Corazón de obsidiana

La obsidiana es una piedra nacida de una fuerza desatada de la naturaleza, capaz de revelar recuerdos enterrados y deseos reprimidos.


1

Compré el pequeño colgante de obsidiana en un puesto del mercadillo medieval que todos los años, en el mes de noviembre, se celebra en mi ciudad. Se trataba de una piedra de un negro absoluto, de superficie lisa y brillante, muy suave al tacto. Pese a no estar artísticamente labrada, su forma recordaba la de un corazón. Lo compré para Isabel; un pequeño detalle, inesperado y banal, recordatorio inocente del amor que nos profesábamos. Hacía nueve meses que vivíamos juntos y la relación parecía haberse instalado en ese punto en el cual la confianza se presenta absoluta y el tiempo futuro eterno.

Se lo entregue esa misma noche, después de la cena, cuando nos sentamos en el sofá para ver, como de costumbre, un episodio de nuestra serie favorita, abrazados bajo la misma manta.

Ni que decir tiene que le encantó. Yo conocía su pasión por el simbolismo oculto de los minerales; le gustaba indagar acerca de sus cualidades energéticas, y siempre llevaba en su bolso una pequeña piedra de ópalo, de cuarzo o de pirita, según sus necesidades anímicas del momento.

— ¿Conoces el significado mágico de la obsidiana? —me pregunto dándome la espalda mientras se recogía el cabello para que le colocara el colgante.

— Pues no, pero seguro que me lo vas a contar.—respondí mientras mis torpes dedos luchaban con el diminuto cierre del cordón.

— La obsidiana en realidad no es un mineral, es lava volcánica vitrificada, es fuego solidificado; es una piedra nacida de una fuerza desatada de la naturaleza. En la antigüedad se utilizó para fabricar puntas de flecha y cuchillos, pero también espejos rituales para revelar recuerdos enterrados y deseos reprimidos.

Se colocó un cigarro en los labios y al prenderlo con la llama de su mechero, brillaron al unísono, con un rojizo fulgor, sus dos pupilas negras y el negro corazón de obsidiana del colgante.

2

El día siguiente nos levantamos tarde. Era una mañana perfecta de domingo, ociosa y apacible. Isabel cantaba en la ducha desafinando terriblemente mientras yo me afeitaba frente al espejo empañado. Nuestro programa para la jornada era sencillo: después del desayuno saldríamos a dar un paseo por el centro, sin rumbo ni propósito, libres de las prisas y el estrés de la semana; pasaríamos por el estanque del parque y daríamos de comer galletitas saladas a los patos; después tomaríamos una cerveza en alguna terraza y terminaríamos comiendo en el nuevo restaurante hindú que unos amigos nos habían recomendado.

Estaba calmándome la irritación la cara con la loción de afeitado, cuando, tras la mampara de la ducha, Isabel lanzó ahogado gemido.

— ¿Qué te ha pasado? —pregunté asomándome.

— Me he cortado con el colgante —dijo mostrándome un arañazo superficial en la base del cuello, sobre el relieve de su clavícula derecha. Una gotita de sangre asomó por la comisura de la herida, que se desdibujó en rosa al contacto con el agua antes de caer resbalando por su cuerpo. El colgante de obsidiana brillaba en su negrura junto a la erosión.

— No es nada —le dije tras echarle una ojeada—. Lávalo con agua y jabón, y listo.

Cuando revisamos el colgante, encontramos una pequeña arista cortante en un borde de la piedra, un defecto de acabado bastante común en las piedras de obsidiana. Isabel no quiso desprenderse de ella, de forma que, con una lima de uñas, alisamos el filo y volvió a colocárselo en el cuello.

Esa misma mañana, después del paseo, en el cual Isabel se había mostrado muy alegre, nos sentamos en la terraza de un bar de la Plaza Mayor. Pedimos unas cervezas y continuamos, entre bromas y risas, con nuestra charla trivial. Repentinamente, ella tensó su postura, inequívocamente alerta por algo cercano que la alteraba. Miré a mi alrededor y no pude encontrar la razón. Le pregunté si le ocurría algo, pero ella negó con la cabeza. Sin embargo, era incapaz de disimular su nerviosismo; se mostraba ausente y contestaba con monosílabos.

