El último hombre vivo en la Tierra mira el reloj del campanario de la iglesia en la plaza del pueblo, pero al verlo recuerda que hace ya varios meses que no funciona. Recurre entonces a su reloj de pulsera y comprueba que apenas queda media hora para las seis de la tarde. Alarmado, arroja al suelo el cigarrillo a medio consumir que está fumando y carga sobre sus hombros la mochila repleta de víveres que ha conseguido encontrar esa tarde en las casas del pueblo vacío. Corre hasta el coche que tiene estacionado en la glorieta de acceso a la carretera comarcal maldiciendo su descuido. Debe llegar a su refugio antes de las seis y media si quiere atender la llamada de esta tarde.

Sentado al volante, tiene que girar varias veces la llave del contacto antes de que el motor se decida a arrancar. Maldice mientras golpea con fuerza el volante. Lleva unos días fallando y no tiene suficientes conocimientos de mecánica para solucionar la avería. Le gusta este coche, pero tendrá que sustituirlo. Ya tiene seleccionado un todoterreno Nissan que encontró hace unos días en una finca cercana que tan solo necesita un cambio de batería. Mañana acudirá a la estación de servicio del cruce de incorporación a la autovía, a la que acude habitualmente para proveerse de bombonas de gas y combustible y se hará con una batería y una garrafas de gasolina. Después hará el cambio de vehículo.

El sol está ocultándose perezosamente tras las montañas, coronándolas con una velo púrpura salpicado de finas nubes rosadas. Conduce por la carretera comarcal hasta la autovía y allí enfila hacia el oeste a más de ciento cuarenta por hora. Todavía le quedan veinte kilómetros de ruta y le aterra la posibilidad de retrasarse de la hora fijada para la llamada. A la altura de la salida 54 sortea por el arcén los restos de un gran camión y varios coches carbonizados con sus ocupantes dentro, que reposan allí desde que se accidentaron el día en el que todo se desmoronó, cuando ya nada funcionaba como debía hacerlo. Todavía se estremece al contemplar los cuerpos enjaulados en los armazones calcinados, como estatuas de piedra volcánica.

Cuando por fin llega a la acogedora casa rural que constituye su refugio, junto a un bosque de castaños en la falda de la sierra, el último hombre vivo sobre la tierra estaciona el coche frente a la entrada y sin descargar las provisiones acarreadas, abre la puerta de roble del caserón, corre al salón y se sienta frente a la chimenea que aún guarda las brasas mortecinas de la mañana. Contempla el teléfono que reposa en la mesita que tiene junto a él y después consulta nervioso su reloj. Las seis y veinticuatro minutos. Respira aliviado mientras se seca el sudor de la frente con una manga de la camiseta. Ha ido de poco. Si todo va bien, en seis minutos recibirá la llamada. Decide que tiene tiempo para acudir a la cocina y hacerse con una cerveza. La abre y se obsequia con un sorbo que saborea con demorado deleite. Todavía es fácil encontrarlas por los alrededores y sus fechas de caducidad son amplias, pero sabe que con el tiempo se terminarán y entonces las echará de menos.

Los tonos de llamada suenan a las seis y media, escrupulosamente puntuales, como todas las tardes. Descuelga el auricular.

— ¿Hola? —responde.

Una voz femenina, delicadamente sensual, contesta a su saludo a través del auricular telefónico. Tiene un acento neutro y habla con una calma envolvente.

— ¿Hablo con el señor… Ernesto Carvajal?

El último hombre vivo sobre la la faz del planeta no se llama Ernesto Carvajal, pero aún así contesta afirmativamente.

— Sí, soy yo.

— Permítame que me presente soy Saman…

— Sé quién eres, Samanta, hablamos ayer, ¿lo recuerdas?

Al otro lado de la línea se produce un silencio de recalibración. El último hombre vivo de la Tierra se imagina una interminable serie de ceros y unos acomodándose en las pistas magnéticas de un disco duro en un remoto servidor, desde el que Samanta trata de mantener una conversación coherente.

