Tarde de viernes


Aquella tarde de viernes de iniciación fabricaron recuerdos que les acompañarían el resto de sus vidas. 


Esta historia es una precuela del relato Tarde de sábado, que publiqué en este blog hace tiempo. Si no lo leíste en su día, ahora es el momento. Aunque cada uno puede leerse de forma independiente, ambos están íntimamente conectados, y se complementan, creo, a la perfección. Este que publico hoy, narra hechos que ocurrieron quince años antes que el anterior, en el inicio de la relación de ambos personajes. Espero que te guste.


Año 2005, provincia de Madrid

El autobús se detiene en la marquesina de la parada en una urbanización de clase adinerada de Boadilla del Monte, y de él baja Andrés. Al verlo, Sofía sonríe tímidamente y le hace una señal discreta con la mano. Él camina torpemente hasta ella con una sonrisa bobalicona impresa en el rostro.

— Hola… ¿Te has liado con los autobuses? —Pregunta Sofía.

— No… Bueno, un poco. He tenido que preguntar, porque había que hacer transbordo. Es muy lioso venir hasta aquí.

Tienen un momento de indecisión. Por un momento, no saben si besarse en los labios o en las mejillas. Sus narices chocan y ambos ríen nerviosos. Finalmente, se besan en los labios. Ambos tienen diecisiete años. Hace tres meses que se conocieron en una discoteca de Pacífico, y tan solo quince días que salen juntos los fines de semana.

— ¿Entonces estás libre esta noche? —Pregunta Andrés.

— Que sí, no te preocupes —contesta Sofía—, Le he dicho a mis padres que hoy duermo en casa de Olga, que tenemos que hacer un trabajo para el instituto.

Se miran a los ojos. Andrés no puede dejar de sonreír.

— ¿Pero de qué te ríes? —pregunta ella arrugando la nariz.

— No… de nada. Que estás muy guapa.

— ¡Qué tonto eres! ¿Y eso te hace gracia?

— Sí… No… No sé. Tú también te ríes.

— Porque me contagias, so bobo.

Pasean a la sombra de los árboles que los escoltan a lo largo de la acera. Son las cinco de la tarde de un viernes de principios de mayo. Hace calor y Sofía se quita su chaqueta de punto fino y se la anuda a la cintura. Lleva un polo Lacoste color flamingo, unos tejanos Levis y unas Converse All Star rosas; de su hombro cuelga una pequeña mochila Don Algodón de color lila pálido. Andrés viste una camiseta de manga corta azul marino, estampada con el escudo del Capitán América, un pantalón vaquero básico y unas zapatillas Nike desgastadas.

— ¿Y tus padres? —Pregunta Sofía— ¿Seguro que van a estar fuera toda la noche?

— Se fueron esta mañana al pueblo. No vuelven hasta el domingo. Tenemos la casa para nosotros solos.

— Ah… Bueno.

Él se para y la mira fijamente.

— ¿Qué pasa? —Pregunta— No se te ve muy convencida. Si quieres lo dejamos. Vamos al cine y después te acompaño a tu casa.

— No,no. Por mí sí… —Dice Sofía, y le devuelve una mirada interrogativa— Ahora, que si a ti te parece otra cosa…

— Sí, por mí también… Sí.

— ¿También, qué? ¿Sí, qué?

— Que sí, que sí… Que eso, que vamos a mi casa esta noche.

Ninguno de los dos puede disimular sus nervios.

— Parecemos dos memos —dice ella.

— Vamos, demos un paseo a ver si se nos quita la tontería.

Continúan caminando por el paseo arbolado. Se ha hecho entre ellos un incómodo silencio. Definitivamente, los dos están nerviosos.

— Mira lo que me han regalado mis padres por mi cumpleaños —dice Sofía para romper el hielo, sacando un teléfono móvil de su mochila—, es un Motorola RAZR V3.

— ¡Qué chulo! Qué suerte tienes… Yo me tengo que conformar con un Alcatel de mierda… Ahora, que el color… —Andrés hace una mueca de disgusto negando con la cabeza.

— Qué le pasa al color, es monísimo… rosa metalizado.

— Es rosa chicle —Saca la lengua como si fuese a vomitar.

— ¡Bah! —Exclama ella con desprecio— Además, es de aluminio anodizado.

— Y eso qué es.

— Yo qué sé… Pero es chulo —Sofía contempla encantada su teléfono antes de guardarlo de nuevo en la mochila—. Además, ha costado un pastón; creo que más de trescientos euros.

— Pues el mío no costó nada, fue de regalo por una promoción de Amena.

En su caminar, llegan junto a un puesto de helados.

