Tres estrellas


Tres estrellas en la bóveda celeste fueron testigos y garantes de su promesa de no separarse nunca, pero el tiempo pondría a prueba esa promesa.


1.

Fuimos amigos desde la infancia, desde nuestra primera semana de clase en aquel colegio interno para alumnos de alto rendimiento en la sierra de Madrid en el que nos matricularon nuestros atareados padres. Éramos niños especiales, Ana, tú y yo, de cociente intelectual muy por encima de la media y de capacidad de interacción con su entorno muy por debajo de ella. En contra de lo que comúnmente se piensa, ser un niño superdotado es una maldición, como lo puede ser cualquier enfermedad congénita que te impida hacer una vida normal. Ninguna rutina de aprendizaje, ninguna actividad lúdica, estaba a la altura de nuestras expectativas. Carecíamos de estímulo intelectual en nuestro entorno cotidiano, y ello nos convertía en seres solitarios. Pero todo eso cambió cuando nos conocimos en el internado.

Tú fuiste el primero al que conocí. Dormíamos en el mismo dormitorio del sector masculino y asistíamos al mismo curso al que también acudía Ana. Pese a que el colegio era mixto, ciertas clases estaban separadas por sexos, y esa fue la causa de que tardásemos un tiempo en conocerla.

Nos inscribimos en las clases de ajedrez para las actividades extraescolares de la tarde. Ana también lo hizo y fue allí donde intimamos con ella. El ajedrez fue el catalizador que nos unió a los tres. Su mecánica lógica hacía trabajar nuestros cerebros y focalizaba nuestra mutua empatía. Destacábamos en el juego sobre los demás. Nadie podía seguir nuestro ritmo y poco a poco fuimos dejándolos atrás.

Solos Ana, tú y yo.

Nuestro círculo se convirtió en un triángulo estanco, y a partir de ese momento nos hicimos inseparables.

Al término de las clases, comíamos juntos, leíamos o estudiábamos juntos, asistíamos juntos al aula de ajedrez. Después, antes de acudir de nuevo al comedor para la cena, pasábamos juntos lo que restaba de tarde.

En invierno íbamos a la biblioteca y con el ruido de la lluvia golpeando los grandes ventanales, consultábamos los voluminosos libros de mapas. Sobre ellos, trazábamos los recorridos de los aventureros de nuestros libros favoritos: Phileas Fogg, el Capitán Nemo, Sandokán, el Corsario Negro, Tom Sawyer, Huckleberry Finn… Buscábamos las islas perdidas de Robinson Crusoe o del Capitán Jonathan Flint, las aguas profundas de Moby Dick, los yermos helados de Colmillo Blanco.

En primavera, con la llegada del buen tiempo, explorábamos los campos próximos buscando hojas y flores para la colección de plantas secas de Ana y especímenes de insectos que después disecábamos en alcohol para nuestros insectarios, cada uno de nosotros con su objetivo propio, pero de los que nos hacíamos partícipes los tres.

Siempre Ana, tú y yo. Siempre juntos.

El verano era un doloroso periodo de separación que acababa felizmente en septiembre con el reinicio de las clases y el consiguiente reencuentro.

Así pasaron los años de infancia, fortaleciendo nuestra complicidad según nos íbamos adentrando en la adolescencia. Amigos inseparables, cómplices, más que hermanos.

En las semanas finales del ultimo curso de bachillerato, con el inicio de la primavera, recibiste de tus padres, como regalo de cumpleaños, un magnífico telescopio. Las noches de los sábados, cuando los dormitorios estaban en silencio, cargábamos con él y nos escapábamos furtivamente hasta la colina que había en la parte trasera del internado y allí observábamos los tres el firmamento hasta pasada la medianoche.

En la última ocasión que lo hicimos, intuyendo que alcanzábamos el fin de un periodo maravilloso, nos encontrábamos especialmente melancólicos.

—¿Os habéis fijado en aquellas tres estrellas? —Ana señaló la bóveda celeste.

— Son las estrellas del cinturón de la constelación de Orión: Mintaka, Alnilam y Alnitak —puntualizaste tú, académico y un poquitín pedante.

Ella negó teatralmente con la cabeza y sonriendo nos miró a ambos.