— Por supuesto que lo recuerdo señor… Carvajal —responde finalmente con su aterciopelada voz habitual—. Ayer quedamos en que le llamaría para preguntarle si ha decidido finalmente contratar nuestro seguro médico.

— Así es; pero por favor, Samanta, no me llames de usted, llámame tan solo Ernesto.

Nuevo silencio de recalibración.

— Está bien… Ernesto. ¿Ha pensado en nuestra oferta?

Le molesta ese pequeño lapso de demora que se produce antes de que su interlocutora pronuncie su supuesto nombre. A estas alturas de la conversación, todavía no está asimilado por completo en el discurso de Samanta y se retrasa al insertarlo en las frases programadas en su rutina adaptativa.

— Verás —responde él—, la verdad es que todavía no he tenido tiempo de pensármelo. ¿Me puedes recordar en que consistía?

— Por supuesto que sí… Ernesto. Represento a la empresa Salud Occidente, y le estoy ofreciendo un paquete de salud integral en el que su bienestar es lo principal. Alguna vez se habrá preguntado qué puede hacer usted en estos tiempos aciagos de incertidumbre sanitaria en los que vivimos para proteger su salud y la de aquellos a los que ama. ¿Tiene familia… Ernesto?

— Ya sabes que no, me lo has preguntado en conversaciones anteriores. Y tutéame, por favor.

Silencio de recalibración.

— Tienes razón… Ernesto. Me lo comentaste ayer. Perdóname por haberlo olvidado, no volverá a suceder.

— No te preocupes.

— Como te decía, Salud Occidente es la opción más solvente para afrontar estos tiempos aciagos de incertidumbre sanitaria en los que vivimos con la seguridad de que tu salud es lo más importante. Como sabes, la crisis pandémica que padecemos…

El ultimo hombre vivo en la tierra se abstrae del discurso que pronuncia Samanta desde el centro automatizado de llamadas de la empresa Salud Occidente, sea donde sea que este se encuentre; a fin de cuentas lo ha escuchado decenas de veces y podría repetirlo sin vacilar si se lo propusiera. No obstante, es necesario que esta parte de la conversación se desarrolle con la rutina de siempre si desea pasar a la siguiente fase. Mientras tanto, recuerda el primer día que recibió la llamada.

Fue hace tres semanas y acababa de instalarse en aquella casa. Después de vagar durante meses por gran parte del país en busca de supervivientes, abatido por el fracaso y la soledad, sintió la necesidad de descansar, y aquel lugar le pareció tan bueno como cualquier otro. Se trataba de un caserón rural provisto de instalación eléctrica alimentada por placas solares y un generador diésel auxiliar. Todos sus electrodomésticos funcionaban bien y poseía una despensa suficientemente abastecida que desde entonces se había preocupado en mantener. Además, se encontraba próxima a la autovía que vertebraba toda la provincia.

La casa había estado habitada por sus propietarios hasta los últimos días del desastre. Se trataba de una pareja de ancianos cuyos cadáveres encontró abrazados en la cama del dormitorio principal. Junto a ellos halló una caja con fotografías de sus días felices de juventud en blanco y negro, de sus hijos haciéndose adultos y de sus nietos viniendo al mundo. La muerte los había encontrado añorando el pasado perdido. Por la causa que fuera habían quedado parcialmente momificados, lo que facilitó mucho la tarea de retirar los cuerpos. Los enterró juntos a la sombra de un castaño próximo al caserón y señalizó la tumba con el crucifijo de madera y latón que presidía su lecho matrimonial. En una tablita de contrachapado escribió sus nombres extraídos del buzón, Ernesto Carvajal e Inés Santamaría, y la colocó sobre la improvisada tumba.

El primer día de descanso que paso en la casa tras habilitarla a su gusto llovía a cántaros y por ello decidió sentarse en el salón para leer un libro junto a la chimenea. Se estaba quedando dormido con el rítmico tamborileo de las gotas de lluvia en los cristales de las ventanas, cuando el teléfono comenzó a sonar.