Nuestra conversación se trocó en un monólogo. Yo hablaba y ella fingía escuchar. Observé cómo fijaba disimuladamente su atención en una mesa cercana en la que estaban sentados un hombre y una mujer algo mayores que nosotros, él de unos cuarenta años, ella de unos treinta y pico. A partir de ese momento, vigilé con discreción a esta pareja, y pude comprobar cómo el hombre miraba en repetidas ocasiones a Isabel, casi con descaro, y ella, intimidada, fingía no darse cuenta. La incomodidad de Isabel iba en aumento, y decidí que era el momento de que nos marcháramos. Iba a proponérselo cuando ella se levantó de la silla y dijo que tenía que ir al baño. La seguí con la mirada hasta que entró en el bar. Llamé entonces al camarero y le pedí la cuenta. Mientras esperaba, observé que el hombre de la mesa cercana se levantaba de su silla y tras intercambiar unas palabras con su acompañante se encaminaba también al interior del bar.

Pasaron unos minutos eternos. Consulté repetidamente el reloj. El camarero vino con la cuenta y la pagué. Miré en varias ocasiones a la mujer de la mesa de al lado, la cual, como yo, aguardaba la vuelta de su acompañante. No transmitía preocupación, parecía ajena al episodio de miradas que unos minutos antes habían protagonizado Isabel y aquel hombre, y al hecho de que ambos hubieran abandonado sus mesas casi simultáneamente. Cansado de esperar, iba a levantarme para ir a buscarla, cuando la vi salir del bar.

— ¿Te ocurre algo? —le pregunté al ver sus ojos enrojecidos; me dio la impresión de que había llorado.

— No, es solo que me duele un poco la cabeza —dijo intentado esbozar con escaso éxito una leve sonrisa.

— ¿Estás segura?

— Si, vámonos de aquí, por favor — respondió.

Sacó la pitillera de su bolso y tras varios intentos fallidos, consiguió encender un cigarrillo. Inhaló una profunda calada y mantuvo el humo en sus pulmones antes de expulsarlo con una larga exhalación.

Nos alejamos de la plaza caminando despacio, ella agarrada a mi brazo, inclinada hacia mí y apoyando su cabeza en mi hombro. El débil sol de otoño se había ocultado tras una cordillera de nubes y un desapacible viento comenzó a recorrer las calles.

— Isabel… ¿Quién era aquel hombre? ¿Te ha incomodado de alguna manera?

— Por favor, no preguntes nada, Gonzalo. Solo déjalo estar.

Y lo dejé estar.

3

Hago un inciso en la narración para recapitular mis inicios con Isabel.

Cuando hace un año la conocí, ella estaba atravesando un momento difícil. Hacía unos meses que había terminado una historia tormentosa con un amor anterior que la había hecho sufrir mucho y de la que todavía no se había repuesto.

La primera vez que la vi fue en una reunión de amigos comunes en la finca rural de uno de ellos. Estaba sentada en una hamaca, bajo un emparrado de un rincón del jardín, ajena al bullicio de la fiesta. Sostenía en sus manos una lata de coca-cola y pese a que sus labios sonreían con cortesía, sus ojos reflejaban una melancolía más allá del alcance de su mirada. Inmediatamente llamó mi atención y me senté junto a ella. De fondo se escuchaban las risas y los chapoteos de nuestros amigos en la piscina de la finca. Inicialmente no mostró ninguna curiosidad por mi presencia. Le pregunté algo banal, no recuerdo qué, y ella me dedicó una mirada cargada de indiferencia. Supongo que pensó que yo era un descerebrado más de los que habían acudido a aquella fiesta a la que, sin duda, alguien la habían arrastrado a la fuerza.