— ¿Quieres un helado? —Pregunta Andrés

— Sí, un Magnum almendrado, si tienen.

Andrés se saca del bolsillo un billete de cinco euros arrugado y se acerca al kiosco.

— Deme un Magnum almendrado y un Frigodedo.

Andrés regresa junto a Sofía.

— Toma, tu Magnum.

—¡No me lo puedo creer! —exclama Sofía— ¡Te has pedido un Frigodedo!

— Sí. ¿Qué pasa? A mí me gusta.

— ¡Un Frigodedo! —Sofía se tapa la boca con una mano para reír, porque tiene un colmillo un poco torcido y le da vergüenza que se lo vea Andrés, aunque él ya sabe hace tiempo de su existencia y le da igual.

— No te rías de mí.

— Luego te compras unos gusanitos y unos caramelos de los Teletubies.

— Ja-ja, —replica Andrés arrugando la nariz— Qué graciosa eres. Venga, vamos a coger el autobús, a ver si así me dejas en paz.

— Un Frigodedo, pffff.

Cogen el autobús que los lleva a Aluche y allí hacen transbordo hacia Fuenlabrada, donde vive Andrés. Hacen todo el trayecto hablando despreocupadamente. Al bajarse, caminan por la calle hacia la casa de Andrés.

— Oye…¿has comprado cacharros? —Pregunta Sofía.

— ¿Cacharros? ¿Qué cacharros voy a comprar?

— Si, cacharros… ya sabes…

Sofía gesticula como si inflara un globo

— No sé.

— ¡Hijo, no te enteras! ¡Condones! ¿has comprado condones?

Una anciana que pasa a su lado se queda mirándolos con cara de estricta censura al oír las voces de Sofía. Andrés sonríe avergonzado.

— No, no, señora —dice a la anciana agitando sus manos en señal de negativa—, ha dicho cordones, señora, cor-do-nes, con R.

— Diga que no, señora —tercia Sofía dirigiéndose a la vieja—, he dicho COOOONNNNDONES, con N.

Andrés la coge del brazo y la arrastra unos metros, alejándola de la mujer. Sofía protesta.

— ¿Pero qué haces? —y luego, mirando de nuevo a la anciana— Menuda vieja entrometida. Qué le importará a ella si he dicho condones o cordones.

— Sofía, que esa es doña Herminia, la vecina de debajo de mi casa… ¡Es una chismosa! ¿Qué quieres, que le cuente mañana a todo el bloque que hemos follado?

— Qué pasa, yo no soy adivina —dice Sofía divertida—. Bueno, tienes los cordones… digo, los condones, sí o no.

— No… Habrá que comprarlos.

— Pues mira, allí hay una farmacia. Entra a cómprarlos.

— No, no puedo —dice Andrés bajando la mirada al suelo.

— No puedes… 

— No.

— ¿Y por qué?

— porque… Porque me da vergüenza.

— Que te da vergüenza.

— Sí, me da vergüenza, es la farmacia a la que va mi madre. Ahí me conocen.

— Bueno —dice resoplando Sofía—, dame el dinero, entro yo.

— ¿Seguro?

— Seguro. Dame el dinero.

— Solo tengo siete euros —dice Andrés—. ¿Cuánto cuestan?

— Pues no lo sé… no los compro todos los días. Tu dame esos siete euros, si hace falta yo pongo el resto.

— Vale, yo te espero ahí enfrente, en ese parquecillo.

— Sí, no sea que te vean con la traficante de condones.

Sofía entra en la farmacia y Andrés espera sentado en el respaldo de un banco. Cinco minutos después Sofía está de vuelta.

– Misión cumplida —dice sonriendo y mostrando en alto la bolsita de la farmacia—. Por cierto, a que no sabes quién estaba en la cola detrás de mí… tu vecina doña Herminia, y me ha visto comprar los condones.

— Joder, Sofía…

*          *          *

Diez minutos más tarde están ya en la casa de Andrés

— ¿Quieres una coca-cola… o algo? —pregunta Andrés

— No… ¿Donde está tu dormitorio?

— En esa puerta de ahí.

Ambos pasa a la habitación. Las estanterías están abarrotadas de cómics y de pequeñas figuritas de plástico de orcos, elfos, guerreros y duendes.

— Madre mía, menuda leonera —dice Sofía—, esto parece una cueva de Dragones y Mazmorras. Eres un poquitín friki tú, ¿no?

— ¿Yo?… No, ¿por qué lo dices?

— Está todo lleno de muñecos del Señor de los Anillos, o lo que sea.

— Son figuritas del WarHammer.

— Ah

— Es un juego táctico de fantasía.