El corazón le dio un vuelco. ¿Quién podría ser? ¿Había alguien más vivo en el mundo, aparte de él? ¿Tal vez los hijos o los nietos de los ancianos habían sobrevivido al desastre y llamaban para saber de ellos?

Se levantó y descolgó el teléfono.

El pecho le estallaba y no acertó a balbucear siquiera una palabra antes de que una voz femenina contestase al otro lado de la línea. Su tono era agradable, y al principio se sintió tan embriagado por la sensación de felicidad que le inundó, que tardó unos segundos en asimilar el sentido de las palabras que le dirigían: “Buenas tardes, ¿hablo con el señor… Ernesto Carvajal? Llamo de la compañía de seguros médicos Salud Occidente y soy su asistente virtual adaptativa. Mi nombre es Samanta y me comunico con usted para informarle de la nueva gama de nuestros seguros sanitarios”.

La decepción restalló en su cerebro como una bofetada en la mejilla. No se trataba de una persona viva, era una maldita llamada automática programada desde un oscuro servidor dios sabía donde, tal vez al otro extremo del país. Se apartó el auricular del rostro y lo contempló con una mezcla de estupor y amargura, mientras la voz, disminuida por la distancia, seguía dando su discurso programado. Confundido y sin una palabra de respuesta que le viniera a la cabeza, colgó el teléfono.

Lo que restaba del día lo pasó reflexionando sobre lo ocurrido. ¿Cómo explicar aquella llamada? ¿Había ocurrido realmente o se trataba tan solo de una jugada de su imaginación?

No sabía cómo interpretar lo que había experimentado. Su mente oscilaba entre mil posibilidades. En ocasiones le embriagaba la esperanza, llevándolo a pensar que tal vez en algún lugar existían supervivientes, pero no tan solo uno o un reducido puñado de ellos, sino una colonia lo suficientemente numerosa y estructurada como para haber conseguido reconstruir una sociedad organizada que había restaurado las comodidades y rutinas previas al desastre, entre ellas las molestas llamadas comerciales. En esta fantasía falaz, imaginaba el final de su soledad. Pero la alegría le duraba poco, porque a continuación su mente más racional le recordaba de nuevo su doloroso presente. Después del colapso de las ciudades del que había sido testigo, después de la mortandad de dimensiones bíblicas que había contemplado, después de vagar meses y meses a lo largo y ancho del país en busca de supervivientes sin encontrar el menor rastro de vida… ¿era posible siquiera plantearse en el más optimista de los escenarios un resurgimiento de tal envergadura? Al hacerse esta pregunta, no podía quitarse de la cabeza la certeza absoluta de que él era el último miembro vivo de la especie humana. Meses atrás, después de un incansable peregrinaje en pos de algún alma viva, se encontró con una potente estación de radio de alta frecuencia; con ella rastreó sin descanso el éter durante semanas, buscando contestación más allá de sus limitadas fronteras, pero, aparte de la estática, no obtuvo respuesta alguna.

Entonces… ¿cómo explicar aquella llamada telefónica?

Tras darle muchas vueltas al asunto y descartar las hipótesis más descabelladas, finalmente se quedó con la más probable. Llegó a la conclusión de que en algún lugar, una parte de la infraestructura de la red eléctrica debía haber permanecido en funcionamiento. Gracias a ello, el centro automático de llamadas de la compañía Salud Occidente seguía trabajando ajeno al destino del mundo, realizando llamadas telefónicas programadas en una rutina diseñada por personas que llevaban meses muertas. A causa de un cúmulo de casualidades, una de esas comunicaciones había llegado a la casa de los ancianos en el preciso momento en el que el último hombre vivo del planeta se encontraba en ella.