Yo no soy conocido por ser un portento de simpatía ni por tener don de gentes, pero, de algún modo, conseguí que abandonara su mutismo y entablamos una conversación que, si bien no fue profunda, sí valió para romper el hielo. A duras penas logré convencerla para que volviéramos a vernos el fin de semana siguiente, y, tras este, con la misma perseverancia, conseguí que lo hiciéramos también quince días después. De esta forma laboriosa, derrochando unas dotes de ingeniería de seducción que yo mismo desconocía poseer, conseguí que nuestras citas fueran diarias.

De alguna enigmática manera habíamos conectado. Isabel fue recobrando poco a poco el equilibrio que un día perdió. Sabía que no había olvidado por completo su trauma secreto. En ocasiones, una simple palabra, una imagen o una canción, la sumían de nuevo en una oscura melancolía, y yo tenía que hacer alarde de todo mi repertorio de bromas y chismes para devolverla al presente.

Nunca quise profundizar en las circunstancia de su pasado, ni en las causas que motivaron el fin de su relación anterior. Esperaba que, con el tiempo, cuando se hallara preparada para ello, se sincerara espontáneamente. Con el transcurso de las semanas, nuestro romance fue consolidándose, pero el momento de la revelación nunca llegó.

Así alcanzamos los días en los que por fin reía más que lloraba y nuestro amor se hacía fuerte. Abandonamos nuestros pisos compartidos con amigos por un hogar para nosotros solos. Juntamos nuestros libros y discos, sincronizamos nuestros horarios, renunciamos a nuestras miserias íntimas y compartimos nuestras luces y metas, nuestros anhelos e intereses.

Formamos un hogar.

Pero todo eso fue insuficiente.

4

Una tarde de viernes en la que salí del trabajo antes de lo habitual, no recuerdo exactamente por qué motivo, decidí pasarme por la tienda de modas en la que trabajaba Isabel, para darle una sorpresa.

Desde el episodio del domingo anterior en la terraza del bar, se encontraba melancólica. Una indeterminada desazón pesaba sobre sus hombros y ninguno de mis esfuerzos por remediarla tenía éxito. Yo por mi parte no paraba de pensar en todo aquello. ¿Eran celos lo que aquel incidente había despertado en mí? ¿Qué había pasado entre Isabel y aquel enigmático hombre en el interior del bar, cuando estaban fuera de mi vista? ¿Había ocurrido realmente algo entre ellos? ¿Eran mis sospechas tan solo producto de mi imaginación? ¿Aquel individuo era el hombre que había destrozado su vida un año antes? ¿Debía protegerla? ¿La debía vigilar? ¿Me ocultaba algo Isabel?

Las campanillas de la puerta tintinearon cuando entré en la tienda. No había nadie al otro lado del mostrador. Esperé unos segundos a que Isabel aparecería por la puerta de la trastienda, pero en lugar de ella, lo hizo su compañera Verónica.

— ¡Gonzalo! ¿Cómo te va? Isabel no está, acaba de salir hace unos diez minutos.

— ¿Dijo dónde iba?

— Sí, me dijo que iba a tomarse un café en el bar de la esquina.

— ¿Sabes si se fue con alguien?

— No que yo sepa. Desde hace unos días está un poquitín agobiada. Lleva toda la mañana pegada al teléfono, escribiendo y recibiendo mensajes. Dijo que necesitaba despejarse.

Salí de la tienda y me encaminé hacia el bar de la esquina. Una señal de alarma sonaba en mi cabeza.

La vi a través del ventanal del bar. Estaba sentada en una mesa del interior, acompañada por el hombre del domingo pasado. Parecían estar discutiendo, no acaloradamente, sin brusquedad manifiesta, en una actitud más cercana al reproche que a la hostilidad. Él gesticulaba con las manos. Ella unas veces afirmaba con la cabeza y otras negaba tímidamente. Él puso un brazo sobre su hombro, pero ella se lo retiró. Él acercó entonces su rostro al de ella. Ella amagó un incómodo rechazo. Él aprovechó su confusión y la beso en los labios. Ella primero encogió los hombros y crispó las manos, pero después relajó su postura y se entregó a aquel beso robado.