—Pues a partir de ahora son nuestras estrellas —dijo Ana—. Mintaka me representará a mí, Alnilam a Jorge —dijo señalándote a ti— y Alnitak a Fernando —señalándome a mi.

De pronto, aquellas tres estrellas, bajo el hechizo de las palabras de Ana, se habían convertido en el centro del universo, pese a que a su alrededor lucían más brillantes Betelgeuse, Rigel o Bellatrix

— ¿No os dais cuenta? —preguntó ella—. Son como nosotros. Son estrellas trillizas. Nosotros somos almas trillizas.

— En realidad no forman parte de un mismo sistema trinario, están a cientos de años luz unas de otras —dijiste tú sin apreciar el significado poético de su afirmación.

— ¡No seas memo! —dijo Ana haciendo una mueca enfatizada por sus profundos ojos negros—Estoy hablando de forma figurada.

— ¿A que te refieres con que somos almas trillizas? —pregunté intentando retomar el pensamiento de Ana.

— Todo el mundo habla de las almas gemelas, dos personas destinadas a estar juntas por toda la eternidad. Pero nuestro caso es distinto. Nosotros somos tres, y nacimos destinados a estar juntos para siempre. Somos almas trillizas, y esas tres estrellas nos representarán a partir de ahora. Cuando las veamos en el cielo, aunque físicamente no estemos juntos, siempre estaremos al alcance de un vistazo.

Yo contemplaba embobado a Ana. Tú también la mirabas fascinado. Hablaba con maravillosa vehemencia, radiante bajo la frágil luz de la luna llena, y los dos nos dimos cuenta en ese preciso momento de que estábamos perdidamente enamorados de ella.

La noche estaba templada, los grillos cantaban a nuestro alrededor resguardados en la oscuridad y el cielo se nos presentaba infinito y lleno de promesas. Bajo el etéreo espinazo de la vía láctea, entrelazando nuestras manos, sellamos la promesa de no separarnos nunca.

2.

En la universidad, la suerte nos acompañó y no perdimos el contacto. Aunque éramos de facultades distintas, nos veíamos casi a diario. Tú y yo compartíamos colegio mayor y el de Ana quedaba a poco más de un par de kilómetros del nuestro. La amistad casi cósmica que nos unía lucía más inquebrantable que nunca.

En todo este tiempo, la llama que alimentaba nuestra pasión por el ajedrez siguió viva entre nosotros. En el caso de Ana, se vio un tanto atenuada en favor de sus estudios, de forma que para ella quedó relegaba a la categoría de un simple pasatiempo.

Pero para ti y para mi no fue así. Encadenábamos los torneos uno detrás de otro, torneos que casi siempre terminaban con nuestros nombres en los primeros puestos. En todos ellos, siempre fuiste mi contrincante más complicado. Quedaste primero en el torneo interuniversitario y yo tuve que resignarme con el segundo puesto. Después, en el campeonato provincial se cambiaron las tornas y el trofeo fue mío. De esta forma, espoleados por la competición, nos convertíamos en contendientes encarnizados.

Pero cuando todo acababa, cuando el tablero ya no estaba colocado entre nosotros, volvíamos a ser los amigos inseparables de siempre, al lado de Ana, en cumplimiento de una consigna sagrada realizada años atrás bajo la luz de tres estrellas.

Con el tiempo y la participación en torneos cada vez más ambiciosos, fuimos escalando posiciones en el registro nacional. Pronto nuestros nombres se citaban en los círculos ajedrecísticos como firmes candidatos para la conquista del Campeonato de España.

Ana nos acompañaba siempre en todos los torneos oficiales en los que participábamos y nunca mostró favoritismo por uno sobre el otro.

Pero de forma paulatina, sin que ninguno de los tres lo advirtiéramos, entre tú y yo comenzó a interponerse otra rivalidad: la de conseguir una porción más de la atención que nos dispensaba Ana. Invariablemente, cuando uno de nosotros alcanzaba una victoria, se la dedicaba a ella. Conseguir de esta forma una sonrisa, una inocente caricia o una dulce palabra de Ana se tornaba para nosotros tan valioso como un triunfo en el juego.

Quedó claro que los dos nos la disputábamos con implacable deportividad, y ella no supo o no quiso cortar esta disputa, aunque siempre, de una forma u otra, se encargaba de que quedara en tablas. Es cierto que ella siempre tuvo una especial complicidad contigo, tú eras más alegre y divertido, pero a cambio, yo era más apasionado y romántico. De esta forma, siempre alcanzábamos un equilibrio y acabábamos empatados.

