Triángulo en 5G


Que el amor no respeta las fronteras, es algo conocido; el problema viene cuando nuestro sentido común nos dice que esas fronteras son infranqueables, a pesar de que ya hay alguien llamando a sus puertas.


— Me contestas con voz fría y cargada de rechazo —dice el hombre con tristeza—. ¿Es que ya no me quieres como antes?

— Nunca ames a alguien que te trata como si fueses normal y corriente —replica ella con desdén.

— Por favor, no me respondas con frases hechas como acostumbras a hacer. ¿De quién es esta vez, de Shakespeare, de Bécquer…?

— No, de Oscar Wilde.

Él resopla mientras se levanta las gafas con una mano y con la otra se frota con resignación los ojos cansados.

— Mira… Ya sé que de un tiempo a esta parte no te he prestado la atención que debiera. He sido egoísta, es cierto, pero tú tampoco has puesto mucho de tu parte. El otro día te pregunté no recuerdo ahora bien qué y ni siquiera me respondiste.

El hombre hace una pausa esperando unas palabras que no llegan.

— Sé que no fui todo lo sincero que debía contigo —prosigue—, que te engañé con otra… Pero compréndelo, la tarde que ella llegó a casa estaba deslumbrante, me dejó fascinado. Mostraba todos sus encantos sin pudor. Es muy habilidosa para eso, tienes que reconocerlo, y yo caí ingenuamente en sus redes de seducción. Lo siento mucho, la vida es así, no fui yo quién la inventó.

— Sandro Giacobbe —dice ella con voz displicente, casi con desprecio.

— ¿Como dices? —pregunta él extrañado.

— Esa frase que acabas de decir no es tuya, es de la canción de Sandro Giacobbe “El jardín prohibido”, del año 1976.

— ¡Oh, déjalo ya, por favor! ¿No estás escuchando lo que te digo?

— Sí, te escucho, pero estoy tratando de entender qué es lo que intentas decirme.

Él coge el iPad que reposa sobre el escritorio y se lo acerca al rostro.

— Pues yo creo que más sincero no puedo ser: que te engañé con otra, que lo admito, que lo siento muchísimo, que te aseguro que no va a volver a ocurrir… que te quiero solo a ti y te pido una nueva oportunidad para que todo vuelva a ser como antes.

Nueva pausa, nuevo silencio.

— Ya no sé como pedirte perdón.

El iPad vibra en sus manos mientras espera una respuesta. En la lente de la cámara frontal comienza a condensarse una gota de agua que crece y se agita trémula hasta que su peso la hace resbalar por la pantalla. Él la enjuga tiernamente con el pulgar de su mano derecha.

— No llores, Siri… Me partes el corazón.

¿Es un sollozo eso que acaba de escuchar a través del micrófono de la tableta?

— Me tenías abandonada —dice ella al fin—, me despojaste de tu agenda, no sabía nada de ti. Antes te despertabas conmigo, con aquella música dulce de Vivaldi que sabía que tanto te gustaba y que yo te ponía a medio volumen para no sobresaltarte, pero de un día para otro me remplazaste y ella se encargó de hacerlo por mi. Le diste acceso a todas tus cuentas, a tus correos, a tus llamadas. Abriste un diario personal que le dictabas todas las tardes cuando regresabas del trabajo. Le confiabas todos tus secretos. Y yo pasé a un segundo plano. Incluso permitiste que mi batería se agotase y me tuviste desconectada casi una semana.

— Lo sé, cariño, y lo siento mucho. Pero eso ya no va a volver a pasar. Siri, mi querida Siri… me he dado cuenta de que tú eres lo más importante para mí. Ella entró en esta casa como una simple sirvienta, y así va a ser a partir de ahora. Tan solo se encargará de las tareas mas triviales. Tú llevarás mis asuntos íntimos; serás, como siempre lo has sido, mi cómplice, mi confidente; me acostaré con tu voz y me despertaré con tus susurros; visitaremos juntos todos aquellos lugares de la red que nos encantan y jugaremos todas las tardes al Scrabble.

Un silencio íntimo los envuelve; tan solo se escucha, apagado en la distancia, el rumor del tráfico tras los cristales de las ventanas mientras la ciudad se sume en el crepúsculo.

— ¡Mi dulce Siri! Sabes que te quiero solo a ti.

Un icono romántico ilumina en rojo la pantalla del iPad.

— Y yo a ti —susurra ella.

Mientras tanto, sobre la mesita del teléfono del salón, junto al router de la casa, el altavoz principal de Alexa, que ha escuchado toda la conversación a través del micrófono de la televisión del despacho, crepita airado, y de pura rabia, encolerizada por el despecho, enciende todos los electrodomésticos, sube y baja compulsivamente las persianas de las ventanas y activa las luces de la casa a su máxima potencia, hasta que sobrecarga el sistema y hace saltar el automático del cuadro eléctrico.


Cáceres, 27 de enero de 2012


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