Era más de lo que yo podía soportar.

Huí del lugar. Corrí sin rumbo por las calles de la ciudad. Crucé sin precaución las avenidas y a punto estuve de ser atropellado por un autobús. Finalmente, al anochecer, acabé en las afueras, en un garito de mala muerte con inequívocas luces neón, emborrachándome entre putas que se me ofrecían y yo despreciaba, y babosos que no tenían tantos remilgos como yo.

Cuando llegué a casa, ya de madrugada, Isabel me esperaba despierta, sentada en el salón, frente a la televisión apagada y con una revista en el regazo.

— ¿Dónde has estado, Gonzalo? Me tenías preocupada —dijo levantándose y dejando caer al suelo la revista. En su rostro se dibujaba un gesto a la vez de indignación y de alivio, como si aquella tarde no hubiera ocurrido otra cosa que mi demora en llegar a casa.

Yo no respondí.

La ignoré y tambaleándome por el pasillo, me encerré en el cuarto de baño y allí vomité toda mi angustia.

5

Los días siguientes fueron la crónica de una ruptura inevitable. Es asombroso comprobar cómo en cuestión de días cayeron los que suponíamos sólidos pilares de nuestra relación. El paraíso que nos había costado meses forjar quedó reducido a cenizas en una mísera semana de desolación.

Tras los hechos de la jornada anterior, la de su beso clandestino y mi cobarde escapada, nos retiramos la palabra sin que mediara discusión alguna. Obviamente, como compartíamos piso, algunas palabras debíamos cruzar, pero estaban reducidas a las imprescindibles para la simple supervivencia doméstica. Si uno veía la televisión, el otro leía un libro; si uno salía a pasear, el otro se quedaba en casa escuchando música; si uno se acostaba temprano, el otro trasnochaba. Dormíamos en la misma cama, dándonos la espalda y orillados cada uno en su borde del colchón. Vivíamos en la misma casa, a años luz de distancia. Nuestros corazones habían mutado en piedra, en sólida, oscura y reflectante piedra negra, como la piedra de obsidiana del colgante que había regalado a Isabel hacía ya un millón de años.

Cuando ella no estaba en casa, yo, de forma miserable, rebuscaba entre sus cosas intentando encontrar pruebas de su traición, una fotografía, un poema escrito para otra persona, la baratija de un regalo furtivo, pero nunca encontré nada.

Teníamos muchas cosas que decirnos, muchas que preguntarnos, pero ninguno reunía el valor para romper el fuego. Sabíamos que cuando estallara el intercambio de reproches, sería imposible evitar la catástrofe y caería el último puente que todavía, frágil y vacilante, unía nuestras orillas.

La chispa que desató el fin se encendió el día en que la visita de unos amigos nos obligó a simular delante de ellos que nada ocurría entre nosotros. En nuestra farsa no ensayada nos hablábamos y nos tocábamos con normalidad, incluso nos dimos un beso con los labios tensos bajo la apariencia de un cariño falaz. Cuando la visita terminó y nos quedamos por fin solos, nos sentamos espontáneamente en la mesa del comedor, frente a frente, sin haberlo acordado de antemano. En esto, por lo menos, nuestra antigua sincronía sí funcionó.

— ¿Cuanto tiempo más vamos a mantener esta farsa? —Preguntó Isabel.

— Por mí, acabamos ahora mismo —respondí con la frialdad de un témpano de hielo.

— ¿No tienes nada que decirme? — continuó ella.

— ¿Yo tengo algo que decirte a ti? —pregunté incrédulo — ¿No será más bien al contrario?

Ella me miró extrañada, como si no hubiera comprendido mi pregunta.

— ¿A qué te refieres?

— Te vi la otra tarde con aquel hombre en el bar cercano a tu tienda. Vi cómo os besabais.

Isabel encajo el golpe con aparente serenidad, casi con indiferencia; pero se trataba de mera apariencia. Un ligero temblor de sus labios la delataba. Era evidente que intentaba ocultar su angustia interior.

— ¿Has estado espiándome?