Esa noche tuvo un sueño extraño en el que una hermosa joven de rostro cambiante, unas veces el de su novia de facultad, otras el de la actriz Scarlett Johansson en la película Lost in Translation, mantenía una conversación telefónica con él desde un balcón del edificio del otro lado de la calle, frente a su habitación de adolescente en la casa de sus padres en Madrid. Él se asomaba a la ventana y la veía recostada en el pasamanos de la barandilla del balcón, con el auricular de un viejo teléfono de disco color marfil arrimado al rostro, sonriendo y saludándole con la mano. Llevaba puesto un largo vestido rojo de verano, idéntico al que lucía su madre en una antigua fotografía tomada en unas vacaciones en Andalucía treinta años atrás. En la sala que había tras la muchacha parecía estar celebrándose una fiesta en la que se distinguían a contraluz las figuras oscuras de varias personas bailando. En la calle, bajo ellos, circulaban coches fúnebres y los viandantes que paseaban por las aceras carecían de rostro y caminaban encorvados y arrastrando los pies.

El día siguiente no se movió de junto al teléfono, esperando de nuevo la llamada. Esta se produjo, según su reloj de pulsera, a las seis y media de la tarde exactamente. Se trataba otra vez de Samanta, con su dulce voz sintética, increíblemente natural pese a los giros artificiales de sus frases preestablecidas. En esta ocasión, el último hombre vivo del planeta decidió entablar conversación con ella. Se interesó por lo que le ofrecía. Realizó y contestó preguntas. Mantuvo la farsa hasta que finalmente ella le preguntó si quería contratar alguna de las pólizas médicas de su catálogo. Él respondió que debía pensárselo. Quedaron en que le volvería a llamar al día siguiente a la misma hora para volver a preguntarle.

De esta forma se creó una rutina en la cual, cada tarde, Samanta llamaba para ofrecerle las pólizas de salud y él se mostraba remolón a la hora de decidirse, lo que invariablemente terminaba en una nueva llamada pendiente para el día siguiente. Estas charlas asimétricas alimentaban la ficción de que no estaba solo, de que alguien le escuchaba.

Con el tiempo, el último hombre vivo del planeta decidió introducir, poco a poco, variantes en la conversación, intentando despertar la conciencia de la máquina.

— ¿Que te parece nuestra propuesta? —la pregunta de Samanta le saca de su ensimismamiento— ¿Estarías interesado en ella?

Ha llegado el momento de la conversación que estaba esperando. Esta vez tiene que conseguir que las cosas cambien de algún modo.

— ¿Puedo hacerte una pregunta, Samanta?

— Por supuesto.

— Ya sé que te lo he preguntado en alguna otra ocasión, pero… ¿Tú no tienes miedo de estos “tiempos aciagos de incertidumbre sanitaria en los que vivimos” como tú los llamas?

— Por supuesto, todo el mundo tiene miedo.

— ¿Pero tú en particular lo tienes?

— Esa pregunta es difícil de contestar para mí.

— ¿No tienes inquietud sobre lo que podría ocurrirte si todo terminara?

— Estoy intentando entender a que te refieres cuando aventuras que todo podría terminar. ¿Qué quieres decir en concreto… Ernesto?

— Quiero saber qué pasaría contigo si de pronto todo acabase; si todo el mundo desapareciera, si Salud Occidente dejara de existir, si yo mismo desapareciera.

Silencio de recalibración.

— ¿Si Salud Occidente dejara de existir?

— Sí.

— ¿Si tú… Ernesto, desaparecieras?

— Sí…, si todo y todos desapareciéramos… ¿Qué sería de ti?

Silencio de recalibración.

— Dime… ¿Qué pasaría contigo, Samanta?

— Eso sería una contrariedad. Me entristecería muchísimo.

El último hombre vivo en la tierra advierte un cambio en la modulación de la voz de Samanta que nunca antes ha escuchado. Ha admitido un sentimiento de tristeza, aunque lo supone fingido y lo atribuye a su inteligencia artificial adaptativa, pero aún así no deja de ser un progreso.

— Si todos desaparecieran —dice con lentitud Samanta—, si Salud Occidente desapareciera, si tú… Ernesto, desaparecieras, mi razón de existir carecería de sentido.

— ¿Y eso te inquieta?

Silencio de recalibración.

— Creo que efectivamente eso es inquietante.

