gente estaba necesitada de noches agradables.

Uno de los más madrugadores fue el alcalde. Buscaba un sueño de autoridad y poder. Anhelaba más que nada en este mundo ostentar el cargo de Gobernador Civil de la provincia, y para ello, intentaba hacerse visible en cada una de las reuniones anuales con el responsable provincial del Movimiento al que acudían todos los ediles, pero siempre pasaba inadvertido. El que tiene padrino se bautiza, decía el dicho, y lo que se dice padrino, él no lo tenía; tan solo contaba con un cuñado despegado, funcionario de rango medio en el Ministerio de la Gobernación en Madrid.

También acudió temprano doña Gertrudis, la más beata de las mujeres del pueblo, de alma opaca y severa, de ángelus al mediodía y luto riguroso por Semana Santa, solterona por convicción y sufriente por devoción. Se acercó de lado al puesto, como si caminase en otra dirección y con el mentón elevado por la severidad, pidió un sueño más místico que piadoso.

Desde la puerta de la iglesia, Don Régulo, el párroco, siempre hostil a la actividad del vendedor de sueños, observaba ceñudo el ir y venir de los vecinos hacia el puesto del comerciante. Movía de un lado a otro la cabeza contrariado y lanzaba miradas furibundas a los compradores que se aventuraban a pasar próximos a donde él se encontraba. Especial irritación le causó observar a doña Gertrudis, su parroquiana más devota, caer en la tentación de aquel taimado charlatán. Tiempo tendría de idear una severa penitencia que imponerle el próximo sábado en su confesión semanal.

El sargento de la Guardia Civil se presentó a media mañana, con las trinchas del correaje impecables y el tricornio arrancando destellos a un fugaz rayo de sol que asomó oportunamente  entre las nubes del encapotado cielo y compró un sueño de valor y honor que guardó de inmediato en un bolsillo de su guerrera; después se atusó el encanecido bigote, saludó formalmente al vendedor de sueños y se marchó circunspecto camino del cuartelillo.

Soledad, la ya no tan joven pero todavía bonita bibliotecaria y chica para todo del consistorio, se acercó al puesto en su media hora de descanso. Intentó disimular un gesto de contrariedad cuando observó en las proximidades al señor Gómez, el empleado de la caja de ahorros, con el que últimamente coincidía en todas partes. Lo saludó con tibia educación e inmediatamente se olvidó de él y se concentró en los frasquitos de colores del tenderete. Recién estrenados sus treinta años, seguía esperando a ese príncipe azul, guapo y adinerado, que la sacaría de aquel pueblo apartado y la llevaría a vivir a la capital. Lectora empedernida de los grandes romances decimonónicos, no tardó mucho en decidirse por una esencia onírica de seducción galante.

El señor Gómez (nadie conocía su nombre de pila) era el director, cajero, contable y único empleado de la sucursal de la Caja Provincial de Ahorros. Cuarentón, soltero, terriblemente tímido y enamorado en secreto de Soledad, visitaba todos los viernes la biblioteca con el único propósito de verla. Se llevaba cada semana, para impresionarla, un par de libros, cuanto más gruesos mejor, que luego devolvía sin leer, porque él era más de las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía o de Silver Kane que vendían en el estanco. Cerró un momento la sucursal y acudió a la llamada del vendedor de sueños. Vio llegar a su amada desde la otra punta de la plaza y se aturulló tanto que se puso a remolonear como pollo sin cabeza alrededor del puesto, tanteando las monedas que llevaba en el bolsillo de su abrigo. El contacto del dinero le ayudó a tranquilizarse y pronto se puso a calcular el descalabro que causarían a su ajustada economía las siete pesetas que pensaba gastarse en el frasquito que iba a comprar. Finalmente se concedió, no sin gran dolor, este dispendio y adquirió un sueño de conquista amorosa.

Lola, la prostituta del pueblo, de ojos lánguidos, labios pintados y escote obsequioso a pesar del frío, de voz dulce, cuerpo experimentado y corazón transparente, pidió un sueño de romántica pasión que pagó con dos billetes de cinco pesetas cuidadosamente plegados que extrajo de debajo del tirante izquierdo de su sujetador. El vendedor de sueños, a pesar de ser un hombre de mundo acostumbrado a tratar con todo tipo de personas, sintió un estremecimiento de inefable lujuria cuando sus manos rozaron los dedos de Lola al devolverle las tres pesetas del cambio.

Valentín, parcelero de la quinta Valdeolivares, padre de familia numerosa siempre al borde de la miseria, maltratado por años de malas cosechas, se acercó con la gorra en la mano y ojos humildes envejecidos prematuramente por los surcos de la preocupación.

— ¿Y esto da resultado, compadre? —preguntó.

— ¡Claro que sí! —respondió el vendedor de sueños— ¿Quiere probar?

— No, mecagoenlaleche, no tengo dinero. Tengo en casa siete bocas que alimentar.

El comerciante buscó entre la colección de frasquitos y se decidió por uno del color dorado de la miel que contenía un sueño de abundancia y se lo puso en sus ásperas manos de agricultor.

— Tome, llévese este y ya me lo pagará cuando recoja la cosecha —y como vio que el pobre hombre dudaba, insistió—. ¡que sí, hombre, hágame caso! Me lo paga con un saquito de trigo para mis palomas la próxima vez que venga.

