Esperanza renacida


Llegó una mañana en la que la tormenta amainó y el sol hizo florecer de nuevo la vida a sus pies.


Aquella mañana, sin esperarlo, se despertó arropada por una sensación de extraña placidez, y al asomarse a su interior, observó sorprendida cómo una rosa roja había florecido en el erial de blanquísima sal en el que las lágrimas habían convertido su alma. Semanas de desdicha le habían hecho olvidar la belleza de las flores, y al contemplar atónita aquel color intruso enraizado en el desolado paisaje, decidió romper por fin el alambre de espino que la confinaba en la amargura.

Mientras tomaba el primer café del día en la cocina, hurgó en su bolso y encontró arrugada en su interior la servilleta de papel que la tarde anterior le había entregado aquel impetuoso joven en la cafetería del hospital y con el que apenas había cruzado unas palabras. Alisó con su mano el papel sobre la mesa y cogiendo el teléfono, marcó los números que habían sido escritos en su superficie con firme trazo azul.

Al otro lado de la línea comenzaron a sonar los tonos de llamada. Mientras esperaba la respuesta, contempló su reflejo en el cristal de la ventana. Un oportuno rayo de sol iluminaba parcialmente aquel rostro que por fin se permitía una sonrisa.


El Peregrino de Casiopea - Esperanza renacida
El alma de la rosa – detalle (1903, John William Waterhouse)

Cáceres, 14 de marzo de 2021


Nota: Este microrrelato ha sido propiciado por el reto de escritura de marzo propuesto en El Blog de Lídia, y en el cual, desafortunadamente, no he podido participar porque no soy demasiado hábil controlando la extensión de mis escritos. Gracias aún así por haber servido de fuente de inspiración.


Otros microrrelatos: