Cada año visitaban el banco del parque en el que se conocieron para celebrar su aniversario. Tras su separación y un año de ausencia, volvieron a hacerlo.
Aquella tarde de viernes de iniciación fabricaron recuerdos que les acompañarían el resto de sus vidas.
Que el amor no respeta las fronteras, es algo conocido; el problema viene cuando nuestro sentido común nos dice que esas fronteras son infranqueables, a pesar de que ya hay alguien llamando a sus puertas.
A las puertas del invierno, en el crepúsculo de sus vidas, afrontaron el asedio de la enfermedad parapetándose tras las frágiles notas de un bolero.
Su amor quedó truncado por un suceso irreparable que los separó para siempre doce meses atrás. Jamás volverían a estar juntos. Sin embargo…
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