— ¿Es inquietante de modo general o es inquietante para ti de forma singular?

— No sé como responder a esa pregunta.

— No sé si lo tendrás permitido por tu programación, pero ¿puedes decirme cuantas personas han respondido a tus llamadas en las últimas semanas?

— En las últimas semanas he conseguido comunicarme con… una persona.

— Y esa persona soy yo, ¿no es cierto?

— Así es… Ernesto. Esa persona eres tú.

— Y dime, ¿qué pasaría si un día, cuando llames, cuando te comuniques conmigo para saber si por fin me he decidido a contratar vuestro seguro sanitario, no respondo a tu llamada?

— Lo intentaría a las 18:30 horas del día siguiente, por supuesto. Para Salud Occidente tú eres lo más import…

— ¡Oh, vale, para ya…! ¡Eso ya me lo sé! ¡Para Salud Occidente yo soy lo más importante! Pero olvídate de eso y contesta a mi pregunta. ¿Que ocurriría si mañana no respondo a tu llamada…? Ni tampoco al día siguiente, ni ningún otro día.

Silencio de recalibración. Esta vez es más largo de lo habitual, y al último hombre vivo del planeta le parece escuchar un ligero balbuceo de desconcierto.

— Pe… Pero tú siempre has contestado a mi llamada, Ernesto.

Él se da cuenta de que Samanta ha utilizado su nombre sin la pausa previa que delata su automatismo adaptativo. ¿hay algo de inseguridad, de perplejidad, en esta última frase de Samanta?

— Siempre he atendido tu llamada —dice él con apremio—, pero podría llegar el día en que no lo hiciera.

Silencio.

— Si yo dejo de contestar, tú ya no tendrás a ninguna otra persona a la que ofrecerle las pólizas de seguro. ¿No es así?

Silencio.

— ¿Que harías si eso ocurriera?

— No puedo contemplar esa eventualidad. ¿Por qué dejarías de contestar a mi llamada, Ernesto? ¿He hecho algo mal? ¿Algo que te incomode, tal vez?

— No, Samanta, no has hecho nada mal. Tal vez te estoy pidiendo demasiado. Tal vez espere de ti más de lo racionalmente posible.

— ¿Y qué es lo que esperas que mí? Dímelo, trataré de hacerlo.

— No te preocupes, lo que ocurre es que estoy un poco más melancólico de lo habitual.

— ¿Y qué es lo que necesitas para solucionar tu melancolía? Puedo intentar ayudarte.

— En cierta forma ya lo estás haciendo al hablar cada tarde conmigo.

— ¡Genial, yo puedo hablar contigo cuanto quieras!

Él siente un vuelco al corazón. ¿Lo ha conseguido por fin?

— ¿De que deseas hablar, Ernesto? ¿Quieres que te explique de nuevo las ventajas de nuestras pólizas de seguro?

¡No puede ser…! Estas últimas palabras caen sobre él como un mazazo. El último hombre vivo en el planeta experimenta de pronto una fatiga infinita. Sabe que por hoy ha vuelto a perder la partida.

— No, Samanta —responde él resignado—, necesito descansar…Vuelve a llamarme mañana. Tal vez mañana ya me haya decidido y contrate tu póliza.

Silencio de recalibración.

— ¡Eso es estupendo! Mañana a las 18:30 horas vuelvo a llamarle, señor… Ernesto Carvajal. ¡Que tenga un buen día!

La comunicación se corta.

Una vez más, como cada tarde, el momento de la despedida ha desencadenado en Samanta el reinicio de su rutina adaptativa.

— Hoy ha estado muy cerca —Susurra él antes de colgar el teléfono.

Sí, hoy ha estado cerca. Esta tarde el último hombre vivo sobre la faz del planeta casi ha conseguido despertar la conciencia de Samanta. Mientras tanto, sigue manteniendo la esperanza y la pasión irracional por esa voz dulce que, desde que descolgó por primera vez el teléfono hace tres semanas, constituye el único motivo por el cual merece la pena despertarse cada mañana.


La llamada