— Ah

— ¿A que son chulas?

— ¡Son horribles!

— Las colecciono desde hace tiempo.

— Son feísimas.

— ¡Qué van a ser feas!

Se acerca a las estanterías y coge una de las más grandes.

— Mira, esta es una de mis preferidas. Es un Alto Elfo en un Dragón.

— Qué cosa más fea.

— La pinté yo mismo a mano. Bueno, todas las voy pintando yo, poco a poco.

— Son horrorosas.

— ¿Quieres dejar de decir que son horrorosas?

— Y aquella es particularmente fea. ¿De quién es? ¿Del señor de los infiernos apocalípticos de Nunca Jamás?

Dice Sofía señalando a una figura de unos quince centímetros que hay sobre el cabecero de la cama.

— Esa es de Lobezno, con su uniforme de “Días del futuro pasado”, un clásico. Y no es fea…

— No, no poco…

— Te estás cachondeando de mis cosas.

— Un poquitín —dice Sofía riendo— ¿Y todos esos cómics?

— Son de los X-Men. Tengo varias colecciones completas. ¿Te las enseño?

—Nop.

Sofía continúa pasando revista a la habitación, hasta que se acerca a una estantería y saca un libro de ella.

— ¡Esto es un libro de “Kika Súper Bruja”! ¡Lees libros de    Kika Súper Bruja!

— ¡Pero qué dices! —exclama Andrés quitándole el libro a Sofía de las manos– Es de cuando era pequeño, que me los compraban mis padres… ¡Bueno,! —dice molesto—¿Has terminado ya de registrar mi dormitorio?

— Sí, no te cabrees, es que soy muy curiosa, y además te estoy haciendo rabiar.

— Bueno.

— ¡Espera! ¿Y ese carpetón que tienes ahí?

— Eso son mis dibujos

— A ver, quiero verlos.

Andrés coge la carpeta y la abre.

— Pero no te cachondees de ellos

— Que no, lo juro, palabra de Wonder Woman.

En su interior hay muchos dibujos hechos a lápiz, algunos pasados a tinta con Rotring, otros coloreados con témpera o con acuarelas.

— ¡Qué bonitos! ¡Qué bien dibujas! ¿Son todos de guerreros y súper héroes?

— No, también hago paisajes… mira… Me gustaría mucho ser dibujante de cómics.

— ¿Ves…? Esto sí que es bonito.

Y Sofía se inclina sobre el y le besa en los labios. Se abrazan y caen rodando en la cama, comienzan a quitarse la ropa.

— Espera, ponte un cacharro — dice Sofía.

— ¿Un qué?

— ¡Un preservativo!¿Donde están?

— En la mesa del salón. Voy a por ellos.

Cuando Andrés regresa al dormitorio, Sofía ya está desnuda y tapada con las sábanas.

— Vaya prisa que te has dado.

— Me daba cosa que me vieras desnudándome.

— Vaya, y ahora tengo que hacerlo yo delante tuyo.

— Sip… Te voy a ver la colita por primera vez.

— Y yo a ti las tetitas.

Andrés se quita la ropa y se mete corriendo bajo las sábanas, junto a Sofía. Ambos se quedan tumbados mirando el techo, sin saber qué hacer. El momento de magia que les atrapó unos momentos antes parece haber escapado.

— Bueno… —dice Sofía.

— Sí… — contesta Andrés.

Indecisión.

— A ver, saca los condones —dice Sofía.

— Ah, sí.

Andrés coge la caja, la abre, saca un preservativo e intenta romper el precinto

— Esto no se abre.

Muerde el envoltorio para abrirlo y tira fuertemente de la parte rasgada

— ¡Hala! Mira que eres bruto, creo que lo has roto.

— ¿Seguro? Yo creo que no

Andrés lo saca del envoltorio y lo examina.

— Está como pringoso

— A ver… —dice Sofía tocándolo— ¡Anda, es verdad!

— pues yo creo que está bien…

— No lo sé, no me fío. Me parece que lo has picado aquí con los dientes al abrirlo.

— Yo creo que no… no veo nada.

— No, mejor coge otro.

Andrés saca otro de la caja y con más cuidado abre el envoltorio.

— Y esto… ¿Cómo se pone?

— Yo qué sé… mira las instrucciones.

Saca un folleto de la caja y estudia los dibujos que lo explican todo paso a paso.

— Pufff, cualquiera se aclara aquí.

Andrés coge el preservativo, lo desenrolla soplando e intenta ponérselo como si fuera un calcetín.

— A ver…—dice Sofía asomándose— déjame ver…

— Sí, hombre —dice él dándose la vuelta para que no le vea— Me estás poniendo nervioso.

