El fin de la incertidumbre


La respuesta a la gran pregunta de la humanidad ha sido encontrada. ¿Cuales serán las consecuencias?


El día en que la ciencia demostró más allá de cualquier margen de error y mediante repetidos experimentos de resultados irrefutables que existía una vida después de la muerte, que esta no marcaba el final de todo y que la consciencia continuaba más allá de ella, ese día, fue el inicio de la destrucción de la civilización.

En un primer momento, y debido a sus implicaciones sociopolíticas y religiosas, las autoridades intentaron mantener este descubrimiento en secreto. Temían que entre la población se produjera una reacción desestabilizadora. No tenían ni idea de lo moderadas que eran en sus predicciones.

El descubrimiento estuvo a salvo durante unos meses, custodiado bajo la etiqueta de “alto secreto” en los laberintos gubernamentales de las principales potencias del mundo. Pero en la era de la información globalizada y omnipresente, esta situación no podía durar eternamente y el descubrimiento acabó filtrándose para ser esparcido a los cuatro puntos cardinales. La noticia acaparó las cabeceras de todos los medios de comunicación y en apenas unas horas todo el planeta conoció el gran secreto.

La primera reacción de la población fue de prudente escepticismo, pero conforme se iban haciendo públicos los detalles, todas las dudas fueron disipándose. Las imágenes y los sonidos de los canales experimentales de transcomunicación fueron poco a poco difundidos al público. A través de ellos se podía establecer una insólita comunicación entre las dos esferas de existencia.

La BBC fue la que dio el primer paso divulgativo al transmitir en prime-time una grabación de la comunicación establecida entre la fallecida princesa Diana de Gales y uno de sus hijos, Enrique, duque de Sussex. Fueron las primeras imágenes directas del más allá que el gran público pudo contemplar. En ellas, como si de una videoconferencia por Skype se tratara, Lady Di aparecía con el aspecto que tenía meses antes de su muerte. Era una imagen idealizada de la princesa, en el esplendor de su belleza, que en ocasiones perdía nitidez, se hacía vaporosa y a veces casi fantasmal. Detrás de ella se apreciaba lo que parecía ser una pradera sin árboles, de suaves ondulaciones y apagados tonos verdosos y un cielo azul pálido. De vez en cuando, indefinidas formas cruzaban el fondo de la pantalla como sombras levitando. Su voz era limpia, calmada, casi susurrada. En el fragmento emitido no pronunciaba palabras grandilocuentes ni mensajes trascendentales, tan solo palabras de amor para su hijo, que contemplaba emocionado a su madre en el monitor que habían colocado sobre una mesa frente a la cual se encontraba sentado, en una habitación sin decoración y de paredes asepticamente blancas.

Después llegaron mensajes de Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Marilyn Monroe, Albert Einstein, John F. Kennedy, Ernesto Che Guevara, la Madre Teresa de Calcuta, Jorge Luis Borges, Nelson Mandela…

En pocos meses, los aparatos de transcomunicación domésticos estuvieron disponibles en los comercios a precios razonablemente asequibles. Todo el mundo, de una forma u otra, se hizo una idea bastante aproximada de cómo sería la existencia que le esperaba cuando su vida en este mundo terminase.

Y con el fin de esta incertidumbre, se perdió el miedo a la muerte.

Para millones de personas, la certeza de una existencia posterior y del reencuentro asegurado en el más allá con sus familiares perdidos, vació de expectativas sus vidas actuales.

En los hospitales se dejó de atender a los enfermos terminales y muchos de los que no lo eran pidieron acogerse, a pesar de ello, a la eutanasia.

Una pandemia de suicidios se propagó como la pólvora por todo el planeta. Suicidios individuales, familiares, colectivos… Los gobiernos se veían incapaces de contener la oleada autolesiva de sus ciudadanos. Decenas de aviones cargados de pasajeros fueron estrellados por sus propias tripulaciones; en los cuarteles militares y comisarías, todos los días había bajas; en las ciudades, el acceso a los rascacielos tuvo que ser restringido al personal esencial; las farmacias solo expedían medicamentos con recetas visadas por las autoridades sanitarias; las armerías fueron clausuradas.

El día 1 de noviembre se organizaron en todo el planeta, gracias a una convocatoria global a través de las redes sociales, fiestas masivas de despedida de la vida y celebración de la muerte que acabaron en el mayor suicidio colectivo de la historia. Cerca de doce millones de personas se quitaron la vida casi simultáneamente en los cinco continentes, con la canción Imagine de John Lennon como himno.