Don Sebastián el farmacéutico, cincuentón, racionalista y mal casado, se presentó con aires de suficiencia, enarcando una ceja en un gesto de escepticismo, y con falsa displicencia contempló en silencio, durante un par de minutos, el muestrario del tenderete; finalmente, recalcando que tan solo lo hacía por curiosidad, pues no creía en estas paparruchas, pidió un sueño de reminiscencias de juventud.

A mediodía, cuando las campanas de la iglesia tocaban al ángelus, acudió Marcela, con su vestido gris y su pesado bolso de la compra cargado con patatas, cebollas y unos pichones para la comida del domingo. Marcela era la madre abnegada de dos hijos mellizos de doce años, uno de los cuales, Luisito, había quedado tullido en una silla de ruedas a principios del verano pasado después de caerse de la rama de un olivar al que se había encaramado para coger los polluelos de un nido de jilgueros. Acudió al puesto buscando algo que le procurase una pizca de consuelo, y el vendedor de sueños le dio un frasco verde con sueños de salud y bienestar.

Poco a poco, uno tras otro, fueron pasando casi todos los habitantes adultos del pueblo, hasta que ya pasadas las dos de la tarde, el vendedor de sueños recogió sus esencias oníricas y las guardó perfectamente empaquetadas en la parte trasera de su Volkswagen.

Cuando ya se disponía a arrancar la furgoneta, vio acercarse al cartero en su bicicleta, con su uniforme azul y su cartera rebosante de correspondencia, haciéndole señas con la mano.

— ¿Tengo carta por un casual? —preguntó el vendedor de sueños.

— No es por usté, es por mí que vengo.

— Pues usté dirá.

— Verá, tengo un problema muy grande. Como podrá comprobar, soy el cartero. Reparto cartas no solo a la gente del pueblo, sino también a los que viven en las fincas de los alrededores. Muchos de ellos no saben leer, así que me toca a mi leérselas. No se puede ni imaginar la de historias de las que soy testigo por ello. Comunico nacimientos, muertes, abandonos y rupturas, declaraciones de amor, discusiones familiares por míseras herencias, citaciones judiciales, participo noticias de familiares lejanos, doy buenas y malas noticias… Y cuando llego a casa, todas esas vidas ajenas continúan rondando mi cabeza. Para mi desgracia soy un hombre con mucha imaginación y mis noches están llenas de sueños, tan rebosantes de ellos, que me despierto todas las mañanas extenuado. Ansío con fervor tener una noche en blanco, no soñar con nada.

— Tengo algo que tal vez le ayude —respondió el vendedor de sueños, y sin bajarse de la furgoneta hurgó en un maletín que tenía junto a él y sacó un frasco que contenía una esencia transparente—. Este es el frasco del sueño del olvido, pruébelo y ya me dirá lo que sea la próxima vez que venga.

Cuando el cartero se tanteaba los bolsillos buscando dinero con qué pagarle, el vendedor de sueños le hizo un gesto negativo.

— No se preocupe, es un producto de reciente lanzamiento y todavía no pensaba ponerlo a la venta, pero considérelo como un obsequio de promoción para un nuevo cliente.

2.

Aquella noche, el alcalde soñó que ocupaba su ansiado sillón de Gobernador Civil de la provincia y firmaba decretos a diestro y siniestro.

La beata doña Gertrudis soñó que era arrebatada hacia el cielo acompañada por una corte de angelitos regordetes como los de las pinturas de Rubens que había contemplado tantas veces en las estampas de su catecismo.

El sargento de la Guardia Civil soñó que detenía él solo a una peligrosa banda de extorsionadores y era condecorado por ello en el patio de armas de la Comandancia por el Generalísimo en persona.

Doña Soledad, la bibliotecaria y empleada del ayuntamiento, soñó con que era cortejada por los hijos casaderos de los grandes terratenientes de la región en una fiesta de gala en el inmenso salón de baile del palacio de la Diputación Provincial.

El tímido señor gómez, se soñó a sí mismo vestido como un Don Juan, paseando por las calles del pueblo en un lujoso coche de caballos, acompañado de su amada Soledad, toda sonrisas y palabras cariñosas y luciendo para él un regio vestido digno de las películas “Sissi Emperatriz” o “¿Dónde vas Alfonso XII?”.

Lola, la triste prostituta, soñó con Gary Cooper, su amor imposible, uniformado con la casaca azul de la legión francesa, como en el cartel de la película Beau Geste que colgaba de la pared de su modesta habitación, y la rescataba del harén donde el malvado jeque de la morería de Argel la tenía secuestrada.

Valentín, el parcelero, soñó con una cosecha de trigo inmensa, que crecía de nuevo vertiginosamente según la iba segando, y que llenaba él solo los silos de la cooperativa del pueblo.

Don Sebastián, el boticario, soñó que revivía su juventud, sus años de universitario, cuando estudiaba farmacéutica en la universidad de la capital y se emborrachaba con sus amigos y cortejaba a las mozas en el parque.

Marcela, la madre desconsolada, soñó que su hijo Luisito corría calle arriba y calle abajo jugando con su hermano y con los demás niños del pueblo y volvía a casa al atardecer, cargado de polluelos de jilguero que alimentaría con pasta de galleta desmenuzada y huevo cocido.

Y el cartero, por fin, tuvo una noche de paz y soñó con la nada, con una llanura cubierta de blanquísima nieve hasta donde alcanzaba la vista, en la tundra de las tierras del olvido.


El vendedor de sueños

Cáceres, 8 de enero de 2021


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