— ¡Hijo, que tiquismiquis eres!

Andrés, de espaldas a Sofía, intenta en vano colocarse el preservativo.

— Esto es imposible, no se ajusta

— A ver, te lo pongo yo —dice ella.

— ¡No! —dice él escondiéndose más— ¡Déjame a mi!    Dame otro, que este se ha estropeado.

— Andrés, te vas a gastar todos…

Ella le alcanza un tercer condón.

— Creo que ya se cómo es… hay que ir desenrollándolo según te lo pones.

Una vez se lo ha colocado, el se da la vuelta. Sofía no puede contener la risa.

— Te estás riendo de mí

— No, es que estás muy gracioso con el cacharro puesto

— No te rías…

— Que no, tonto, ven aquí…

Retoman los besos y las caricias. El momento de pasión provoca vibraciones que hacen mover el cabecero de la cama.

— ¡Lobezno! —Exclama Andrés.

— ¿Eh? ¿Qué has dicho? ¿Has dicho Lobezno?

— Que se ha caído al suelo la figura de Lobezno.

— Bueno, ya la recogerás luego.

— No, espera…

 Andrés salta de la cama y recoge la figura del suelo.

— ¡Me cagüen la puta!

— ¿Qué ha pasado?

— La figura de Lobezno. Se ha roto

— Oh, vaya… Bueno, no pasa nada.

— ¡Cómo que no pasa nada!

— Pero si es una figura horrible.

— Sí, horrible… ¡Qué sabrás tú! Es de coleccionista, ¿sabes? Me costó un pastón en el ultimo Salón del Cómic de la Casa de Campo; los ahorros de seis meses.

— Ah… Pero bueno, se puede arreglar, ¿no?

— No lo sé. Se le ha roto la garra de la mano derecha… No encuentro los pedazos que faltan.

Sofía comienza a reír sin poder parar.

— De qué te ríes… A mí no me hace gracia.

— Es que estás muy gracioso así, desnudo, en el suelo, buscando debajo de la cama, con el culo en pompa.

— Joder, Sofía…

— Y encima con el cacharro puesto.

Andrés se pone en una postura más pudorosa.

— Podías ayudarme a buscarlos.

— Nop… Prefiero mirar como lo haces tú —dice Sofía tumbada en la cama, con los codos en el colchón y la barbilla apoyada en sus manos.

— ¡Aquí está! —exclama triunfante Andrés.

Coge el pedacito de plástico y lo examina cuidadosamente.

— Puede que tenga arreglo. A lo mejor con un poco de Loctite no se notará mucho.

— Me alegro… Bueno, Andrés…    ¿Vas a venir? ¿Me visto y qué?

— ¿Eh? ¡Ah, sí, perdona!

Deja la figura sobre el escritorio y retoman los abrazos y los arrumacos, los besos y las caricias inexpertas. Con indecisión, sin saber muy bien como hacerlo, se dejan llevar por el instinto y, por primera vez, traspasan la frontera de la pasión.

— Ha sido mi primera vez —dice Sofía.

— Ya… Ya me he dado cuenta. Creí que te había hecho daño… ¿te ha dolido?

— No… Bueno, un poco, pero de todas formas ha estado bien. ¿Se han manchado las sábanas?

— Un poco, no mucho —resopla él, pensando en lo que dirá su madre cuando lo vea.

— No te preocupes, luego lavamos la mancha como podamos.

Ella va al cuarto de baño y, mientras tanto, él se quita el preservativo y le hace un nudo. Después abre la ventana del dormitorio porque tiene calor. Cuando ella vuelve, unos minutos después, se acomodan abrazados y desnudos en la cama.

—¿También ha sido tu primera vez? —pregunta Sofía.

— No, qué va, qué va… Yo ya lo he hecho muchas veces antes.

— ¿Sí? —ella se incorpora sobre un codo para mirarle a los ojos— ¿Con quién?

— No sé… Por ahí, con chicas… Ya sabes….

— ¡Pero qué trolero eres! Si ni siquiera sabías como ponerte el condón.

— Es que esta es otra marca diferente

— Pero qué tonterías dices, si todas las marcas serán iguales.

— Bueno, da igual… Mira, ¿qué hago ahora con esto?

Andrés acerca bromeando el preservativo a la cara de Sofía, pero ella se aparta y le da un manotazo. El condón sale volando de las manos de Andrés, ejecuta una magistral parábola en el aire y finalmente cae por la ventana de la habitación hacia el patio interior del bloque.

— ¡Pero estás loca!

Andrés se asoma corriendo a la ventana. A continuación lo hace Sofía.