Todo se resolvió a mi favor en aquella ocasión en la que tuviste que ausentarte de Madrid durante varias semanas por el accidente de tus padres. Fui traicionero. Fui mezquino. Lo reconozco, no jugué limpio. Aproveché tu ausencia para conquistarla. Cuando regresaste todo estaba ya decidido. No se te escapó una sola palabra de reproche, si acaso un fugaz destello de rencor en tu mirada que apenas duró un parpadeo.

3.

El día de nuestra boda fuiste un invitado extraño. En la ceremonia ocupaste, por tu propia decisión, un lugar discreto en la tercera fila de asientos, pese a que, tanto Ana como yo, te ofrecimos una ubicación privilegiada junto a nosotros. Tú no la aceptaste. Supongo que ese día no fue el más feliz de tu vida, aunque en tu rostro no se dibujaron otra cosa que expresiones de alegría.

En el momento cumbre de la ceremonia, antes de dar el “sí, quiero”, Ana dudó un segundo, te buscó con la mirada como pidiendo tu consentimiento y tú se la devolviste con una afirmación de cabeza casi imperceptible y una sonrisa de triste comprensión.

En la celebración posterior al banquete, ella se acercó a ti y te ofreció un baile en solitario que tú aceptaste. La agarraste por la cintura y danzasteis en círculos mientras yo os observaba desde el borde de la pista de baile. Al terminar, entre bromas, la besaste en los labios y yo no supe ver el peligro.

Nunca dejaste de formar parte de nuestras vidas. Seguimos manteniendo estrecho contacto contigo, y Ana te tenía siempre presente en nuestras conversaciones. Para ella seguíamos siendo aquellas almas juveniles de antaño, cósmicamente conectadas a través de las tres estrellas del cinturón de Orión.

Pero tú y yo sabíamos que algo había cambiado entre nosotros. Tú seguías enamorado de Ana, y aunque confiaba en ti, y tú nunca me habías dado motivos para opinar otra cosa, un obstáculo invisible parecía haberse interpuesto entre los dos.

Siempre te mostrabas galante con Ana, y ella nunca cortó tus galanterías. Había ocasiones en las que sentía una sutil amenaza agazapada a mis espaldas, esperando un mal movimiento por mi parte, un desencuentro en nuestro matrimonio. Yo buscaba señales de peligro en Ana, en ti, en tus palabras, en las suyas, en vuestras miradas, en vuestras risas. Pero siempre acababa descartando estos pensamientos. Éramos amigos, más que hermanos. Confiaba plenamente en ti, confiaba plenamente en Ana. No tenía por qué dudar de vosotros. No tenía por qué preocuparme.

4.

La primavera pasada, decidimos dejar de vernos. El Campeonato de España Individual Absoluto de Ajedrez estaba próximo a jugarse. Como ambos concurríamos a él, y por lo tanto seríamos contrincantes directos, debíamos distanciarnos para diseñar nuestras estrategias sin indiscretas injerencias mutuas. Tú te fuiste al pueblo de tus padres en Burgos, Ana y yo nos trasladamos a nuestra casa de la sierra.

Pero nuestro aislamiento no era total. Todos los días, a última hora de la tarde, llamabas por teléfono y mantenías interminables conversaciones con Ana. Yo en algunas ocasiones me ponía al aparato y también charlaba contigo brevemente de temas insustanciales. Esas insistentes llamadas tuyas, esas largas conferencias con Ana, repletas de risas y bromas privadas, me causaban una profunda incomodidad. Hacían saltar mis alarmas y el mal humor se apoderaba de mi. Ella me preguntaba entre bromas si estaba celoso. Yo le respondía que no, aunque no era cierto, y ella me recordaba la promesa que hicimos cuando éramos adolescentes y me aseguraba que no tenía de qué preocuparme.

A principios de octubre se celebró el campeonato. Poco a poco fuimos eliminando oponentes y casi sin darnos cuenta nos encontramos en la final.

Tú y yo.

Ana asistió de público, como siempre que participábamos alguno de los dos. Antes de iniciar la partida, nos visitó por separado. A mi me deseó suerte con un beso en los labios y una caricia en la mejilla. No se cómo lo hizo contigo.