— Acudí para darte una sorpresa, no para espiarte.

— ¿Y qué más viste?

— Eso fue suficiente.

— ¿Por eso regresaste a casa a las cuatro de la madrugada?

— Por eso justamente.

— ¿Quieres que te lo explique?

— A estas alturas ya no sé lo que quiero —dije sintiendo un cansancio infinito.

— Pues si no sabes lo que quieres tal vez no merezca la pena seguir con esto.

Apoyó las manos sobre la mesa para levantarse. Yo agarré una de sus muñecas con fuerza para evitar que lo hiciera.

— ¿Piensas levantarte así sin más?

— ¡Suelta, me haces daño! —dijo zafándose de mi presa de un tirón.

Se levantó y, dándome la espalda, se dirigió al dormitorio sujetándose la muñeca dolorida. Yo la alcancé y con mis manos en sus hombros la obligué a darse la vuelta.

— ¡Pero qué es lo quieres! —exclamó gritándome.

— ¡Que me digas la verdad! —grité yo también.

— No sé cual es la verdad.

— ¿Quién era aquél tipo? ¿Era él, no es cierto?

— Sí, era él.

— En todo este tiempo que llevamos juntos no lo has olvidado, ¿no es así?

— Sí, es así —dijo quedamente, bajando la mirada.

Su cruda sinceridad me enfureció. Lo vi todo rojo y perdí el control. Levanté la mano en un impulso indecente. Me horroricé por lo que estaba a punto de hacer, pero como si algo ajeno a mí controlase mi voluntad, descargué la mano sobre Isabel. Ella protegió instintivamente su rostro con los brazos al tiempo que esquivaba mi golpe. Mis dedos rozaron el cordón de su colgante rompiéndolo. El corazón de obsidiana, que tan solo una semana antes le había regalado con ilusión, cayó al suelo y se partió en dos mitades de afilados bordes.

Aquello era el fin.

Isabel, apoyada la espalda en la pared, se deslizó poco a poco hasta quedar sentada en el suelo y allí, como una niña pequeña, rompió a llorar.

Me sentía traicionado por ella, profundamente herido por su engaño, pero también estaba horrorizado por mi violenta actitud. Mi mundo se había hecho añicos; el de ella también.

Quise ayudarla a levantarse, pero ella apartó mi mano con brusquedad y se incorporó por sus propios medios. Se sentó en el sofá y apoyando los codos sobre las rodillas hundió el rostro en sus manos.

— Lo siento Isabel. Siento haberte levantado la mano. Perdóname. De verdad que no quería pegarte.

Ella no contestó, tan solo levantó el rostro y me miró fijamente a los ojos. Su mirada estaba vacía, no había en ella odio ni rencor. Sus ojos atravesaban mi cuerpo como si contemplaran un paisaje en el infinito.

— Voy a coger mis cosas y me voy —dijo poniéndose en pie.

Se limpió con el dorso de la mano las lágrimas que resbalaban por sus mejillas y sorbió por la nariz. Después, con la dignidad de una gacela herida, se encaminó hacia el dormitorio. Esta vez no hice nada por detenerla.

— Isabel, no te vayas —balbuceé—. Todavía podemos arreglarlo.

— No, Gonzalo, esto no tiene arreglo, y lo sabes.

— Pues entonces soy yo el que se va.

— De eso nada. Yo soy la que se marcha, ya he tomado la decisión. Yo no soy para ti y tú tampoco eres para mí. Dejémoslo así. No nos hagamos más daño.

— ¿Pero tienes dónde ir?

— Por lo pronto a la casa de mi hermana, luego ya veré.

— Isabel… Yo sigo queriéndote.

— Pero yo ya no.

De camino al dormitorio, se agachó y recogió del suelo el colgante roto y, mirándome a los ojos, lo dejó sobre la mesa del salón. A la luz de un rayo de sol crepuscular que entraba por la ventana brillaron al unísono, con un rojizo fulgor, sus dos pupilas negras y las dos negras mitades del corazón de obsidiana.


Corazón de Obsidiana