— ¿Pero qué pasa?

— Joder, Sofía… ¿Cómo que qué pasa? ¡Por qué lo has tirado por la ventana!

— Yo no lo he tirado… Has sido tú, que me lo has puesto delante de la cara.

— Era solo una broma.

Andrés se inclina un poco más sobre el alfeizar de la ventana para mirar abajo

— Ten cuidado, a ver si te vas a caer —dice ella.

— ¿Dónde crees que habrá caído? —pregunta Andrés preocupado

— ¿No es aquello que está colgando en ese tendedero?

— ¡Joder! Se ha quedado enganchado en el tendedero de Doña Erminia. ¿Y ahora qué hacemos?

— Pues que vas hacer, hijo… Callarte y no decir ni pío. Que averigüe de donde ha caído. Hay varios pisos por encima nuestro, puede ser de cualquiera.

— ¡Madre mía, qué vergüenza, como se entere de que hemos sido nosotros!

— No sé como se va a enterar… como no hagan una prueba de ADN al globito.

Y Sofía comienza a reírse sin control, escondiéndose en la habitación. Andrés la mira durante unos instantes y comienza a reírse también. Pasan casi cinco minutos y no pueden dejar de reír. 

En esto que suena el timbre de la casa.

— Hostia, han llamado al timbre.

— ¿No serán tus padres?

— No creo, ellos no llamarían.

— ¿Y doña Herminia? A lo mejor ha encontrado el condón y nos ha escuchado reír.

— Joder, Sofía.

La cara de Andrés palidece mientras se viste apresuradamente.

— Voy a ver por la mirilla, tú quédate aquí con la puerta cerrada y no hagas ruido.

— No, si te parece me pongo a tocar el tambor.

Sofía se queda sola en la habitación. Pega la oreja a la puerta. Escucha como Andrés abre la puerta de la calle; una mujer habla con él; oye cómo mantienen una conversación, pero no puede distinguir las palabras que intercambian. Veinte larguísimos minutos después, sentada en la cama de Andrés, cree escuchar que la mujer abandona por fin la casa. Transcurren aún un par de minutos antes de que la puerta del cuarto se abra y entre Andrés resoplando.

— ¿Quién era? —pregunta Sofía en voz baja— ¿Se ha ido ya?

— Sí, tranquila, ya se ha ido —responde Andrés— Era mi tía, que vive a unas calles de aquí.

— ¿Y qué quería?

— Ha venido a traer un encargo que le hizo mi madre. ¡Menudo susto!

Sofía, que desde que Andrés ha entrado en el dormitorio, no ha apartado la vista de él, comienza a reírse, una vez que se ha relajado del susto.

— De qué te estás riendo —pregunta Andrés.

— ¿Es que no te has dado cuenta? Te has puesto la camiseta del revés, se te ven todas las costuras y el reverso del dibujo.

— ¿Que?… Hostia, es verdad. ¿Se nota mucho?

— Bastante

— Joder. Que habrá pensado mi tía —exclama Andrés llevándose la mano a la cara—. No, si ya veía yo que ponía cara rara. Me ha preguntado que si me pasaba algo y todo…

*          *          *

El atardecer ha sido desplazado por la noche. Para cenar se preparan una pizza y después ponen una película en el DVD, que no acaban de ver, porque la urgencia les impulsa a hacer de nuevo dos veces el amor sobre el sofá del salón.

*          *          *

Ya casi es medianoche. Están abrazados en la cama, a oscuras y en silencio.

— Sofía.

— Mmm.

— ¿Estás dormida?

—    No.

— Aaaah.

— ¿Qué quieres?

— No, nada…

— ¿Nada?

— No… Bueno, sí. Que lo paso muy bien cuando estoy contigo.

— Yo también contigo.

— Y que… Bueno, cuando tenga trabajo y eso… cuando nos independicemos de nuestros padres… Quiero vivir contigo. Es decir, si tú también quieres.

— Pues claro que quiero.

— Bien.

— Pero me tienes que prometer una cosa.

— ¿Que cosa?

— Que dejarás aquí tu colección de figuritas del Señor de los Anillos; son horribles.

— Son del WarHammer, no del Señor de los Anillos.

— Bueno, es lo mismo… y también la de Lobezno.

— ¿Y mis cómics de los X-Men?

— No, esos me dan igual, te los puedes llevar.

Pasan la noche, hasta altas horas de la madrugada, soñando cómo será su futura casa y su vida juntos, hasta que finalmente les vence el sueño.


El Peregrino de Casiopea - Tarde de viernes

Cáceres, 25 de junio de 2022


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