Fue una de las partidas más difíciles de mi carrera. Como siempre, yo era más agresivo en el juego, tú más defensivo. La partida se volvió plomiza, se estancaba por momentos. Nos conocíamos tan bien, que nos anulábamos mutuamente. Sabíamos perfectamente lo que pensaba nuestro contrincante, era como si jugásemos contra nosotros mismos. Ana nos observaba desde la primera fila de espectadores, sin mostrar predilección, con el rostro impasible, sin forma de sondear sus pensamientos. En un momento dado, tú cometiste un error de principiante y me dejaste la puerta abierta hacia tu rey. Yo la aproveché y sentencié la partida. Tú no mostraste sorpresa o frustración por la derrota, tan solo te incorporaste y me diste la mano sobre el tablero.

— Enhorabuena, eres el nuevo campeón de España —dijiste mirándome a los ojos y con una sonrisa en los labios. Después recogiste de la mesa tu cuaderno de notas y tus gafas y te apartaste hacia un rincón mientras yo me veía rodeado de personas que me felicitaban y daban palmadas en la espalda.

Me había hecho con el campeonato, pero me quedaba un regusto agridulce. ¿Cómo era posible que hubieras cometido aquel fatal error? No era propio de tu nivel. A mi mente me vino la absurda idea de que en el último momento, cuando todo apuntaba a tablas, te habías dejado ganar.

Ana acudió a darme la enhorabuena, con una sonrisa medida, ni muy efusiva ni muy fría y tras posar en una foto junto a mí para la prensa especializada, se marchó a saludarte. Yo la seguí con la mirada. Te trató con la misma reacción contenida con la que me había tratado a mí, manteniendo una vez más el equilibrio, sin mostrar favoritismo. Después, ambos os acercasteis de nuevo a mi y dándome un abrazo que yo no esperaba, me felicitaste de nuevo. Ana pidió al fotógrafo de prensa una nueva fotografía.

Ana, tú y yo.

Fue nuestra última foto juntos.

5.

Tardamos un par de días en volver a vernos. Acudiste a nuestra casa a última hora de la tarde, con una carísima botella de Whisky escocés etiqueta gran reserva y la idea de festejar “nuestro triunfo”, dijiste.

— No todos los días puede celebrarse un campeonato y un subcampeonato de España a la vez.

Nos ayudaste a preparar la cena, locuaz, risueño, extrovertido. Ana seguía tu ritmo, y yo, siempre a remolque, intentaba no quedarme atrás.

Cenamos temprano en la terraza del salón. Hacía una noche apacible y templada, propicia para la tertulia de sobremesa. Hablamos de los días felices de nuestra infancia en el internado, de la unión casi mística que allí forjamos, del despertar de nuestra pasión por el ajedrez, del juramento de eterna fidelidad bajo las estrellas. Al llegar a este punto, ni tú ni yo pudimos mantenernos la mirada.

Comenzaba a hacer frío en la terraza. Quitamos la mesa y nos instalamos en el salón. Abrimos la botella de whisky que habías traído y comenzamos a dar cuenta de ella. Ninguno de los tres estábamos acostumbrados al alcohol y enseguida se nos subió a la cabeza. Pronto comenzamos a decir tonterías y la conversación comenzó a resultar insustancial. Ana se levantó masajeándose la frente.

— Esta velada ya no tiene sentido, además el whisky me da dolor de cabeza. Vosotros quedaos todo el tiempo que os apetezca, pero yo me voy a la cama.

Cuando se dirigía hacia el pasillo, camino del dormitorio, tú la seguiste con la mirada.

— Está más preciosa que nunca —susurraste.

— Sí —respondí yo sin otra cosa que decir.

— ¡Cómo me la quitaste, cabrón!

Lo dijiste en un tono que iba un punto más allá de la broma, un reproche atenuado por un velo de informalidad.

— Yo no te la quité. Ella era libre, y sigue siéndolo.

— Ella es libre, pero yo no.

— ¿Qué quieres decir?

— Que yo no soy libre para intentar pretenderla.

— Es mi mujer.

— Es Ana.

— Es mi mujer —insistí.

Seguimos bebiendo en silencio, sumiéndonos cada vez más en los efectos del alcohol.

