La melancolía de Adrián Ortiz Cabello tenía sus orígenes, como en tantas otras personas desde que el mundo es mundo, en un amor no correspondido. En el caso de Adrián, el motivo de sus desvelos era Olga, su compañera de trabajo, pequeña y bonita, graciosa y respingona, un poco miope y un tanto descarada. Juntos habían tenido meses atrás una fugaz aventura que no llegó a romance, de la que ella salió indemne, pero que en el caso de Adrián dejó profundas huellas. Desde entonces no se la podía quitar de la cabeza. Por las mañanas desayunaba imaginando su figura etérea sentada junto a él en la mesa de la cocina; en el trabajo, la veía correteando entre las mesas de las oficinas cargada de dossieres, o escaneando informes en la sala de fotocopiadoras, o charlando con sus compañeros de sección junto a la máquina del café, siempre guardando las distancias con él y dedicándole cada mañana, con sus brillantes labios de rouge, tan solo el más gélido de los saludos; por la noche, en la oscuridad de su dormitorio, soñaba con ella, con aquellos breves días en los que su corazón le decía que habían compartido algo más que complicidad, antes de que todo se torciera.

Esta melancólica situación le causaba una gran infelicidad, y por ello se obsesionó con la idea de olvidarla. Puso todo su empeño en ello, pero cuanto más lo intentaba, más se aferraba a su mente el recuerdo de Olga. Se planteó dejar el trabajo y marcharse a otra ciudad, a otro país, a otro continente, y empezar allí desde cero, lejos de ella y de su perfume, pero descubrió que no era un hombre de aventuras improvisadas y desechó pronto la idea.

Así pasaban, uno tras otro, los meses, hasta que una mañana en la que no tenía que madrugar, pues era día festivo, le vinieron a la cabeza una sucesión de pensamientos espontáneos que poco a poco le llevaron a un razonamiento inverosímil:

Hilaba su razonamiento interno como si lo estuviera exponiendo en un salón de conferencias ante una concurrencia de personas, apoyando sus argumentos en diagramas imaginarios que solo existían en su ensoñación.

Este razonamiento, y algunos desvaríos pseudocientíficos más, alimentados por una imprudente y deshilvanada consulta en internet, hicieron que su melancólica cabeza gestara una idea alucinante que se propuso poner en práctica sin dilación.

Sin dar tiempo al arrepentimiento, se plantó frente al espejo del cuarto de baño.

Armándose de valor, apretó los dientes hasta que le rechinaron los empastes y de un brusco tirón se arrancó de raíz un generoso mechón de cabellos de su sien derecha. El dolor estalló en forma de lágrimas en sus ojos enrojecidos y no pudo evitar que de su garganta escapara un salvaje lamento gutural. Simultáneamente, creyó sentir cómo los pensamientos se le escapaban a presión por los folículos abiertos; casi le pareció escuchar el silbido que hacían al liberarse. Decenas de pequeñísimas centellas titilantes giraron a su alrededor y sintió un mareo que le obligó a sujetarse en el borde del lavabo. Pasados unos minutos de encogimiento, se repuso como pudo del dolor, se acercó al inodoro y arrojó en su interior el mechón de cabello, pulsando a continuación la palanca del desagüe. Observó cómo el remolino de agua se lo llevaba consigo al recóndito subsuelo donde se pierden todas las inmundicias, y tuvo la repentina sensación de que su mente se había aligerado de un gran peso. Se restregó la calva que se había creado en su sien con un algodón empapado en loción capilar y sintió como la piel desnuda del cuero cabelludo le ardía con un escozor lacerante.

Pensó en lo doloroso que era olvidar, incluso si, como él acababa de hacer, te ahorrabas los largos meses del proceso.

Pasados los primeros momentos de conmoción, se contempló en el espejo. El estropicio hecho en su cabeza era evidente y necesitaba una reparación. Enchufó el cortador de pelo eléctrico y seleccionando la posición más corta, rasuró ambas sienes al cero, intentando no pasar las cuchillas por la piel irritada de su sien derecha. Después, colocando un peine más largo, se repasó el resto del cabello. Cuando acabó, contempló el resultado final en el espejo. No era perfecto, pero al menos estaba decentemente igualado. Le pareció estar contemplando en el reflejo del espejo al recluta que fue hace veinte años, en su pretérita vida militar, pero con arrugas en los ojos y una mirada más cansada.

Cuando en la mañana siguiente se enfrentó a las preguntas de sus compañeros de trabajo, simplemente se encogió de hombros y les dijo con acento indolente:

— Es que tenía que olvidar.

Desde ese momento, su melancolía remitió de forma apreciable. Cada vez que cruzaba la mirada con Olga, comprobaba que ya no sentía nada por ella. Su pasado juntos se había convertido en un recuerdo esquivo que resbalaba desde su sien derecha y se deshilachaba a sus espaldas sin causarle emoción alguna.

El satisfactorio resultado de esta sorprendente experiencia le animó a efectuar algo que nunca antes se le hubiera ocurrido hacer. Grabó con la cámara de su ordenador un video explicando su delirante razonamiento, la metodología de su doloroso experimento y el exitoso resultado del mismo. Lo amenizó con música e imágenes relajantes, como había visto en decenas de vídeos de auto ayuda de los que era asiduo en las redes sociales. Decidido a conferir un carácter de respetabilidad a su invención, le dio el nombre de Mnemopilólisis, y lo definió como un proceso acelerado de olvido. Una vez terminado, y después de haberlo revisado y retocado una treintena de veces, lo subió a sus redes sociales.

Inesperadamente, el vídeo tuvo un éxito viral y en pocas semanas alcanzó un puesto destacado entre los más vistos a nivel global. Importantes influencers de todo el mundo lo compartieron y acabó siendo analizado en los platós informativos de más de quince países. Una conocida diva de la canción se mostró seguidora de la Mnemopilólisis y lució sin pudor su calva selectiva en la gala de los Grammy. El actor principal del mayor éxito de taquilla de aquel año hizo lo propio en la alfombra roja de los Oscar y alabó el proceso acelerado de olvido cuando subió al escenario a recoger su estatuilla. El método incluso tuvo su momento de gloria en la entrega de los premios Nobel, cuando el cantante de rap al que se le otorgó el premio de literatura lo mencionó favorablemente.

Hoy en día, y a pesar de las campañas de desacreditación realizadas por las autoridades sanitarias internacionales, la mnemopilólisis se ha convertido en una de las disciplinas más pujantes de la medicina alternativa, con centenares de miles de seguidores en todo el globo, los cuales asumen que el dolor físico súbito del procedimiento acelerado es preferible al dolor paulatino, lento y desesperante del proceso natural del olvido. Este éxito mediático ha encumbrado a su descubridor, Adrián Ortiz Cabello, en un gran gurú internacional y ello le ha reportado unos astronómicos ingresos en su cuenta corriente.

Por eso, no es de extrañar que Olga, atenazada por un sincero sentimiento de arrepentimiento, haya vuelto a mirar con buenos ojos a Adrián, acercándose otra vez a él, y este, olvidando el olvido, haya caído de nuevo en su tela de araña, de la cual, cuando las cosas se tuerzan de nuevo, difícilmente podrá volver a escapar, porque Adrián, desafortunadamente, ha comenzado a sufrir una agresiva forma de alopecia.


El Peregrino de Casiopea - Mnemopilólisis