Surgieron grupos organizados de radicales que propugnaban el fin de la existencia materialista de la civilización moderna y la migración total de la población a la otra realidad, no dudando en utilizar la violencia y la estrategia terrorista para la consecución de sus fines. En la central nuclear de Almaraz, en España, un grupo de técnicos e ingenieros miembros de uno de estos grupos, bloquearon el sistema de refrigeración del reactor provocando la fusión del núcleo. Miles de personas y centenares de miles de kilómetros cuadrados quedaron expuestos a la radiación nuclear, sin que el sistema de emergencias nacional, muy debilitado por la crisis de los suicidios, pudiera hacer gran cosa para remediarlo.

En un periodo de tiempo relativamente corto, la humanidad perdió más de un tercio de su población, la mayor parte en los países del primer mundo, donde la difusión de los mensajes de esperanza en el más allá fue más intensa. Una cantidad inasumible de trabajadores esenciales desaparecieron de la noche a la mañana. Sectores enteros de los organismos estatales quedaron comprometidos o mermados fatalmente. Líneas de producción de bienes de primera necesidad se vieron bloqueadas, se produjeron desabastecimientos, la economía se derrumbó y el planeta entero entró en la más brutal de las recesiones económicas jamás conocida. Se produjeron hambrunas y epidemias sin esperanza de ayuda. Uno a uno, como fichas de dominó, los gobiernos del planeta fueron colapsando y en menos de dos años, la civilización tal y como la conocimos, acabó por desaparecer.

La humanidad volvió al siglo XIX y se organizó en comunidades más pequeñas que aprendieron a vivir en comunión con la naturaleza. La mayor parte de la tecnología desarrollada en el último siglo cayó en desuso y acabó por ser olvidada. Poco a poco el planeta fue cicatrizando las heridas que el hombre le había infligido.

Mientras tanto en el más allá, al otro lado del túnel, la situación también se tornó difícil. La llegada masiva de migrantes prematuros que todavía no habían cumplido su trayectoria vital y eran por tanto espiritualmente inmaduros, provocó conflictos de convivencia con las almas más espirituales que ya habitaban el lugar antes de la crisis. Los recién llegados seguían apegados a sus conceptos materialistas y sus ideas de la propiedad. La situación comenzó a hacerse insostenible. El odio, que nunca antes había existido en esta esfera de la realidad, hizo acto de presencia.

Un cónclave de almas sabias se reunió de emergencia y decidió atajar el problema acotando un limbo especial para confinar a los migrantes que llegaban en masa desde el plano físico. Allí, según iban cruzando el umbral, los recién venidos se encontraban con que eran excluidos de la presencia de la Gran Luz reconfortante que lo impregnaba todo y de la que disfrutaban sin restricciones el resto de habitantes del más allá. Confundidos e indignados por este trato discriminatorio, las tensiones fueron agravándose. Se produjeron revueltas y fueron cometidos los primeros delitos graves en el plano espiritual. No se respetaron las jerarquías de los espíritus más evolucionados, ni las decisiones del cónclave de almas sabias, se rompieron los límites del limbo de confinamiento, se invadieron las pacíficas praderas del Edén.

La placidez se tornó en desorden, y esto fue el inicio del cambio radical que se produjo a continuación. La Gran Luz  que todo lo impregnaba se hizo más pálida y menos reconfortante, y de pronto se manifestó un fenómeno nuevo y desconocido en el más allá. De forma inopinada, sin una causa que lo justificase, algunas almas desaparecieron. Sencillamente se esfumaron dejando tan solo un resto de energía luminosa inanimada que poco a poco se iba diluyendo hasta desaparecer por completo. A partir de entonces, esas desapariciones misteriosas se tornaron habituales, no muy numerosas, pero sí constantes e imprevisibles.

A este fenómeno se le dio el nombre de “la nueva muerte”.

De esta forma se perdió de nuevo el paraíso.

Y surgió otra vez la gran pregunta.

¿Había vida después de esta “nueva muerte”?


El Peregrino de Casiopea - El fin de la incertidumbre (Joven con calavera)
Joven con calavera (1893) – Magnus Enckell

Cáceres, 6 de septiembre de 2020


Si te gustó esta historia, es posible que te guste esta otra: Nirvana