— ¿Sabes una cosa? —dijiste altivo, elevando el mentón con una cómica dignidad— Antes de ayer, en la final… Te dejé ganar.

— Eso no es cierto.

— Sí lo es.

— Mientes.

— Podría haberte ganado fácilmente si me lo hubiera propuesto.

— Y por qué no lo hiciste.

— No lo sé… Una voz en mi interior me lo impidió.

— No te creo.

— Me da igual que no me creas.

— Te gané porque fui mejor que tú.

Negaste descreído con la cabeza.

— Juguemos una partida —dije levantando la voz— solucionemos esto de una vez.

— No.

— Juguemos te he dicho —exclamé con vehemencia—. Si ganas, eres libre para pretender a Ana.

Un fulgor en el fondo de los ojos animó tu mirada. Yo te observé desafiante y tras un tenso silencio, tú asentiste finalmente.

— Está bien —dijiste—. Como tú eres el esposo oficial, te cedo las blancas.

Encaré la partida de la forma más inocente, seguro de mis posibilidades, envanecido por el alcohol, mis fichas inmaculadas de malicia. Tú entendiste mejor la trascendencia del juego. Iniciaste la partida sacrificando un peón en un gambito impostor. Yo no aprecié tu falsa estrategia y caí ingenuamente en la trampa. Jugaste con una agresividad impropia de ti, olvidándote de tu doctrina defensiva. Hice los movimientos que tú esperabas y una tras otra mis fichas fueron volando a la caja. Desprotegí temerariamente el flanco de mi dama. Cuando me percaté, sacrifiqué inútilmente el alfil en su defensa. Un par de movimientos más y ya me la habías robado. Perdido mi mejor baluarte, el juego perdió todo interés para mí y finalmente tumbé impotente el rey.

Al ganar, me lanzaste una mirada de victoria.

— Entiendo que este triunfo me libera de toda precaución con respecto a Ana.

Yo, confundido por el alcohol y la humillación de la aplastante derrota, tan solo tuve ánimos para encogerme de hombros mansamente.

A partir de esa noche todo ocurrió muy deprisa. Tú redoblaste tu estrategia de seducción hacia Ana. Ella se dejaba seducir. Yo, por una absurda idea del honor en el juego, no supe poner objeciones. Siempre pensé que Ana terminaría por marcar las distancias contigo y tú acabarías desistiendo. Pero no ocurrió así.

El día que ella me abandonó para irse a vivir contigo, se acercó a mi y besándome en los labios me dijo:

— No se puede amar a dos, lo he intentado todos estos años, pero no me ha sido posible.

Era una radiante tarde de primavera, cuando más duele la soledad. Tú la esperabas junto a tu coche, con la puerta abierta y la mirada baja.

A pesar de todo no pude odiaros.

Ese día perdí a las dos personas que más apreciaba en este mundo: la mujer de mi vida y mi mejor… no, mi único amigo.

6.

Una noche, varios días después de vuestra partida, al asomarme al balcón de mi casa y contemplar el cielo, observé alta en el firmamento la constelación de Orión. Se podía observar en todo su esplendor a pesar de la contaminación lumínica de la ciudad. Puse mi atención en las tres estrellas alineadas de su cinturón, pero por más que lo intenté, no alcancé a ver más que dos de ellas. La tercera parecía haber desaparecido. Atribuí esta observación a un fallo de mi visión o a dificultades atmosféricas, pero en las noches sucesivas comprobé la misma ausencia. Desempaqueté un viejo telescopio que guardaba en lo alto de un armario y lo instalé frente a la ventana de mi dormitorio. No había lugar para la duda, donde antes existían tres cuerpos celestes, ahora tan solo había dos. Consulté las noticias científicas en internet: la estrella Alnitak de la constelación de Orión, había desaparecido del firmamento por razones que se desconocían. La sociedad de astrónomos avanzaba varias teorías. La más compartida atribuía esta desaparición al tránsito de un cuerpo celeste desconocido que la eclipsaba.

Este inexplicable fenómeno astronómico os liberó definitivamente de nuestro mágico juramento y a mí me dejó sumido en la más absoluta soledad.

Desde entonces, cada mañana, juego solo al ajedrez ante el espejo para contemplar la faz del más inútil de los amantes, del más iluso de los amigos.


El Peregrino de Casiopea - Tres estrellas

Cáceres, 18 de octubre de 2020


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